
Desde la encomienda de Barcelona recuperamos el apartado dedicado a saber cuál fue el ideal que tuvo
Desde Temple Barcelona sabemos que sus líneas os envolverán en una nebulosa de misterio..
El misterioso ídolo de los templarios (II)
- De la leyenda a la política
Tal vez los conocimientos científicos que habían permitido la construcción de las grandes catedrales fueran en el fondo los mismos que aquellos con los que el legendario arquitecto fenicio Hiram, milenios antes, había dado vida en Jerusalén al edificio más famoso de la historia, el legendario Templo de Salomón. El Templo no era tan sólo una construcción grandiosa; también era la capilla para albergar
Intelectuales famosos como Dante Alighieri, contemporáneos del proceso, habían denunciado sin medias tintas que el ataque a los templarios era en esencia un gran montaje promovido por el rey de Francia Felipe IV el Hermoso para apoderarse del patrimonio de la orden, gran parte del cual se hallaba en territorio francés; pero ya en el siglo XVI, ciertos obsesionados por la magia, como el filósofo Cornelio Agripa, habían insinuado la posibilidad de que en la orden se practicaran rituales extraños y ocultos, rituales que se celebraban a la débil luz de velas con la presencia de misteriosos ídolos y hasta de gatos negros.
No se tenía idea exacta del papel que desempeñara en esta historia el papa, que a la sazón era el gascón Clemente V (1305-1314); este personaje, siempre titubeante, que parecía seguir servilmente la voluntad real, consiguió, sin embargo, prolongar el proceso contra los templarios durante más de siete años, prácticamente hasta su muerte, que se produjo apenas un mes después de la del último gran maestre del Temple. Entonces se desconocían muchas fuentes hoy accesibles, pero incluso las que se conocían se estudiaban con un método muy diferente del crítico que se emplea en la actualidad: se concebía la historia de la misma manera que las otras bellas letras, es decir, como un pasatiempo útil capaz de entretener y elevar el espíritu, por lo cual se tomaban del pasado los hechos que podían dejar una enseñanza moral, o bien estimular la imaginación de la misma manera que una novela de aventuras.
De este pontífice, cuyo nombre seglar era Bertrand de Got, se sabía que había nacido en suelo francés, que había dado comienzo al cautiverio papal en Aviñón, que había absuelto de la excomunión a Guillaume de Nogaret, verdadera “alma negra” del reino de Felipe el Hermoso que el soberano utilizó para llevar a cabo sus empresas más inescrupulosas; el rey de Francia había triunfado en todas las cuestiones a propósito de las cuales había tenido un enfrentamiento con la autoridad papal, e incluso en el caso del proceso a los templarios, muchos hechos parecían indicar que
El escándalo y la incapacidad de operar a corto plazo una sólida reforma de las costumbres había alimentado incluso motivos de contestación política, cuyo resultado fue el cisma protestante. A comienzos del siglo XVIII, más de dos siglos después de la rebelión de Martin Lutero, distaban mucho de haberse calmado las violentas polémicas desencadenadas en los siglos XVI y XVII por el pensamiento protestante, que acusaba al Papado de haber atrapado a la humanidad en una red de invenciones construidas en su provecho sobre el único, el auténtico tejido de la doctrina cristiana, el primitivo. En Magdeburgo se había fundado una escuela de estudios históricos para demostrar la interminable serie de falsedades que se creían acumuladas por
De la idea de que la razón fuese la vía preferente, cuando no la única, para el mejoramiento de la vida humana, nace poco a poco un concepto cuasi divino del propio intelecto: una Razón como chispa de divinidad que el hombre ha recibido de Dios, Él mismo puro raciocinio y exaltado como el Gran Arquitecto que construyó el universo. Los misterios con los que el Sumo Arquitecto había puesto en pie el cosmos traían a la mente aquéllos con los que otro legendario arquitecto, Hiram el fenicio, había edificado el Templo en la ciudad santa de Jerusalén. El Templo lo había querido Salomón, a quien
Todas estas ideas distintas, independientes entre sí, pero nacidas en el seno de un mismo contexto, terminaron por fundirse y sus respectivos perfiles se adaptaron al punto de encajar unos con otros como si se tratase de piezas de un rompecabezas. De simples víctimas de la razón de Estado y de la debilidad política de Clemente V, poco a poco los templarios pasaron a ser los desafortunados héroes de una sabiduría milenaria, una sabiduría superior y muy antigua del cristianismo que habría podido difundir progreso y bienestar social, pero que fue sacrificada para defender los injustos privilegios de una institución siempre aliada del poder absoluto y sus múltiples abusos. El templarismo (es decir, una visión muy novelada de esta orden que se proyectaba a la realidad social del siglo XVIII) se convirtió en un fenómeno fascinante y digno de pasar a formar parte de la cultura popular europea, aunque con manifestaciones sustancialmente diferentes en los distintos países. Efectivamente, si en Francia se había presentado a los templarios como los campeones del pensamiento libre contra la opresión de los dos “dinosaurios” del Ancien Régime –la corona y
El príncipe Metternich, líder de la reacción contra las conmociones que Napoleón produjera en Europa, había puesto en práctica una política cultural dirigida a enturbiar la credibilidad de los modernos grupos masónicos neotemplarios: se quería hacer saber que esos heroicos hermanos de una orden secreta, de quienes los franceses y