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viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Felices Fiestas!


Queridos hermanos y seguidores de Temple Barcelona.

Deseamos de corazón que paséis una Feliz Navidad y un próspero año 2012 con renovadas ilusiones donde Nuestro Señor nos conduzca a todos por la senda que lleva a la Verdad, para que con la esperanza de ser mejores personas, podamos sentir con más fuerza el Amor y la Palabra de Dios.

Comentaros que esta humilde página tomará una semana de descanso navideño, para así volver en enero con otras secciones y más material que deseamos continúe siendo de vuestro interés.

Les invito a volver a vernos el año que viene.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Conociendo a Jesucristo: La Natividad


Desde la encomienda de Barcelona queremos en estas fechas destacar de manera destacada la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Y lo hacemos recuperando un texto del teólogo J.R. Porter de su libro “The Illustrated Guide to the Bible”, donde nos habla de este hecho importantísimo y a la vez entrañable para la fe cristiana.

Desde Temple Barcelona, aprovechando esta inmejorable ocasión, para desearos que el Espíritu de la llegada del Mesías al mundo, inunde nuestros corazones y nos ayude a vivir perpetuamente en la fe y la servidumbre a Él.

¡Feliz Navidad!

Lugar de culto cristiano de la iglesia de la Natividad en Belén, donde se cree que tuvo el alumbramiento de Jesús.

Aunque el evangelista Lucas refiere el nacimiento de Jesús con todo lujo de detalles, su conmovedora narración plantea algunos problemas. Fecha la Natividad en la época del censo de todo el Imperio romano dictado por el emperador Augusto (27 a. C. – 14 d. C.) y, según se dice, realizado mientras Quirinio era gobernador de la provincia romana de Siria (Lc 2, 1-7). No sabemos nada sobre un censo universal durante el mandato de Augusto y lo lógico es que una empresa tan monumental figurara en otras fuentes documentales. Empero, Flavio Josefo (escritor judío del siglo I d. C.) consigna que Quirinio realizó un censo de Siria y Judea y coincide con Lucas en que representó una innovación. Por mucho que se trate del mismo censo al que alude Lucas, existen otras dificultades; Quirinio ocupó el cargo en 6 d. C., durante el reinado de Augusto, una década después de la muerte de Herodes el Grande (acaecida en 4 a. C., fecha en que Lucas sitúa los acontecimientos que desembocaron en el nacimiento de Jesús (Lc 1, 5). Es probable que el evangelista pretenda dar mayor autenticidad al relato vinculándolo con los hechos históricos de un contexto más amplio. Tanto en su evangelio como en Hechos, Lucas se propone dar a la narración cristiana una importancia mayor y una relevancia más universal en tanto parte de la historia general de la humanidad. Merece destacar que la genealogía de Jesús en Lucas 3 va más allá de la de Mateo (Mt 1) y lo emparenta con Adán, antepasado de toda la humanidad.

En el Evangelio según Lucas, el censo exige que los habitantes se empadronen en sus ciudades ancestrales, por lo que José y María tienen que viajar al sur desde Nazaret de Galilea hasta Belén de Judea, cuna del rey David (Lc 2, 3-4), presunto antepasado de José. Puesto que el censo romano sólo tomaba en consideración la residencia y no tenía en cuenta el hogar ancestral, es probable que los motivos de Lucas sean teológicos. La primera Iglesia atribuyó mucha importancia a que Jesús fuese descendiente de David, pero lo más significativo es que esperaban que en Belén nacería el Mesías, según las palabras del profeta Miqueas (Miq 5, 2, citado en Mt 2, 6 y aludido en Jn 7, 42). Con frecuencia, los evangelios afirman que Jesús llegó de Nazaret (Mt 26, 69-71; Mc 1, 9; Jn 7, 41). Cabe la posibilidad de que la historia de Lucas sea un intento de reconciliar el origen galileo de Jesús con la tradición según la cual el Mesías nacería en Belén.

Lucas sitúa el nacimiento de Jesús en un marco humilde: María acostó a Jesús en un pesebre “por no haber sitio para ellos en una posada” (Lc 2, 7). A partir de mediados del siglo II, la tradición cristiana ha sostenido que Jesús nació en una cueva y, al menos desde principios del siglo III, una gruta de Belén se ha venerado como su lugar de nacimiento. La basílica de la Natividad se construyó sobre dicha gruta durante el reinado de Justiniano. Quizá las leyendas acerca del nacimiento de un ser divino en una cueva hayan influido en el cristianismo.

La idea de que la revelación divina se plantea a gentes sencillas (como los pastores de este relato) está en consonancia con la perspectiva general del Evangelio según Lucas. Existen muchas narraciones paganas de dioses que visitan a los campesinos y se suele relacionar a los pastores con el nacimiento y la infancia de diversos héroes como Ciro, Rómulo y Remo. Los pastores son los primeros testigos de la natividad de Jesús, pues un ángel les dice que se dirijan a Belén, ya que trae “una buena noticia” que será de grande alegría” y que se refiere a un “salvador” enviado por Dios, que llevará la paz perpetua a su pueblo (Lc 2, 8-20). El lenguaje de Lucas en este pasaje y, en concreto, las expresiones “una buena noticia” y “salvador”, recuerdan las inscripciones de Asia Menor referentes a la fecha de nacimiento del emperador Augusto.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El caballero de Cristo


Desde la encomienda de Barcelona, volvemos a compartir con todos vosotros un nuevo texto del catedrático de historia, Alain Demurger, en su libro “Vie et mort de l’ordre du Temple”.

Esta vez nos da su visión sobre el ideal del caballero de Cristo, comprometido en defender a la Iglesia de aquellos nobles laicos que pretender apartar al Santo Padre de las importantes decisiones políticas de la sociedad.

Desde Temple Barcelona, recomendamos su lectura.

Liberar la Iglesia del dominio de los laicos, tal es, como hemos dicho, la meta de la reforma gregoriana. Lo que significa también, más prosaicamente, asegurar el poderío material de la Iglesia. ¿Con qué objeto, salvo para asegurar su papel dirigente en el mundo? Enfrentado al emperador Enrique IV, el papa Gregorio VII pone en aplicación una idea que había formulado por primera vez cuando amenazó al rey de Francia, Felipe I, con la excomunión: utilizar a la pequeña nobleza, la caballería, contra el mal príncipe. Reclama el empleo de la fuerza para una guerra justa, puesto que se propone recuperar o proteger los bienes de la Santa Sede. Y Gregorio VII incita a los laicos a ponerse al servicio de los fines políticos del papado, reuniéndose en una militia Christi.

La expresión es antigua. San Pablo se había referido ya al combate espiritual del soldado de Cristo. En los siglos V y VI, la militia estaba representada por el clero secular, que combatía por la fe en el siglo, distinguiéndose de los monjes. En los umbrales del siglo XII, el obispo Yves de Chartres, firme en cuanto al los principios, pero abierto al compromiso, escribe a un tal Roberto: “Debes combatir el espíritu del mal; por lo tanto si quieres luchar con confianza, entra en el campo de los soldados de Cristo, habituados a la táctica de las batallas”. Un vocabulario tan marcial para referirse a un combate ante todo espiritual no sorprenderá en absoluto al hombre del siglo XX.

Pera Gregorio VII innova, puesto que toma la expresión al pie de la letra. La milicia de Cristo abandona el campo espiritual por el campo de batalla. Se convierte en una compañía de caballeros dispuesta al combate contra los adversarios de la cristiandad. Los antigregorianos se indignan: Gregorio VII invita a verter sangre y promete la remisión de los pecados a todo aquel, quienquiera que sea y cualquier cosas que haya hecho, que defienda por la fuerza el patrimonio de san Pedro. ¡Un verdadero escándalo! ¡El asesinato justificado, incluso sacralizado…!

