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domingo, 31 de julio de 2011

¡Qué descanséis bien!: Volvemos en septiembre


Llega el tiempo del estío y con él marchamos a descansar a lugares tranquilos y apartados de la monotonía y la vorágine del trabajo.

Por ello os queremos desear que también vosotros aprovechéis este tiempo para recoger fuerzas y alimentaros así del merecido descanso.

Desde Temple Barcelona queremos despedirnos hoy día de Nuestro Señor con el evangelio del último día de julio. Esperamos que os sea reconfortante.

Evangelio del domingo 31 de julio de 2011.

Comieron todos hasta quedar satisfechos (Mt 14, 13-21)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús al gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como Se hizo tarde, se acercaron los discípulo a decirle: “Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.” Jesús les replicó: “No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.” Ellos le replicaron: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.” Les dijo: “Traédmelos.” Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

sábado, 30 de julio de 2011

El Templo de Salomón: IIIª parte


Desde la encomienda de Barcelona, con esta nueva parte dedicada al Templo de Salomón y que hemos vuelto a extraer del libro “The Templars”, efectuado por el novelista Piers Paul Read, concluimos con el apartado.

Esta vez el autor nos brinda la posibilidad de introducirnos en las distintas disputas por el control de la tierra palestina: guerras, batallas y conspiraciones históricas, se entremezclan entre sí; invitándonos a comprender que la historia se repite y que los sagrados lugares de Tierra Santa han sido, son y nos tememos que también continuará siendo codiciados por numerosos pueblos.

Desde Temple Barcelona deseamos que este nuevo acercamiento histórico al Templo de Salomón os haya sido gratificante.

Los sucesores de Herodes tuvieron menos éxito que éste en cuanto a mantener bajo control esa incipiente rebeldía. El testamento de Herodes, modificado por él mismo varias veces, disponía dividir su reino entre tres de sus hijos: Arquelao, Herodes Antipas y Herodes Filipo. El emperador Augusto confirmó este arreglo, pero le negó el título de rey a Arquelao, nombrándolo solamente etnarca (o gobernador) de Judea y Samaria hasta que tras nueve años de gobierno incompetente, lo destituyó del cargo desterrándolo a la ciudad de Viena, en Galia. Judea fue puesta bajo la regencia directa del procurador romano; primero Coponio, luego Valerio Grato y, en 26 d. C., Poncio Pilatos.

Esta disposición no aseguró la estabilidad de Palestina. Si bien la aristocracia judía y el establishment saduceo hicieron lo posible para contener el resentimiento de su gente, los pesados gravámenes impuestos por los romanos y su insensibilidad hacia las creencias religiosas de los judíos condujeron a esporádicas revueltas y, finalmente, a una guerra abierta. Lo insurgentes judíos tomaron Masada y acabaron con la guarnición romana. En el templo, Eleazar, el hijo del sumo sacerdote Ananías, convenció a los sacerdotes de que abolieran los sacrificios ofrecidos por Roma y por el César. Este gesto de desafío derivó en una insurrección general: fue capturada la fortaleza Antonia y asesinado Ananías, atrincherándose luego los romanos en las torres fortificadas del palacio de Herodes. En Cesarea, la capital administrativa de los romanos en la costa, los gentiles atacaron y masacraron la colonia judía. Esa atrocidad enfureció a los judíos de toda Palestina, quienes saquearon ciudades griegas y sirias como Filadelfia y Pella, matando a sus habitantes en venganza.

En septiembre de 66 d. C., el legado romano en Siria, Cestio Galo, salió de Antioquía con la Duodécima Legión para restaurar el orden en Palestina. Los insurgentes judíos de Jerusalén se aprestaron a resistir. Luego de algunas escaramuzas en las afueras de la ciudad, Cestio ordenó retroceder. Su retirada se convirtió en una derrota aplastante. Los judíos quedaron como dueños de su propia tierra y comenzaron a organizar sus defensas contra el regreso de los romanos.

