Desde la encomienda de Barcelona seguimos con la segunda parte dedicada a la “mitificación” del Temple. Por ello hemos seleccionado un nuevo texto de la historiadora medieval y especialista en
Desde Temple Barcelona estamos seguros que sus líneas os despertarán vuestra atención.
Las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX fueron un período en el que muchos seglares de clase media alta “descubrieron” ciertas verdades misteriosas acerca de su pasado medieval o antiguo que conferían una autenticidad histórica espuria a sus intereses y actividades. Es la época en la que se crearon los “neodruidas” galeses y en la que se inventó la falda escocesa con los colores de los clanes. La “prueba” de los colores volvió a desaparecer cuando un estudioso intentó verificar su autenticidad. Gran parte de la moderna tradición histórica británica se basa en los “descubrimientos” –en realidad invenciones- de esta época. ¿Qué cosa podía ser más convincente que “descubrir que los templarios, desaparecidos hacía tanto tiempo, habían sido francmasones? Esos descubrimientos no sólo afectaron a las clases alta y media alta. Encontramos movimientos a favor de la sobriedad de comienzos del siglo XIX que se llamaban a sí mismos “los Buenos Templarios”, basándose en el mito de que los verdaderos caballeros del Temple sólo bebían leche agria; pero téngase en cuenta que aquellos partidarios de la renuncia a las bebidas alcohólicas estaban deseosos de identificarse a sí mismos con los templarios buenos.
El movimiento romántico de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX sintió una auténtica fascinación por todo lo medieval. El mito de los templarios se desarrolló como un elemento más de este movimiento, pero su imagen de los templarios fue a menudo mala. Las representaciones negativas de los caballeros del Temple en las novelas de Walter Scott Ivanhoe (1819) y El talismán (1825) son bien conocidas; en ellas el novelista utilizó el mito moderno de los templarios como sociedad secreta combinado con el “modelo” tradicional de la decadencia de la orden para crear a unos malvados tan amenazadores como fascinantes. Podemos encontrar otra descripción siniestra de los templarios en la novela gótica Phantastes (1858), de George Macdonald, cuyo protagonista, transportado “al país de las hadas”, se encuentra de repente en un claro del bosque de forma misteriosamente rectangular, cercado de tejos, en el que hay “tres filas de hombres vestidos con túnicas blancas, de pie, en actitud solemne, cada uno de los cuales tiene una espada al costado, aunque el resto de su atuendo y su porte eran más propios de clérigos que de soldados”. El autor llama a este lugar “templo”. En un extremo hay una plataforma, con un trono en el que están sentado un “personaje de aspecto majestuoso”; resulta que se trata de un ídolo de madera. Un joven y una doncella son conducidos a lo alto de la plataforma y se les hace pasar por una puerta; suponemos que van a asistir y a algún feliz rito histérico, pero luego nos enteramos de que los han matado. El protagonista destroza el ídolo de madera, en cuyo interior descubre que hay una bestia enorme que devora a los jóvenes que le ofrecen en sacrificio; el protagonista mata a la fiera, pero a su vez muere a manos de los sacerdotes del hábito blanco armados con espadas. En ningún momento se utiliza la palabra “templarios”, pero los paralelismos con los hermanos del Temple y las acusaciones lanzadas contra ellos son evidentes: caballeros vestidos de blanco que además son religiosos, actúan en un templo, y adoran un ídolo que acarrea la muerte de los jóvenes iniciados. Al comienzo de la novela vemos al protagonista leyendo un relato acerca de un joven nigromante que posee una copia de las obras de magia de Cornelio Agripa.
Scott y Macdonald denigraron a los templarios con el fin de lograr un efecto literario, pero algunos autores desarrollaron deliberadamente el mito de los templarios con fines políticos o religiosos, fabricando incluso pruebas materiales al objeto de “demostrar” sus argumentos. Los francmasones alemanes afirmaban que los templarios eran una sociedad secreta poseedora de conocimientos esotéricos, y que fueron exterminados a causa de dichos conocimientos, que Felipe IV deseaba obtener. En 1796, Charles Louis Cadet de Cassicour presentó a los templarios como integrantes de una conspiración secreta, oculta tras
El filón de pseudohistoria descubierto por Von Hammer tuvo muchos seguidores y está en la base del mito moderno de los templarios. El mito, en efecto, ha seguido desarrollándose. Un añadido que data de después de la segunda guerra mundial es la leyenda de que la orden poseía una inmensa flota que descubrió el Nuevo Mundo y transportó ingentes cantidades de plata con la que se construyó la catedral de Chartres. Cualquiera que posea unos mínimos conocimientos de la orden podría preguntarse cómo es que los templarios, si poseían tanta plata, no la utilizaron para reunir soldados con los que combatir en Tierra Santa, recuperar los Santos Lugares y ganarse la gratitud de
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