No obstante, las ideas gregorianas se imponen y, tras la muerte de Gregorio, sus sucesores las perfilan. Los obispos, dicen en sustancia, no pueden combatir…

“…pero esto no significa que los creyentes, en particular los reyes, los magnates, los caballeros, no deban ser llamados a combatir por las armas a cismáticos y excomulgados. Pues si no lo hicieran, el ordo pugnatorum sería inútil en la legión cristiana”.

Así se expresa Bonizo, teólogo gregoriano. Tales ideas alcanzaron un auge considerable, sobre todo a finales del siglo XI. La Iglesia ofrecía a los laicos una vía de salvación original, combatir a los enemigos del orden cristiano. Hasta entonces, no podían esperar la remisión de sus pecados más que asociándose estrechamente al orden monástico. El caballero que se “convertía” debía abandonar con toda solemnidad las armas. Fundaciones piadosas, donaciones, todo eso estaba bien. Pero entrar en el monasterio era mejor.

La salvación propuesta por Gregorio denota una concepción profundamente distinta, puesto que afirma que los laicos disponen de un terreno de lucha propio contra los adversarios de Cristo. No deben desertar. En 1079, el papa amonesta al abad de Cluny por haber acogido como monje a Hugo I de Borgoña, quien tenía cosas mejores que hacer como laico. No hay que extrañarse de que esas ideas no fueran aceptadas sin más, hasta tal punto chocaban con la tradición cristiana. Se comprende la actitud de san Bernardo, caballero que había abandonado el mundo, cuando, en 1126, lamenta la profesión del conde Hugo de Champaña en la milicia del Temple, que no haya entado como él en el Cister.

Sin embargo, tales ideas respondían a una necesidad profunda de la sociedad caballeresca. ¿Cómo explicar si no el éxito de la cruzada? Al fijar como objetivo para la guerra santa la liberación del sepulcro de Cristo, la cruzada proporciona al mismo tiempo una meta al camino del caballero hacia su salvación:

“En nuestro tiempo, Dios ha instituido la guerra santa, de modo que los caballeros y la multitud inestable, que tenían la costumbre de enzarzarse en matanzas recíprocas, a la manera de los antiguos paganos, encuentren un camino nuevo para obtener la salvación”.

El monje Guiberto de Nogent era más perspicaz que el monje Bernardo de Clairvaux.

martes, 20 de diciembre de 2011

El arzobispo de Oviedo y sacerdotes asturianos donan su paga de Navidad a los pobres


Desde la encomienda de Barcelona queremos compartir con todos vosotros una curiosa noticia que ha sido publicada en la página de Forum Libertas.

En estos tiempos de crisis, donde desgraciadamente se ha venido extendiendo la pobreza en nuestra sociedad, algunos sacerdotes asturianos han querido compartir su paga de Navidad con los más necesitados.

En vísperas de la Natividad de Nuestro Señor, es agradable observar que los que han sido llamados a llevar el Evangelio al pueblo, también son capaces de predicar con el ejemplo y no sólo con palabras, la prédica del Hijo de Dios.

Desde Temple Barcelona aplaudimos este acto de misericordia.

Fotografía de Monseñor Jesús Sanz Montes

ForumLibertas.com

Los curas asturianos han aplaudido el gesto del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, de donar su paga extraordinaria a los pobres, en atención a la situación de crisis. Esta iniciativa ya había sido tomada desde hace años por algunos sacerdotes “mileuristas” de la diócesis que llegan a final de mes “pelados”, según recoge Infocatólica citando a La Nueva España.

El gesto de Mons. Sanz Montes supone “una llamada a ser más generosos y adoptar un compromiso de solidaridad”, en opinión del sacerdote e historiador Javier Conde. “Es un gesto generoso y muy oportuno, aunque también es verdad que con eso no se va a arreglar la crisis”, añade el religioso. Se trata de una iniciativa que debería extenderse a toda la sociedad, “que gasta un montón en Navidades y debería acordarse de la gente que lo necesita de verdad”. Javier Conde va más allá y asegura que la solidaridad con los que menos tienen no debería ser una cuestión navideña, sino extenderse a todo el año.

El historiador se considera un privilegiado, puesto que cobra su jubilación de profesor, pero también indica que “la gran mayoría de los sacerdotes tiene un sueldo más bien modesto”, por lo que quizá fuese excesivo que donasen toda su paga y sólo debieran ceder una parte más pequeña.

Lo que también quiere dejar claro Javier Conde es que “con la misma fuerza con la que hay que resaltar el gesto del Arzobispo, habría que denunciar qué causó este desastre, que fueron los abusos del capitalismo financiero desaforado”. Y no duda en señalar que esas prácticas de capitalismo salvaje son “un pecado”, según reproduce Infocatólica.

Donar la paga extra de Navidad: hacer de lo extraordinario algo cotidiano

José Manuel Feito, párroco de Santo Domingo de Miranda, en Avilés, opina que el gesto del arzobispo Sanz Montes “no es algo extraordinario, puesto que algunos sacerdotes ya lo vienen haciendo desde hace tiempo”. A Feito le gustaría que algo así no fuese noticia de portada en los periódicos, sino que se viese como algo natural. “Es lo normal que los cristianos se desprendan de sus bienes y los repartan, como hizo San Martín con su capa”, indica. Y más, un sacerdote, “obligado a ello si no por justicia, sí por caridad”. Este veterano sacerdote se pregunta qué cura negaría ayuda en su parroquia a una persona que lo necesitase.

El que fuera párroco de San Nicolás de Bari en Avilés, Ángel Garralda, de 87 años, asegura, por su parte, que “el gesto de Sanz Montes es muy franciscano –no en vano él mismo viene de esa orden– y muy acertado y acorde con estos tiempos de crisis económica en que vivimos”. Para este cura, “no estaría mal que gestos similares se extendiesen a todo el mundo, aunque también es verdad que los sueldos, no sólo los de los sacerdotes, no están para esos dispendios, después del desastre de los gobiernos de Zapatero y compañía”.

Claro que hay otra cuestión que impide que pudiese extenderse esa solidaridad. “La gente ya no sabe vivir con austeridad y se ha acabado con la clase media, que salvó en su día la transición a fuerza de trabajo y ahorro”, indica. “Hemos caído en el caos en lo ético, en lo moral, en lo económico y también en la familia”, finaliza.

El párroco de El Coto, en Gijón, y capellán del Sporting, Fernando Fueyo, opina, respecto a la invitación hecha por el Arzobispo a los sacerdotes de imitar su ejemplo, que “cada cura actuará como crea que debe”. A Fueyo no le ha gustado mucho ver algo así en titulares. “Sacarlo a la luz pública, aunque diga que no es para colgarse medallas, no me parece muy adecuado; aunque si cree que puede ser un acicate, lo respeto”, sostiene. Claro que la caridad con los pobres es algo que vienen practicando los sacerdotes desde hace tiempo. Eso sí, conviene en que “si se extendiese ese ejemplo a otras profesiones, se daría mucho más y los pobres saldrían más beneficiados”. La razón es clara, para este cura: “Los sacerdotes no es que tengamos un sueldazo, somos mileuristas y llegamos a fin de mes más bien peladitos”.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Evangelio dominical: Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.


Desde la encomienda de Barcelona volvemos a compartir con todos vosotros un nuevo evangelio dominical, el de ayer 18 de diciembre, cuarto domingo de Adviento. Sólo queda una semana para que conmemoremos un año más, la llegada del Hijo a la tierra. Un mundo esperanzado a que Él pueda ayudarnos a entender mejor el misterio del Padre.

Desde Temple Barcelona deseamos que su lectura os esperance en Su retorno.

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?».

El ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho».Y el ángel se alejó. (Lc 1, 26-38)

Reflexión:

A Nuestra Bienaventurada la Virgen María, el Señor le encomendó una grata misión, concebir a Su Hijo. Para tal gracia, le fue enviado un mensajero del Cielo, Gabriel, quien la ayudó a comprender la noticia de Dios.