En vista de la catástrofe que los abrumaría, parece sorprendente que los judíos pensaran que podían desafiar el poder de Roma. Por supuesto, hubo quienes “veían con toda claridad la calamidad que se avecinaba y se lamentaban abiertamente”, pero la gran mayoría estaba totalmente convencida de que el momento de su destino había llegado. Ellos eran, después de todo, el pueblo elegido de Dios, y desde sus primeros tiempos los profetas les habían prometido no sólo la liberación, sino un liberador mencionado como “el ungido” o, en hebreo, Messiah. Las promesas de Dios a Abraham e Isaac habían sido que una salvación de una clase no especificada llegaría a través de su progenie, pero posteriormente ese concepto de salvación se había combinado con la idea de un rey descendiente de David cuyo reinado sería eterno. Iba a ser un héroe específicamente judío (“Mirad que viene el tiempo, dice el Señor, en que yo haré nacer de David un vástago, un descendiente justo, el cual reinará como rey, y será sabio, y gobernará la tierra con rectitud y justicia. En aquellos días suyos, Judá estará a salvo, e Israel vivirá tranquilamente), pero cuya soberanía sería universal (“Y dominará de un mar a otro, y desde el río hasta el extremo del orbe de la tierra […] Lo adorarán todos los reyes de la tierra, todas las naciones le rendirán homenaje”). Fue la poderosa sensación de expectativa mesiánica lo que infundió valor a los judíos de la Palestina del siglo I para desafiar el poder de Roma. […]

[…] Los fariseos eran los más ruidosos en su oposición al gobierno de Roma; y entre los fariseos había sectas austeras y fanáticas como la de los esenios, quienes vivían en comunidades cuasi-monásticas, y los zelotes, una facción terrorista que despreciaba profundamente no sólo a los romanos sino a todo judío que colaborase con ellos. Enviaban asesinos conocidos como sicarios (de la palabra griega sikarioi, que significa “hombres de la daga”) a mezclarse entre la multitud y ultimar a sus enemigos. Un contigente de zelotes galileos refugiado en Jerusalén le hizo una guerra de clase a sus anfitriones.

Cuando el emperador Nerón recibió noticias de la derrota de Cestio Galo, convocó a un veterano general, Vespasiano, y lo puso al mando de las fuerzas romanas en Siria. Vespasiano envió a su hijo Tito de Alejandría, donde buscaría a la Decimoquinta Legión para reunirse con él en Ptolemaïs. Este ejército combinado entró en Galilea y, con gran dificultad, redujo los bastiones mantenidos por los judíos insurgentes, masacrando o esclavizando a sus habitantes. Cada ciudad fue ferozmente defendida, en particular Jopata, al mando de Josef ben-Matias, quien más tarde se pasó al bando romano, cambió su nombre por el de Josephus y escribió la crónica de este conflicto en su Guerra Judía.

En medio de esta campaña, el emperador Nerón fue asesinado, y el mismo final tuvo Galba, su sucesor. Sobrevino entonces una guerra civil entre los pretendientes al trono, Otón y Vitelio, de la cual Vitelio salió victorioso. En Cesarea, las legiones repudiaron a Vitelio y proclamaron emperador a Vespasiano. El gobernador de Egipto, Tiberio Alejandro, lo apoyó, y lo mismo hicieron las legiones de Siria. En Roma, los partidarios de Vespasiano derrocaron a Vitelio y proclamaron a Vespasiano heredero del trono imperial. La noticia alcanzó a éste en Alejandría, desde donde se embarcó a Roma dejando a su hijo, Tito, la misión de consumar el sometimiento de los judíos rebeldes. […]

