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miércoles, 17 de febrero de 2010

Los diez pensadores más grandes de la historia: 2. Platón


Continuando con el libro de Will Durant “Las ideas y las mentes más grandes de todos los tiempos”, hoy le toca el turno a Platón.

Consideramos desde la encomienda de Barcelona, que es necesario seguir la biografía de las mentes más brillantes de todos los tiempos para entender nuestra propia evolución hasta nuestros días.

Deseamos que su lectura sea de vuestro agrado.

Y ahora nos enfrentamos a nuevos problemas, ya que nos encontramos con civilizaciones enteras en las que no podemos encontrar un nombre dominante, ni una personalidad civil poderosa que lleva la voz cantante y que forme a su pueblo con el pensamiento. Es así en la India, entre los judíos y entre las razas nómadas del Asia Menor: tenemos un Buda, un Issaías, un Jesús y un Mahoma, pero no tenemos un científico mundial, ni un filósofo mundial. Y en otro caso, en la civilización más duradera y más maravillosa que el mundo ha conocido, tenemos cien faraones, innumerables reliquias de un arte variado, pero no destaca ningún hombre como el que ha colocado el pasado en la perspectiva de la sabiduría y ha estampado su influencia en el desarrollo intelectual de su nación. Hemos de pasar respetuosamente al lado de estos pueblos y de estos siglos y tomar en consideración la gloria de la Grecia de la época de Pericles.

¿Por qué amamos a Platón? Porque el propio Platón era un enamorado: un enamorado de los camaradas, enamorado de la intoxicación de la juerga dialéctica, un apasionado perseguidor de la esquiva realidad que se esconde detrás de los pensamientos y las cosas. Le amamos por su energía ilimitada, por el juego salvaje y nómada de su capricho, por la alegría que encontró en la vida en toda su complejidad irredenta y audaz. Le amamos porque estuvo vivo cada minuto de su vida y nunca dejó de crecer. A un hombre así puede perdonársele cualquier error que haya cometido. Le amamos a causa de su gran pasión por la reconstrucción social a través de un control inteligente; porque durante sus ochenta años de vida retuvo ese celo por la mejora humana, que para la mayoría de nosotros no es más que el lujo pasajero de la juventud; porque concibió la filosofía como un instrumento no sólo para la interpretación sino para la remodelación del mundo. La amamos porque adoraba la belleza, así como la verdad, y dio a las ideas el movimiento vivo del drama y las arropó con todo el resplandor del arte. En la República y en los Diálogos hay un juego tumultuoso de la imaginación creativa como el que podía haber hecho Shakespeare; hay todo un lenguaje figurado, repartido con un abandono señorial; hay un humor que se echa en falta en nuestros filósofos modernos, tan poderados; no hay un sistema sino todos los sistemas; aquí no hay un manantial abundante de pensamiento europeo; aquí hay una prosa tan potente, fuerte y hermosa como los grandes templos en que la alegría griega se plasmaba en mármol; aquí nació la prosa literaria y nació ya adulta.

Así pues, Platón debe ser nuestro segundo nombre, pero tendremos que defenderle de un desafío muy razonable. ¿Qué sucede con el viejo Sócrates, casi el padre y, con seguridad, el mayor mártir de la filosofía? Parecerá ridículo omitirle de una lista que incluirá a héroes que no son la mitad de grandes que él. El lector no debe conmocionarse al enterarse de que Sócrates es medio mito y sólo medio hombre. Un francés docto. M. Dupreel (en La Legende Socratique), ha reducido al noble tábano al status histórico nebuloso de Aquiles, Edipo, Rómulo y Sigfrido. No hay duda alguna de que cuando hayamos muerto, algún erudito cuidadoso y concienzudo demostrará que jamás existimos. Pero podemos estar seguros de que, en buena medida, Sócrates debe su fama como filósofo a la imaginación creativa de Platón, que utilizó el magnífico holgazán como el portavoz de sus opiniones. Probablemente nunca sabremos cuánto del Sócrates de Platón era Sócrates y cuánto de Platón. Nosotros vamos a creer que este último los engloba a ambos.

Sus Diálogos se encuentran entre los patrimonios más preciosos de la humanidad. Aquí tomó forma por primera vez la filosofía, y por la mismísima exuberancia de la juventud, alcanzó una perfección sin rival en épocas posteriores. ¿Desea conocer un noble discurso sobre el amor y la amistad? Lea Lysis, Cármides y Fedro. ¿Le gustaría saber lo que un alma grane y tierna –el Sócrates de Platón- pensaba de otra vida? Lea Fedón, cuyas páginas finales son una de las cumbres de la historia de la prosa. ¿Está interesado en los puzles de la mente, n el misterio del conocimiento? Lea el Parménides y el Teeteto. ¿Está interesado en cualquier otra cosa? Lea La República, donde encontrará metafísica, teología, ética, psicología, teoría de la educación, teoría sobre la calidad y capacidad de ser un estadista, teoría del arte; allí encontrará feminismo y control de la natalidad, comunismo y socialismo con todas sus virtudes y sus dificultades, eugenesia y educación libertaria, aristocracia y democracia, vitalismo y psicoanálisis ¿qué es lo que no va encontrar allí? No es de extrañar que Emerson dedicara a La República las palabras que, el en ocasiones pío, Omar había escrito sobre El Corán: “Quemad las bibliotecas, porque todo su valor está en este libro”.

En cuanto a la influencia de Platón, ¿cómo podemos dudar de ella? Piense en la academia que fundó, la primera y de más larga vida de las universidades del mundo. Piense en el renacimiento perpetuo de la filosofía de Platón que va desde los neo-platónicos de Alejandría hasta los platónicos de Inglaterra, en Cambridge. Tome en consideración el modo en que el pensamiento y simbolismo platónico ha permeado la teología cristiana y en la autoridad y predominio de Platón en la cultura de la primera Edad Media. Piense en el platonismo entusiasta del Renacimiento, cuando la mesa de Lorenzo de Medici volvió a reunir parte de la gloria del Symposium y Pico della Mirandola, devotamente, encendía velas ante la imagen del Maestro. Piense que en este momento, en un centenar de países y en un millar de ciudades, cien mil estudiantes, jóvenes y viejos, están absortos en La República o en los Diálogos, y están siendo moldeados, lenta y agradecidamente, por el ardor y la sutileza de Platón hasta conseguir una sabiduría sensible. Aquí tenemos una inmortalidad del alma que hace que los efímero de la carne sea casi insignificante.

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