De igual forma, Nuestro Señor tiene para cada uno de sus hijos una misión en la tierra. Debemos intentar comprender cuál es y una manera de hacerlo es encomendarnos a Él para que ilumine nuestro camino.

Plegaria:

Señor, la fe y la esperanza se reducen a ver en un niño recién nacido al Dios con nosotros. Puede parecer absurdo pero es preciso empezar de cero cuando las cosas van mal. Ayúdanos Señor a volver a empezar.

viernes, 16 de diciembre de 2011

San Francisco de Asís ante el sultán


Desde la encomienda de Barcelona queremos compartir un hecho que sucedió durante la quinta cruzada: la prédica del Evangelio por parte de san Francisco de Asís en las zonas dominadas por los musulmanes.

Para ello hemos seleccionado un texto del periodista Juan Ignacio Cuesta de su libro “Breve historia de las Cruzadas”, donde sintetiza el episodio relacionado con este santo italiano.

Desde Temple Barcelona deseamos que disfrutéis de su lectura.

Imagen de San Francisco de Asís.

Veamos cuáles fueron las peripecias del viaje legendario de un santo empeñado en convertir a los musulmanes.

San Francisco de Asís acompañó a los frany hasta Oriente con la intención de visitar al sultán. Dicen los cronistas que sintió una fuerte impresión asistiendo a una batalla que causó numerosas bajas entre los soldados cristianos. Buscó entonces al cardenal Pelayo Gaytán, a quien pidió permiso para visitar a Al-Kamil.

El español ni la autorizó, ni le disuadió. Francisco entonces, acompañado por fray Iluminado, consiguió una barca y cruzó el Nilo hasta el campamento de los agarenos, que no les recibieron entre aplausos precisamente. Sin embargo, la sospecha de que era portador de una embajada para su jefe hizo que fueran detenidos y conducidos a su presencia, aunque algo magullados por un cierto forcejeo con sus captores.

Cuando fue recibido, manifestó que llegaba por voluntad propia y que tenía la intención de mostrarle que la religión verdadera es la que él predicaba, proponiéndole una prueba exagerada. “Yo entraré en una hoguera. Si me quemo, será que soy un pecador, pero si me salvo, reconocerás que es mi Dios quien habrá impedido que el fuego me mate. Entonces te convertirás con los tuyos a mi religión”. El sultán sonrió considerando que el religioso era un hombre muy ingenuo, pero noble: “No voy a hacer eso, no quiero ser lapidado por los míos”.

Su sabiduría le indicó que estaba ante un hombre piadoso. Un futuro santo cristiano al que debía tratar con toda amabilidad y respeto, a pesar de sus creencias, que él juzgaba lógicamente equivocadas. Por eso, como primera medida ordenó a sus médicos que le atendieran convenientemente. Luego, permitió a los frailes predicar ante las autoridades religiosas musulmanas, que les escucharon con mucha atención, pero sin ninguna convicción.

Por supuesto no hubo conversiones, al menos entonces. Lo que sí sucedió es que criticaron mucho al sultán quienes pensaban que aquellos “infieles” debían ser decapitados según la ley coránica. Pero el mandatario les respondió haciendo gala de gran prudencia y sabiduría: “No condenaré a muerte a quienes vienen a hablarme de su Dios a riesgo de su vida”.

San Francisco se dio cuenta de la inutilidad de su empeño y decidió volver a la zona cristiana, tras rechazar los extraordinarios regalos que quiso hacerle Al-Kamel. Sin embargo, si aceptó un cuerno de marfil tallado, que hoy día puede contemplarse en la basílica del Santo. Con este objeto, un pasaporte real, podría ir libremente por donde quisiera y cuando le pareciera bien.

Cuentan que tanto le impresionó la personalidad de Francisco que, al despedirse, le dijo en voz muy baja: “Rezad al verdadero Dios para que me ilumine y me diga cuál es la ley o la religión que más le resulta de agrado.” Al parecer, a partir de entonces se volvió un musulmán algo más piadoso y magnánimo.

Jean de Brienne, que acabó su vida siendo fraile menor en Asís, donde está enterrado, hizo justicia con aquel hombre y reconoció públicamente que, tras la caída de Damieta, había recibido de él un excelente trato.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Padre Gabriele Amorth: una vida consagrada a la lucha contra Satanás


Desde la encomienda de Barcelona recobramos el apartado dedicado a profundizar en la importancia que tiene el conocer las experiencias demoníacas que han sufrido algunas personas por diferentes motivos.

El tremendo tormento que describen algunas de estas personas cuando han sido víctimas de los ataques de las fuerzas del mal, debería de concienciarnos de la importancia que tiene el llevar una vida en Cristo.

Gracias a las vivencias adquiridas durante decenios por el padre y exorcista de Roma, pater Gabriele Amorth, que publicó en su libro “Memorie di un esorcista – La mia vita in lotta contro Satana -” nos acerca al escalofriante mundo del príncipe de la mentira.

Desde Temple Barcelona os aconsejamos su atenta lectura.

Almas de difuntos

En sus exorcismos, ¿se ha encontrado alguna vez con almas de difuntos?

Sí. Una vez planteé esta pregunta en un congreso, y preparé una circular donde los exorcistas que participaron, todos ellos con muchos años de experiencia, escribieron sus respuestas. Pocos contestaron que no; la mayoría dijo que sí. Yo también me he encontrado con almas de condenados; no de simples difuntos, sino de condenados. Y siempre he visto tras ellas a un demonio que las dirigía. Es decir, son esclavas de Satanás, están a la merced del demonio y éste las envía a infestar a las personas.

El demonio daba órdenes y las utilizaba para perturbar a las personas. Yo siempre las descubría al pedirles que me dijeran su nombre. No lo querían decir (su voz se transforma en un gruñido, para imitar al poseído); a veces, yo les sugería un nombre, y caían en la trampa. Solían ser los más comunes, Satanás, Lucifer, también Asmodeo y muchos mas, como Belcebú… Cuando tienen nombres bíblicos, son poderosos; otros tienen pocos poderes, y es fácil expulsarlos rápidamente. Pues bien, los condenados, al final, se veían obligados a decirme: Sí, soy tal o cual. Y cuando yo preguntaba con insistencia: “¿Quién te guía? ¿Quién te da órdenes? ¿Quién te dirige?”, al final lograba que me dijeran su nombre, e incluso hablaba con el demonio y lo exorcizaba.

De modo que pueden utilizar almas de condenados…

Según mi experiencia, sí. Y también según otros exorcistas muy conocidos, como el padre Matteo La Grua, un gran exorcista siciliano, ya muy anciano, que vive en Palermo. Tiene noventa y cuatro años; ahora sólo bendice, ya no hace exorcismos. Él también se encontró con almas de condenados. Y también podría relatar la experiencia del padre Antonio, ya fallecido, que era exorcista en Benevento y me contaba historias impresionantes en este sentido.

En cuanto al problema de las presencias, a lo largo de mi modesta experiencia siempre he notado la presencia del espíritu maligno, tanto en los pocos casos de posesión como en los numerosos casos de infestación personal o local. En un solo caso, el espíritu declaró ser un alma condenada y reveló su nombre y apellido, las circunstancias de su muerte y el motivo de su presencia en aquel hombre; pero, tras un exorcismo que parecía resolutivo, no volví a saber nada de él. ¿Cómo interpretar ese caso? El demonio puede disfrazarse de alma condenada, tal como afirma el Ritual. Con respecto a las almas del purgatorio, estoy de acuerdo con lo que suele decirse: son almas santas y no pueden hacer daño.

No ven al demonio pero sufren

¿Sus pacientes le dicen cómo ven al demonio?