[…] El resultado final no estaba en duda, pero cada sector de la ciudad fue encarnizadamente disputado. Primero cayó la fortaleza Antonia; el templo, sin embargo aún resistía. Durante seis días los arietes de las legiones romanas martillearon los muros del templo sin hacer mella en los enormes bloques tan pulidamente labrados y sólidamente unidos por los albañiles de Herodes. Igualmente infructuoso fue un intento de minar la puerta norte. No queriendo arriesgar más bajas en un asalto a fondo salvando los muros, Tito ordenó a sus hombres incendiar las puertas. Los revestimientos de plata se derritieron con el calor y la madera comenzó a arder. El fuego se esparció hasta las columnatas, abriendo una brecha para los soldados romanos por entre la mampostería en llamas. Era tal su furia contra los judíos que los civiles fueron masacrados junto con los combatientes. Según narra Josephus, quien tenía mucho interés en exculpar a su protector ante los judíos en la Diáspora, Tito hizo todo lo posible por salvar el Tabernáculo; pero sus hombres le prendieron fuego. Así, lo que Josephus describe como “el edificio más maravilloso jamás visto o conocido, tanto por su tamaño y construcción como por la espléndida perfección de los detalles y la gloria de sus lugares sagrados”, fue destruido.

Tal era la solidez de sus fortificaciones y la determinación de sus defensores, que a Tito y sus legiones le llevó seis meses capturar Jerusalén: desde marzo hasta septiembre de 70 d. C. La población fue prácticamente aniquilada. Aquellos que se habían refugiado en las cloacas de la ciudad morían de hambre, o bien se mataban ellos mismos, o eran aniquilados por los romanos al salir. Josephus estimó que más de un millón de personas murieron en el sitio de Jerusalén, siendo esclavizados todos los supervivientes. Tito dejó una guarnición en la ciudadela y ordenó que el resto de la ciudad, incluyendo lo que quedaba del templo, fuera arrasado. Retirándose a Cesarea, celebró su cumpleaños el 24 de octubre viendo a prisioneros judíos morir en la arena bajo las garras de animales salvajes, o matándose entre sí, o quemados vivos. Cuando volvió a Roma, Tito y Vespasiano, vistiendo túnicas escarlata, celebraron su triunfo. Por las calles fueron arrastradas carretas cargadas con los magníficos tesoros saqueados de Jerusalén, entre ellos el candelabro de oro del templo, junto con columnas de prisioneros encadenados. Cuando la procesión llegó al Foro, el líder superviviente de los rebeldes judíos Simón ben-Gioras, fue ejecutado ceremoniosamente, tras lo cual los vencedores se retiraron a disfrutar del suntuoso banquete preparado para ellos y sus invitados.

En Palestina, bandas de insurgentes resistían aún en las inexpugnables fortalezas de Herodes: Herodium, Machaerus y Masada. Herdium cayó sin dificultad; Machaerus se rindió; pero Masada seguía en manos de los zelotes al mando de Eleazar ben-Jair, un descendiente de Judas Macabeo. En una extraordinaria fortaleza, construida sobre una aislada meseta montañosa a unos cuatrocientos metros de altura sobre la costa oeste del mar Muerto, había una mil personas, entre hombres, mujeres y niños. El gobernador romano, Flavio Silva, rodeó la fortaleza y construyó una rampa para permitir que un ariete hiciera una brecha en el muro.

Los zelotes resistieron al principio, pero, cuando se hizo evidente que los legionarios abrirían una brecha de un momento a otro. Eleazar convenció a sus seguidores de que era mejor morir a manos propias que ser asesinados por los romanos. Después de quemar sus posesiones, cada padre mató a su familia; luego, se eligieron a diez hombres al azar para matar a sus compañeros, y finalmente uno de ellos, nuevamente elegido al azar, mató a los otros nueve antes de quitarse a sí mismo la vida con su espada. (fin del apartado)

viernes, 29 de julio de 2011

El Templo de Salomón: IIª parte


Desde la encomienda de Barcelona, proseguimos con la segunda parte dedicada al antiguo Templo de Salomón. Esta vez nos adentramos en la polifacética vida de Herodes. Para ello echamos mano de otro texto del escritor y novelista Piers Paul Read de su libro “The Templars”; donde claramente acentúa la importancia que tuvo este curioso mandatario en la regeneración del “Templo de los judíos”.

Desde Temple Barcelona deseamos que os sintáis atraídos por su lectura.