No lo ven, sólo padecen grandes sufrimientos. El paciente común suele recorrer el siguiente itinerario: siente muchos dolores, sobre todo en la cabeza y el estómago, y lo primero que hace es ir al médico. Los médicos le dan tratamientos, pero no le resuelven el problema; entonces le sugieren que vaya al psiquiatra. Por lo general, si hay algo maléfico, el psiquiatra tampoco puede hacer nada.

El paciente empieza a sentir una repulsión hacia la religión, aunque antes fuera religioso. Ya no puede ir a la iglesia, asistir a misa ni comulgar. Luego nota dolores mientras rezan por él. Las personas que tienen dolores suelen seguir un tratamiento médico y ni siquiera se les ocurre que su problema pueda ser cosa del demonio.

A veces, un día asisten a una misa de liberación o de curación. Durante la plegaria de curación o liberación, la persona, de repente, cae al suelo, grita, se retuerce…Eso significa que hay una presencia, que sus dolores tienen un origen maléfico.

Todo ello sucede con frecuencia. Es importante tener buen discernimiento, porque, cuando oficio o participo en grandes misas de curación o liberación, siempre veo personas que gritan y se debaten; pueden ser histéricos o gente peculiar, pero también puede tratarse de algo serio. En varias ocasiones han venido personas desde lejos, por ejemplo, desde Sicilia, acompañadas de su exorcista. Este último me decía: “Mire, estoy exorcizando a éste”, y el paciente estallaba durante la plegaria. En tales casos sí existía una certeza.

En cambio, en otros casos, alguien que siempre había relacionado sus dolores con lo físico o médico, al asistir a estas misas puede darse cuenta de que tienen un origen distinto, y entonces empieza a pedir bendiciones o exorcismos.

Las bendiciones también son efectivas. Me gustaría que los sacerdotes bendijeran más. Si yo fuera Papa, concedería la facultad de exorcizar a todos los sacerdotes. El hecho de que un cura pueda consagrar, predicar y absolver pero no pueda expulsar a los demonios no es más que una limitación. Además, el exorcismo es una facultad incluida en el mandamiento de Cristo.

Un traje maldito

En mi opinión, el siguiente testimonio de una persona que consiguió una liberación total resulta muy esclarecedor.

“Enfermé hace muchos años. Tengo varios síntomas incomprensibles, que la ciencia médica no ha sabido diagnosticar. Sólo un exorcista ha podido liberarme de estos extraños dolores. La primera vez que los sentí fue justo después de ponerme un traje. La señora que me lo dio me instó a probármelo enseguida. Poco después, ya con el traje puesto, comencé a sentir una gran ansiedad. Mi voluntad estaba como paralizada, era incapaz de reaccionar o de hablar, y tenía otras sensaciones físicas tan raras como dolorosas. Todo mi cuerpo, hasta la cintura, se cubrió de enormes ampollas que me producían una quemazón insoportable; además se movían sin cesar, pasaban del rostro a la cintura cruzando los brazos y el torso. Estaba totalmente cubierto de ampollas y el fenómeno duraba muchas horas. Los exorcismos me liberaron de esto, aunque me quedaron las marcas; tenía el rostro desfigurado, tan hinchado que no podía abrir los ojos para mirarme al espejo. Después de los exorcismos recuperaba la paz y mi forma habitual. Sufría otros trastornos, como ataques de pánico inexplicables, parálisis o disentería repentinas, que los médicos no comprendían. Afortunadamente, me curé por completo gracias a los exorcismos.”

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Los dignatarios del Temple


Desde la encomienda de Barcelona hemos seleccionado un nuevo texto del catedrático de historia, Alain Demurger, de su libro “Vie et mort de l’ordre du Temple”. Esta vez su autor profundiza en la corresponsabilidad de los cargos y estructura gubernamental de la Orden del Temple.

Desde Temple Barcelona os deseamos una agradable e interesante lectura.

Naturalmente, los hermanos, los hermanos caballeros sobre todo, monopolizan las responsabilidades dentro de la orden.

El gobierno central tiene su sede en Jerusalén. La regla y las bulas pontificias prohíben toda transferencia. Pero una vez que Jerusalén cayó en manos de los musulmanes en 1187, hubo que acomodarse. La “casa presbiterial” se trasladó a Acre. Última plaza del reino, cayó también en 1291. La dirección de la orden se replegó entonces a Chipre. Por consiguiente, la sede ha permanecido siempre en Oriente. Para un templario, ultramar está en Occidente.

Correspondiendo al abad de los monasterios benedictinos, un maestre dirige el Temple. El título es nuevo. Será adoptado por las demás órdenes militares y, más adelante, por las órdenes mendicantes. Todos los hermanos deben obedecer al maestre, “y el maestre debe obedecer a su convento” (artículo 98). En efecto, la regla insiste en la necesidad de que el maestre pida consejo, de que consulte a los hermanos, reunidos en capítulo, antes de decidir. El maestre no goza de omnipotencia con respecto a su orden, cosa que no extraña en el siglo XII. De una parte, porque también en este aspecto hay una calara influencia cisterciense (el papel de consejero del capítulo es más importante que en Cluny). De otra parte, porque la organización del Temple está calcada de la organización feudal, que impone al vasallo el deber de aconsejar y al señor el deber de pedir consejo. Se trata de un lugar común y sería difícil que el Temple escapase a él. “En todas las cosas, el maestre actuará según el consejo del convento; debe pedir su opinión a la comunidad de los hermanos, y tomará la decisión sobre la cual la mayoría de los hermanos y él se pongan de acuerdo” (artículo 96). Otros artículos (36, 82, 87) confirman estas disposiciones. En general, el absolutismo no es una concepción medieval.

El consejo de los hermanos constituye, pues, un primer freno para la autoridad del maestre. El consejo de ciertos hermanos, ya que la regla establece matizaciones sutiles. Por ejemplo, el maestre está autorizado a prestar dinero, en interés del Temple, desde luego. Si la cantidad es inferior a mil besantes, necesita sólo el acuerdo de algunos de los hombres buenos de la casa. Si quiere prestar más, tendrá que obtener la aprobación de un número mayor de hermanos. Nombra a los dignatarios de las provincias de la orden, con el acuerdo del capítulo si se trata de las provincias más importantes. En cambio, decide solo en lo que se refiere a los “bailíos” de las circunscripciones secundarias. En resumen, con el capítulo, con algunos consejeros y a veces solo, el maestre interviene en todos los engranajes que permiten que la orden funcione: estado de los castillos, control de las relaciones con Occidente, material, caballos, dinero, traslado a Oriente de las tropas de refresco… Y para permitirle tomar, a pesar de todo, decisiones rápidas, pero que necesitan consejo, el maestre va siempre acompañado por dos caballeros como mínimo. Consejo, sí, pero también control.

Los poderes de iniciativa del maestre chocan también con otro freno: el poder de los demás dignatarios del Temple. En los estatutos jerárquicos de los años 1160-1170, los complementos del maestre van seguidos de disposiciones semejantes para el senescal, el mariscal, etcétera.

Segundo dignatario de la orden, el senescal reemplaza al maestre en todas las cuestiones en caso de ausencia de éste. Pero queda eclipsado por el mariscal, que, en todo tiempo, vela por la disciplina del convento, supervisa a los encargados de cuidar a los animales, el material y las armas, realiza las compras indispensables. Su papel es especialmente importante durante las campañas militares, ya que “todos los hermanos sargentos y toda la gente de armas se hallan a las órdenes del mariscal cuando están bajo las armas” (artículo 103). Jefe del estado mayor, expone su vida en el combate, puesto que, cuando se inicia la carga de la caballería pesada, él ocupa la “punta” (una imagen muy expresiva).

El comendador de la tierra (o el reino) de Jerusalén asume las funciones de tesorero de la orden. “Todos los haberes de la casa, de cualquier parte que procedan, más acá del mar o más allá del mar, deben ser entregados y dados en su mano” (artículo 111). Desde luego, no debe hacer nada con ellos mientras el maestre no los haya visto, pero, una vez cumplida esta formalidad, le incumbe la responsabilidad de su utilización. Se hace cargo del botín recogido en el curso de una campaña, a excepción de los animales y las armas, que corresponden al mariscal. Asegura las relaciones de Jerusalén con las casas templarias de Occidente, por mediación del comendador de la bóveda de Acre, que vigila todo el tráfico de la orden en el puerto. Como otra tarea importante, distribuye a los templarios entre las diferentes casas y fortalezas de la orden, en función de su capacidad de alojamiento y de las necesidades militares. Tienen directamente bajo su mando al peñero, intendente de la orden, que proporciona a los hermanos ropa y material de campaña (ropa de cama, tiendas, etc.)

Mencionemos también al comendador de la ciudad de Jerusalén, responsable de la misión tradicional de protección a los peregrinos. Hablaré de él en el capítulo dedicado a esta actividad. Y hay que añadir algunas dignidades reservadas a los hermanos sargentos, como la de submariscal, que dirige el trabajo de los hermanos de oficio de la mariscalía, muy numerosos, la de gonfalonero, de comendador de la bóveda de Acre y, sobre todo, de “turcoplier”, que dirige la caballería ligera de los turcoples o turcópolos, combatientes de reclutamiento exclusivamente local y que luchan al estilo turco, es decir a caballo y armados con un arco.

Tales dignatarios no pueden actuar en sus servicios sin el consentimiento del maestre. Éste tiene sobre todos la ventaja de ser omnicompetente. La voluntad, la personalidad del maestre ejercen un gran peso, tanto en el buen como en el mal sentido. El 1 de mayo de 1187, la batalla llamada de la Fuente del Berro se entabló en condiciones deplorables, dada la inferioridad numérica de los cristianos. La decisión se debió al maestre del Temple, Gerardo de Rideford, que no tuvo en cuenta la opinión desfavorable del maestre del Hospital, que se hallaba presente, ni la de Jacquelin de Mailly, a quien se ha tomado mucho tiempo por el mariscal del Temple, pero que era un simple caballero.

Al lado de este consejo informal de hombres prudentes, encargados de dar su opinión en el mismo momento, en cualquier situación, había el capítulo, los capítulos mejor dicho, institución regular de la orden: capítulo semanal de las encomiendas locales, capítulo anual de las provincias, capítulo general que reunía cada cinco años, en Tierra Santa, a los dignatarios de Siria-Palestina y de Occidente. Una máquina pesada y compleja… Por ejemplo, no cabía pensar siquiera en reunir un capítulo general para elegir al maestre. La situación de guerra casi permanente no permitía la espera. Sólo los templarios de Tierra Santa participaban en esta elección, al menos una ínfima minoría de ellos, designados por un procedimiento que, dejando aparte el sorteo, podía compararse al que se empleaba para elegir al dux de Venecia.

Una vez conocido el fallecimiento del maestre, y si las condiciones lo permitían, el mariscal convoca a los dignatarios de la orden. La convocatoria se dirige a todos los hermanos, ya sean de Oriente o de Occidente, pero los occidentales sólo participaban si se encuentran ya en Oriente. En primer lugar, se designa un gran comendador, que dispone la reunión del capítulo. Éste nombra a un comendador de la elección, el cual elige a su vez un compañero. “Y estos dos hermanos deben elegir a otros dos hermanos, y serán cuatro. Y esos cuatro deben elegir a otros dos hermanos, y serán cuatro. Y esos cuatro deben elegir a otros dos hermanos, y serán seis” Y así hasta doce…

“[…] En honor de los doce apóstoles. Y los doce hermanos elegirán al hermano capellán para ocupar el lugar de Jesucristo, el cual ha de esforzarse mucho por mantener a los hermanos en paz, en amor y en armonía; y serán trece hermanos. Y entre esos trece, debe haber ocho hermanos caballeros, cuatro sargentos y el hermano capellán. Y esos trece hermanos electores deben ser […] de naciones distintas y de países distintos, para mantener la paz de la casa (artículo 211).”

Los trece electores designan al nuevo maestre y le proclaman elegido ante el capítulo. En general, posee una larga experiencia de la orden. Ha ejercido funciones importantes tanto en Occidente como en Oriente. Los “hombres nuevos”, como Trémelay y Ridefort, son raros; raros también los hombres procedentes de la nobleza de Tierra Santa, como Felipe de Naplusia.

martes, 13 de diciembre de 2011

En tiempos difíciles, más que nunca, Dios está con nosotros.


Desde la encomienda de Barcelona queremos compartir con todos vosotros una noticia que recibimos del Servicio de Información del Vaticano el domingo pasado.

A veces, preocupados por nuestros problemas cotidianos, nos olvidamos de que Dios existe y que la vida es mucho más sencilla de lo que a veces pensamos. Somos minúsculos como un grano de arena en la inmensidad del desierto y nos empeñamos en parecernos a una montaña. Pero ciertamente Dios se encuentra por encima de desiertos y de montañas, observando y protegiendo desde las alturas tanto a las montañas como también a cada grano de tierra que forma el desierto.

Jamás debemos olvidar que formamos parte de Su creación, y que Dios jamás nos abandonará si deseamos su compañía.

Desde Temple Barcelona, reproducimos íntegramente para compartir con todos vosotros la noticia recibida.

CIUDAD DEL VATICANO, 11 DIC 2011 (VIS).-Este domingo, a las nueve de la mañana, Benedicto XVI se dirigió en visita pastoral a la parroquia romana de Santa María de las Gracias, en Casal Boccone -sector norte de la diócesis de Roma-. A su llegada fue acogido con aplausos y cantos por los niños de la escuela primaria, que lo esperaban en el patio del complejo parroquial, inaugurado el año pasado. El Santo Padre agradeció el cariño recibido e improvisó unas palabras:

"Queridos niños, os deseo un feliz domingo. Sabemos que la Navidad se acerca: preparémonos no solo con regalos, sino también con el corazón. Pensemos que Cristo, el Señor, está junto a nosotros, entra en nuestra vida y nos da luz y alegría. San Pablo dice hoy en la carta a los tesalonicenses: 'rezad incesantemente'. (...) Quiere decir que no debemos perder el contacto con Dios en nuestro corazón. Si existe este contacto, hay alegría. Os deseo a todos toda la alegría de la Navidad y de la presencia de Jesucristo niño, que es Dios en nuestro corazón (...) ¡Feliz Navidad desde ahora!".

La Santa Misa comenzó a las 9:30h, y fue introducida por el saludo del párroco, don Domenico Monteforte. Ofrecemos a continuación algunos fragmentos de la homilía de Benedicto XVI:

"El Adviento es tiempo de espera, de esperanza y de preparación a la visita del Señor. A ello nos invitan también la figura y la predicación de Juan Bautista, como hemos escuchado en el Evangelio. (...) Juan Bautista es el precursor, simple testigo, totalmente subordinado a Aquél que anuncia; una voz en el desierto. También hoy, en el desierto de las grandes ciudades de este mundo, de la ausencia de Dios, necesitamos voces que simplemente nos anuncien: 'Dios existe, está siempre cerca, incluso cuando parece ausente'". (...)

El Bautista "es un testigo de la luz; esto nos llega al corazón, porque en este mundo, con tantas tinieblas, tanta oscuridad, estamos todos llamados a ser testigos de la luz. Esta es precisamente la misión del tiempo de Adviento: ser testigos de la luz. Podemos serlo sólo si llevamos la luz dentro de nosotros. (...) En la Iglesia, en la Palabra de Dios, en la celebración de los sacramentos, en la confesión, en el perdón que recibimos, en la Santa Eucaristía en la que el Señor se entrega en nuestras manos y corazones, tocamos la luz y recibimos esta misión: ser hoy testigos de que la luz existe, y llevar la luz a nuestro tiempo". (...)