El reinado de Salomón marcó el apogeo de un estado judío independiente. Tras su muerte, Israel fue conquistada por las poderosas naciones del este: asirios, caldeos y persas. El Templo de Salomón fue destruido por los caldeos al mando de su rey, Nabucodonosor, 586 a. C., y los judíos fueron llevados como esclavos a Babilonia. Los caleos fueron conquistados a su vez por los peras, cuyo rey, Ciro, les permitió volver a Jerusalén y reconstruir el templo en 515 a. C.

En el siglo IV a. C., la marea de conquistas bajó en el este y subió desde el oeste: los persas fueron derrotados por los macedonios, comandados por su joven rey Alejandro III, el Magno. Tras la prematura muerte de Alejandro, el imperio fue dividido entre sus generales y, durante un tiempo, los tolomeos asentados en Egipto y los seléucidas asentados en Mesopotamia se disputaron el control de Palestina. En ausencia de un rey, el sumo sacerdote de Jerusalén asumía entre los judíos muchas de sus funciones.

En 167 a. C., una revuelta en contra de los griegos por motivos religiosos terminó en una lucha exitosa por la independencia política. Sus líderes, tres hermanos macabeos, fundaron la dinastía de los Asmoneos, reyes judíos que recuperaron la mayor parte del territorio gobernado en el pasado por David y Salomón. En el curso de sus constantes conflictos con los estados vecinos, se recurrió al nuevo y naciente poder de Roma. El rey de Judea, Hircano, y su ministro Antípatro se pusieron bajo la protección del general romano que había conquistado Siria, Cneo Pompeyo, o Pompeyo Magno.

Jerusalén fue defendida por Aristóbulo, el pretendiente rival al trono. Tras un sitio de tres meses, la ciudad fue tomada por las legiones de Pompeyo. Los romanos sufrieron pocas bajas, pero el conflicto dejó unos 12.000 judíos muertos. Según el historiador judío Josephus, sin embargo, esa pérdida de vidas fue una calamidad menor que la profanación del templo efectuada por Pompeyo.

Los romanos eran ahora los árbitros del poder en el estado judío. Pompeyo restituyó a Hircano como sumo sacerdote, pero, viendo que era un gobernante ineficiente, puso el poder político en manos de su primer ministro, Antípatro. Julio César, cuando llegó a Siria en 47 a. C., le confirió a Antípatro la ciudadanía romana y lo nombró procurador de Judea: el hijo mayor de Antípatro, Fasael, se convirtió en gobernador de Judea, y su segundo hijo, Herodes, en ese momento de veintiséis años, en gobernador de Galilea. El entonces cónsul de César, Marco Antonio, mantuvo con Herodes amistad de por vida.

En 40 a. C., los partos invadieron Palestina. Herodes escapó a Roma vía Arabia y Egipto. En Roma, el senado le proporcionó un ejército y lo nombró rey de Judea. Herodes derrotó a los partos y, pese a apoyar a su amigo Marco Antonio en contra de Octavio, fue confirmado por éste como rey de Judea tras la victoria de Octavio sobre Marco Antonio en la batalla de Accio.

Ahora en la cumbre de su gloria, Herodes embelleció su reino con magníficas ciudades e imponentes fortalezas, bautizadas muchas de ellas con nombres de protectores y miembros de su familia. En la costa mediterránea entre Jaffa y Haifa construyó una nueva ciudad a la que llamó Cesarea; y en Jerusalén, la fortaleza llamada la Antonia. Amplió la fortificación de Masada, donde su familia se había refugiado de los partos, y levantó una nueva fortificación en las colinas que miran a Arabia, a la que llamó Herodium, en honor a sí mismo. […]

[…] Herodes, aunque ciudadano romano y árabe de origen, fue escrupuloso en su observancia de la ley judía; y para granjearse más el favor de los adeptos a su religión adoptada, anunció que reconstruiría el Templo. La reacción de los judíos fue de sospecha: para garantizarles que cumpliría ese ambicioso proyecto, Herodes debió prometer que no demolería el viejo templo hasta haber juntado todos los materiales necesarios para la construcción del nuevo. Como sólo los sacerdotes podían entrar al recinto del Templo, capacitó a un millar de levitas como albañiles y carpinteros. Los cimientos del segundo Templo fueron sensiblemente agrandados con la construcción de enormes muros de contención al oeste, al este y al sur. Alrededor de la gran plataforma, sustentada sobre relleno o soportes abovedados, corrían galerías cubiertas. Una cerca rodeaba el área sagrada, y en cada una de sus trece puertas había una inscripción en latín y griego advirtiendo que todo gentil que le traspasara sería castigado con la muerte.