Este domingo de 'Gaudete' es "el domingo de la alegría, que nos dice que incluso en medio de tantas dudas y dificultades, la alegría existe porque Dios existe y está con nosotros". (...)

"Cuando miro esta iglesia y los edificios parroquiales veo los frutos de la paciencia, la dedicación y el amor, y con mi presencia deseo animaros a realizar cada vez mejor esta Iglesia de piedras vivas que sois vosotros mismos. Cada uno debe sentirse como un elemento de este edificio vivo. La comunidad se construye con la contribución que cada uno ofrece, con el esfuerzo de todos. Pienso sobre todo en campo de la catequesis, de la liturgia y de la caridad, columnas portantes de la vida cristiana". (...)

"Deseo llamar la atención sobre la centralidad de la Eucaristía. La Santa Misa ha de estar en el centro de vuestro domingo, que hay que redescubrir como día de Dios y de la comunidad, día en el que alabar y celebrar a Aquel que ha nacido por nosotros, que ha muerto y resucitado por nuestra salvación, y nos pide que vivamos juntos la alegría de ser una comunidad abierta y preparada para acoger a las personas solas o en dificultad. No perdáis el sentido del domingo y sed fieles al encuentro eucarístico. Los primeros cristianos estuvieron dispuestos a dar la vida por ello".

"Otro punto sobre el que quisiera insistir es el testimonio de la caridad, que debe caracterizar la vida de la comunidad. (...) Habéis visto llegar muchas personas en situaciones difíciles que os necesitan, precisan de vuestra ayuda material y también de vuestra fe y vuestro testimonio de creyentes. Haced que el rostro de la comunidad pueda expresar siempre concretamente el amor de Dios, rico en misericordia, e invite a acercarse a Él con confianza".

Tras la Misa, el Pontífice mantuvo un breve encuentro con los miembros del consejo pastoral parroquial. Antes de regresar al Vaticano para el rezo del Angelus, dirigió unas palabras a los fieles reunidos ante la iglesia para despedirlo:

"Gracias por vuestra cordial acogida y vuestra presencia. Ha sido como en África: una cordialidad hermosa y abierta, de corazones vivos y abiertos. Para mí es una gran alegría ver que (...) en esta nueva parroquia se participa realmente en la Eucaristía y se prepara la Navidad".

"Preparar la Navidad es hoy muy difícil. Sé que hay muchos compromisos. Pero preparar la Navidad no es sólo comprar y realizar otros preparativos, sino que es también mantener el contacto con el Señor, ir a su encuentro. Es muy importante no olvidar esta dimensión. (...) No se trata de un peso añadido a los otros, sino que es la fuerza que nos ayuda a hacer todo lo necesario. En este sentido, espero que mantengáis un contacto permanente con Jesús, con su alegría y su fuerza para vivir en este mundo".

lunes, 12 de diciembre de 2011

Evangelio dominical: En medio de vosotros hay uno que no conocéis


Desde la encomienda de Barcelona queremos una vez más compartir con todos vosotros el evangelio de ayer domingo, día de Nuestro Señor. Sin duda el primer capítulo del evangelista Juan es uno de los más bonitos textos sagrados del Nuevo Testamento.

Desde Temple Barcelona deseamos que su lectura os transporte a sensaciones agradables de percibir.

“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?». El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías». «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?». Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?». «Tampoco», respondió. Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?» Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia». Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán donde Juan bautizaba.” (Jn 1, 6-8. 19-28)

Reflexión:

Sin duda la humildad y la visión de Juan el Bautista predicando que vendrá uno más poderoso que él, el Mesías. Esta característica de Juan al ponerse por debajo de Jesús, es el primer testimonio de grandeza cristiana; el reconocer que somos inferiores a Dios y por tanto que debemos hacer su voluntad puesto que el Elegido de Dios, viene a ayudarnos. Esta lección de humildad es beneficiosa para el espíritu de los hombres que desean engrandecerse como auténticos hijos de Dios, poniéndose a su servicio, sin merecer más que la voluntad del Altísimo.

Plegaria:

Señor, despierta el pastorcillo que hay en cada uno de nosotros para hacer más llevadera la situación a las personas más necesitadas que nosotros. Fortaleced nuestras manos débiles, y danos un corazón valiente para obrar siempre en consecuencia.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Mujeres de la Biblia: María Santísima (II)


Desde la encomienda de Barcelona, continuamos con la segunda y última parte dedicada a María, “Mater Dei”. Por ello hemos vuelto a seleccionar la continuación a las líneas anteriores, extraídas del libro “Manninne, Vroumen in de Bijbel”, cuya creadora es la holandesa Gien Karssen.

Desde Temple Barcelona, deseamos que este apartado haya sido de vuestro interés.

Han pasado diez años. Están en la ciudad de Jerusalén, atiborrada de gente. Familias enteras están allí para celebrar la fiesta de la Pascua en la ciudad santa y honrar a Dios con su sacrificio.

Es una ocasión de gozo poder adorar al Señor en compañía de viejos amigos que se juntan todos los años parra aquellos días festivos; en consecuencia, la ciudad está llena de muchachos.

Los adultos gozan de sus no frecuentes contactos con amigos y parientes de varios lugares; hablan en voz alta y gesticulan por las calles. Los niños van de un lugar a otro como pájaros, bailan y juegan. Es fácil entender que entre tan gran multitud la ausencia de un hijo por algunas horas pase desapercibida. Los padres piensan que el niño está en la compañía de otros conocidos o parientes.

Esta es la razón por la que José y María, después de un día bien ocupado, descubren, en la jornada primera del viaje de vuelta, que Jesús no está con ellos. No lo encuentran en ninguna parte entre la compañía de viajeros y finalmente vuelven a Jerusalén con los corazones pesarosos.

Buscan por todas partes, pero en vano. Finalmente, después de tres días de búsqueda, lo encuentran en el templo. Con asombro ven al joven sentado entre los viejos y altamente educados rabinos, y no solamente les está escuchando, sino que les está presentando preguntas. Sorprende a todos con su inteligencia, comprensión y respuestas adecuadas.

María está agitada. “¡Hijo! –le dice reprendiéndole-, ¿por qué nos has hecho esto? ¡Tu padre y yo te hemos buscados ansiosamente por todas partes!”. Su respuesta no es desdeñosa, pero sí clara y sin reservas. “¿Por qué me buscabais? ¿No comprendéis que me conviene estar en los negocios de mi Padre”?

¿Tu padre?...¡Si te ha estado buscando por todas partes con tu madre!

¿Comprenden José y María que estaba hablando de su Padre celestial?

Jesús empieza aparentemente a separarse de ellos. Está comenzando a andar, en el viaje de su vida, hacia su verdadero destino. Él, su hijo perdido aquel día, es el Hijo de Dios, el Redentor del mundo. Los lazos infantiles que le habían unido a su familia empiezan a aflojarse. ¿Recordó en esta ocasión María las palabras de Simeón? ¿empieza a experimentar el dolor de la espada que traspasaría su corazón?

Cuando vuelven a Nazaret todo parece cambiado. Jesús continúa obediente y sujeto a ellos; pero algo ha ocurrido en el corazón de María. Archiva este recuerdo entre los que ya tiene en su memoria. De nuevo tiene la oportunidad de someter sus deseos maternales a la voluntad de Dios.

Pasan los años, años buenos, años en los cuales Jesús se desarrolla desde su madurez como hombre. La influencia de su madre sobre él durante este tiempo es, sin duda, grande. El evangelio nos dice que Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, y era amado por los hombres. Jesús, el Hijo de Dios, como niño, es perfecto; pero como verdadero hombre debe pasar por un desarrollo natural. Como hombre sobre la tierra se somete a la influencia de María.

Jesús no se desarrolla en el seno de una familia socialmente rica, pero espiritualmente tiene mucho que puede ser envidiado. Ambos padres andan con Dios, se respetan el uno al otro. Sobre todo, los pensamientos de María están llenos de Dios. Los pensamientos de una persona determinan sus hechos, así que la atmósfera de este hogar está completamente dirigida por Dios. Hay una atmósfera amiga en este pequeño hogar de Nazaret, un hogar saturado con el espíritu de verdadera humildad y devoción natural. Este espíritu es el que facilita la obediencia a los padres. Es en el hogar de José y María donde Jesús se enfrenta con las Sagradas Escrituras. El amor de su madre por la Palabra de Dios es un ejemplo al hijo.

Por espacio de dieciocho años permanece en su hogar paterno.

Puesto que José ha muerto durante este tiempo, lo más probable es que Jesús comparta con su madre los problemas de la familia y lleve la responsabilidad del sustento familiar. Ya no le llaman el hijo del carpintero, sino el carpintero.

Cuando Jesús tiene 30 años todo cambia.

María ve esto claramente al asistir a una fiesta de boda, juntamente con él, en las colinas de Galilea. Se da cuenta de que el dueño tiene dificultad por no tener suficiente vino. Su primera reacción es pasar la noticia del problema a Jesús. Pero éste ya no es el hijo obediente que hasta entonces ha conocido. “Mujer –la responde-, ¿qué tengo contigo?” Al dirigirse a ella llamándola “mujer” no indica falta de respeto o de simpatía. A las mujeres hebreas se acostumbraba llamarlas de esta manera, pero claramente marca una distancia entre él y su madre. “Nunca me había tratado de esta forma”, se dice, sin duda, María en su interior. Probablemente recuerda, empero, aquel otro día en el templo cuando él se expresó de una forma algo semejante. Comprende que, aunque es su hijo, no puede obedecer todas sus órdenes. Tiene órdenes superiores que cumplir.

María no se da por ofendida, y si se siente un poco herida no lo da a conocer. “Haced todo lo que él os dijere”, dice a los criados; pues sabe que él es Dios y puede obrar milagros.

Está contenta de tomar el segundo lugar. ¿Comprende ya ella lo que más tarde su hijo enseñará acerca de poner a Dios en el primer lugar en nuestro servicio? Ahora él se ha separado un tanto de ella, pero es para bien. Desde ahora ya no será, en primer lugar, el hijo de María, sino que ha venido a ser Jesús de Nazaret, acerca del cual todo el país está hablando. María sabe, empero, que es el Hijo de Dios que va de un lado a otro haciendo bienes.

María aprende a ponerse atrás; pero no sin dolor. Va experimentando poco a poco la presencia de la espada en su vida, pero también comprende que su pena o contrariedad está unida al favor de Dios. Todo lo que le resta hacer ahora es ponerse una y otra vez a su disposición. Mientras Jesús está viajando de un lado a otro del país, curando a los enfermos y predicando el evangelio, la fe de María encuentra lugar para crecer. Sin duda, es penoso para ella que sus otros hijos no crean en su misión y que la gente de Nazaret no lo acepte. Así que mientras Jesús va siendo más y más conocido y su influencia está en auge, María va aprendiendo la lección de ponerse atrás. Consiente en no poder ya ordenarle cosas como antes.

Esto se hace más claro para ella un día cuando, juntamente con sus hijos, trata de hablarle. Cuando dicen a Jesús: “He aquí tu madre y tus hermanos están afuera que te quieren ver”, responde: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y añade señalando a sus discípulos: “Cualquiera que hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre.” Las personas con quienes Él se relaciona diariamente son igualadas a ella por esta frase. Sus relaciones con la gente ya no se basan en los lazos de la sangre, sino en los lazos de la fe en Dios.

Otra aparente contrariedad; otra vez la espada.

Pero la espada penetra en su alma con toda su agudeza cuando María está al pie de la cruz donde su hijo ha sido clavado como un criminal. No es ella la única que bebe la copa del dolor hasta la última gota; pero el dolor de María encuentra aquí su clímax. Ella no lo ignora; no trata de evitarlo; está con él hasta el último momento. Ve su agonía; oye las burlas y griteríos del populacho…

Las horas pasan lentamente bajo el ardiente sol, y una persona, para ella la más amada, sufre como ningún otro hombre sufrirá. María permanece al pie de la cruz y sufre con Él. Esto es propio de la maternidad. Resuenan en sus oídos las palabras que ella misma dijo al ángel: “Que sea así como tú dices”. Se mantiene en esta actitud porque se ha puesto totalmente al servicio del Señor. Lo que siente es secundario.

Jesús la ve, aun dentro de su agonía de muerte, y no olvida el cuidar de ella.

“Mujer, he aquí tu hijo”, le oye decir; y luego dice a Juan, la persona que él amaba más en la tierra: “He aquí tu madre.” Jesús no deja su vida humana sin cuidar de su madre. El hombre y la mujer que en la tierra estuvieron más cercanos a su corazón serán los que mejor podrán entenderse y cuidarse el uno al otro cuando él hay partido. Y desde entontes María vive en el hogar de Juan.

Al pie de la cruz no es el último lugar en que encontramos a María. La hallamos de nuevo cuando está con los discípulos de Jesús y otras mujeres fieles. Esto es, después de la ascensión de Cristo, en el aposento de Jerusalén. María se dedica, con otros creyentes, a una oración perseverante. María no se aflige por su pérdida personal, sino que la acepta. Su deber, en lo que a él se refiere, ha sido cumplido.

María, la mujer más bendecida, la mujer más privilegiada de todas las mujeres, cuyo nombre es mucho más honrado que el de cualquier otro mortal, se dedica de nuevo a Dios. Y lo hace sin pretensiones de ninguna clase; simplemente toma su lugar entre otros que oran y buscan servir al Señor.

María sabe que una persona puede dejar todos sus intereses personales y dedicarse enteramente al honor de Dios.

María es ahora una mujer madura. En los últimos treinta años de su vida ha alcanzado pináculos de felicidad desconocida. Al mismo tiempo ha conocido profundos dolores; tan profundos como jamás ninguna otra mujer ha encontrado. Pero su actitud hacia Dios no cambia. Ha demostrado en su vida lo que dijo cuando le fue anunciada la venida del Mesías: “He aquí la sierva del Señor; sea hecho conmigo conforme a todo lo que él quiera.” (fin)

jueves, 8 de diciembre de 2011

Mujeres de la Biblia: María Santísima (I)



Desde la encomienda de Barcelona recobramos el nuevo apartado dedicado a descubrir a las mujeres más importantes de nuestras Sagradas Escrituras. Para ello y tratándose hoy de la festividad de la Inmaculada Concepción de María, hemos seleccionado un texto de la espiritual cristiana Gien Karssen, en su obra “Manninne, Vroumen in de Bijbel”.

Por tal festividad, hemos seleccionado las líneas que nos hablan de María Santísima, la madre de Dios. Una visión femenina nos acerca al corazón de la Virgen. Ese rincón accesible sólo a los iniciados en la fe.

Desde Temple Barcelona nos gustaría que gozaseis de su atenta lectura.

Juan 19, 25-27 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena.

Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre.

Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

“He aquí la criada del Señor; hágase conmigo conforme a su palabra.”

María se somete totalmente, sobrecogida por el mensaje que el ángel acababa de traerle. En su mente contempla todo lo que le ha sido dicho. Ella, María, será la madre del Mesías. El Redentor prometido a Adán, luego más claramente a Abraham y, finalmente, profetizado por diferentes mensajeros de Dios, será traído al mundo por ella.

Sabía lo que le iba a suceder. Cada mujer judía esperaba llegar a ser la madre del Mesías.

Nunca esperó que este tiempo hubiera llegado y que ella sería la escogida.

Era joven, procedía de un pueblecito insignificante. ¿Y cómo iba ella a dar a luz un bebé cuando todavía no estaba casada, sino solamente comprometida? No es extraño que dijera: “Soy virgen, no soy casada; ¿cómo puede esto hacerse?”

El ángel empezó su mensaje diciendo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios”. Luego le contó que el Espíritu Santo obraría este milagro en ella. Su hijo sería llamado Hijo de Dios. Muchos conocen a Dios por la comunión de su Palabra, por los libros de Moisés y los escritos de los profetas. Ella tiene una profunda reverencia para el Señor Dios en su corazón.

Sabía lo que Él había hecho en la historia de su pueblo, para la nación entera y para determinados individuos. Conoce su benevolencia hacia aquellos que le reverencian, y que prefiere obrar con los humildes que con los poderosos de este mundo. Ella sabe que no tiene posición material ni riquezas. ¿Es por esta razón que había sido elegida? ¿Era un instrumento utilizable porque no podía pretender ningún honor mundano de sí misma?

Se muestra gozosamente dispuesta a sacrificarse, viniendo a ser la más humilde servidora. “¡que sea todo así como tú has dicho!”, exclama simplemente, viendo desaparecer al ángel.

Con estas palabras indica completa sumisión, sin retener nada. Es una respuesta acertada. Su hijo, que acaba de serle anunciado, expresará prácticamente lo mismo. En total sumisión a Dios, declara: “No sea hecha mi voluntad, sino la tuya”. La misma actitud de corazón manifestada por María. El futuro le dará amplia oportunidad de probar lo que acaba de decir. En este momento no puede ella prever las consecuencias.

María, la más privilegiada entre las mujeres, aprende desde el principio que privilegios excepcionales van a menudo unidos al sacrificio. Moisés lo había experimentado antes. Pablo lo experimentó después de ella. La primera cosa que sacrifica es su reputación ante el mundo exterior. Pero lo rehúsa ante el privilegio de ser utilizada por Dios. Para José, su prometido, hay también un problema: Es un hombre que anda con Dios; ¿cómo puede casarse con una muchacha que espera un hijo? Porque la ama, no quiere acusarla abiertamente. Si lo hiciera, ella tendría que ser ejecutada. La ley estipulaba que si una virgen hebrea prometida traicionara a su futuro marido y no se la encontrara virgen en el momento del matrimonio tendría que ser apedreada y muerta sin remisión.

Por lo tanto, se propone dejarla sigilosamente. ¿Es que quiere confiar a Dios lo que le ha sucedido? Al hacer esto pone el problema en manos de Aquel a quien pertenece.

Pero el ángel del Señor le descubre en un sueño la verdadera naturaleza del caso. María está esperando el prometido Emanuel, de quien Isaías profetizó. José ha de ser una persona privilegiada: El supuesto padre que dará al niño Jesús el nombre revelado por Dios. Tendrá el privilegio de educar a este niño como si fuera su propio hijo. Su hogar será la casa donde el hijo de Dios, durante su período sobre la tierra, se sentirá más a gusto. Su único hogar terrenal.

Juntos José y María, suben las gradas del templo de Jerusalén, trayendo al niño en brazos. Llevan, asimismo, un par de tórtolas para ofrecer al Señor. María piensa en los sucesos del pasado año. Recuerda que podo después de la visita a su parienta Elisabet, que también esperaba un niño. Sin haberle dicho nada acerca de su preñez, Elisabet le dio la bienvenida llamándola la más bienaventurada entre las mujeres. Llena del Espíritu Santo, Elisabet la ha llamado “madre de mi Señor”.

La reacción de María fue romper en un cántico de alabanza a Dios que Él mismo puso en sus labios. Se siente profundamente admirada por las cosas que van a ocurrir. La gente la llamaría bienaventurada, en generaciones futuras; no a causa de sí misma, sino a causa de lo que Dios había hecho con ella. Él es grande, santo y todopoderoso. Se siente indigna por todo esto. No tiene nada que ofrecer, sino gratitud y alabanza. El niño que ha de nacer será también su Salvador. Aun cuando se siente privilegiada entre todas la mujeres, comprende que ella es también una pecadora que necesita un Salvador.

¡Cuán inconveniente resultaba que, precisamente en los días en que iba a dar a luz al niño, el emperador César Augusto ordenara un censo que debía ser tomado en toda la nación! ¡Y cada persona, precisamente, en el pueblo donde había nacido!

Por tal razón tienen que hacer un largo viaje de Nazaret a Belén, la antigua ciudad del rey David, antecesor de ambos cónyuges. Los dos tenían que ser registrados allá. Lo que, sin duda, temían, resultó ser verdad. Todas las posadas están llenas. El pueblo de Belén, situado en la ruta de las caravanas que van de Jerusalén a Hebrón, estaba rebosante de forasteros.

Su hijo tuvo que nacer en las afueras de la ciudad, en una cueva; un lugar donde en invierno eran encerrados los animales. ¡Cuán triste se sentía María de que su hijo no pudiera tener ni siquiera una cama!

Mientras ella y José se encuentran en tal situación de soledad y desamparo ocurre un milagro. Mirando desde la cueva a las montañas próximas ven aparecer una luz en la noche…, un resplandor más brillante que el sol. Repentinamente aparece un gran ejército de ángeles que cantan: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra”, proclamando, así, el nacimiento de su Hijo, el Salvador del mundo.

Los pastores, instruidos por los ángeles, acuden al establo. Eran personas ricas; hombres instruidos del Este, que han hecho un largo viaje para traerle preciosos dones: oro, incienso y mirra. De este modo la venida de su Hijo a esta tierra ha sido anunciada por Dios a pobres y ricos a la vez. María, reflexionando sobre estas cosas, no sabe qué decir; su corazón se halla absorto de admiración.

De repente, mientras están llevando a su hijo al templo, un anciano se les acerca y toma al niño en sus brazos. Es Simeón, que ha estado esperando la venida del Mesías durante largo tiempo: “Ahora, despide, Señor, a tu siervo en paz, porque has guardado tu promesa”, le oyen decir; y continúa: “pues mis ojos han visto tu salvación que has dado al mundo”. La plegaria del anciano es guiada por el Espíritu Santo. Ya no queda ninguna duda a José y María de que tienen al Hijo de Dios en sus brazos.

Igualmente, Ana, una profetisa muy anciana que había pasado toda su vida en la presencia de Dios, reconoce al niño como el Mesías prometido. Antes de que Ana se dirija a la ciudad para explicar a la gente que la redención de Jerusalén está próxima, Simeón dice algo muy significativo a María: “Escucha con atención, joven madre: Este niño será rechazado por muchos en Israel, pero será un gran gozo para muchos otros. El revelará los más profundos pensamientos de muchos corazones, pero una espada traspasará tu alma”.

Sin que pase mucho tiempo comienza el primer ataque doloroso. El rey Herodes manda asesinar a todos los hijos varones de dos años para abajo, en Belén, pues espera con esto matar al anunciado rey de los judíos. José y su pequeña familia escapan de la matanza, ya que habían sido advertidos por Dios. Sin embargo, están obligados a hacer un largo viaje por el desierto del Neguev, un territorio desprovisto en aquel entonces de alimentos y de agua. Hace más penoso este viaje a Egipto el saber que muchos niños inocentes han sido asesinados a causa de su hijo.

A María le parece oír, sin duda, en su mente los gritos de estos niños inocentes que son brutalmente destrozados. Siendo ella misma una madre, puede fácilmente identificarse con las madres de aquellos niños. Siendo la madre del Hijo de Dios, puede sentir su dolor por todos ellos, derramando grandes lágrimas.