En el centro, enmarcado por las columnatas, estaba el templo propiamente dicho. A un lado se hallaba la Corte de las Mujeres, y al otro lado de la Puerta Preciosa estaba la Corte de los Sacerdotes. Dos puertas de oro conducían al Tabernáculo: delante de ellas había una cortina de tapicería babilonia bordada con dibujos en azul, púrpura y escarlata que simbolizaban toda la creación. El sagrario interior, envuelto por un enorme velo, era el sanctasantórum al que sólo el sumo sacerdote podía ingresar determinados días del año. La roca sobre la cual Abraham había preparado a Isaac para el sacrificio era el altar donde se mataban niños o palomas: la cavidad que todavía puede verse en el extremo norte de la roca se usaba para recoger la sangre propiciatoria.

La dimensión del Templo era formidable, alcanzando una altura majestuosa en la parte que dominaba el valle de Kidron. Su esplendor no podía dejar de causar en los súbditos de Herodes la impresión de que su rey, a pesar de su origen árabe, era un digno judío. Pero Herodes no dejaba nada al azar. La fortaleza Antonia formaba parte del muro norte del complejo del templo y estaba permanentemente guarnecida con un contingente del ejército romano. Durante las festividades importantes, el contingente era desplegado a lo largo de las columnatas, armado.

El templo fue el logro culminante de una de las figuras más extraordinarias del mundo antiguo. Herodes, en su apogeo, llevó el estado de Israel a un nivel de esplendor jamás visto antes y no repetido después. Su munificencia se extendió a ciudades extranjeras como Beirut, Damasco, Antioquía y Rodas. Diestro en el combate, experto cazador y muy buen atleta, Herodes patrocinó y presidió los Juegos Olímpicos. Usó su influencia para proteger a las comunidades judías en la Diáspora, y fue generoso con los necesitados en todo el Mediterráneo oriental. Pero no pudo establecer una dinastía duradera porque, conforme avanzaba su vida, fue cayendo presa de una paranoia que convirtió al déspota benevolente en un tirano.

No puede dudarse de que Herodes estaba rodeado de intriga y conspiración. Su padre y su hermano tuvieron finales violentos, y él tenía poderosos enemigos tanto entre la facción de judíos fariseos que se resistían al gobierno de un extranjero al servicio del emperador pagano de Roma, como entre los seguidores de los Asmoneos que reclamaban el trono de Judea. Para aplacar a estos últimos, Herodes se divorció de Doris, su novia de la juventud, y se casó con Mariamna, la nieta del sumo sacerdote Hircano. […]

[…] Lo que pudo ser políticamente expeditivo, domésticamente fue desastroso. Herodes se había enamorado profundamente de Mariamna, quien, después del trato de Herodes a su hermano y su abuelo, lo odiaba con la misma pasión. Sumado a ese resentimiento estaba el desprecio de una princesa real judía por un árabe advenedizo, lo que atormentaba a Herodes tanto como enfurecía a su familia, en particular a su hermana Salomé. Haciendo el papel de Yago con el Otelo de Herodes, Salomé convenció a su hermano de que Mariamma le había sido infiel con su esposo, José. Herodes ordenó la inmediata ejecución de ambos. Su paranoia se volvió luego hacia los dos hijos que había tenido con Mairamna: convencido de que estaban conspirando contra él, los hizo estrangular en Sebaste en 7 a. C. Hacia el final de su vida, mientras yacía agonizante con “una insoportable comezón en todo el cuerpo, constantes dolores intestinales, hinchazón en los pies como de hidropesía, inflamación de abdomen y putrefacción de los genitales que le producía gusanos”, le dijeron que su hijo mayor y heredero, Antípatro, había planeado envenenarlo. Antipatro fue ejecutado por el guardaespaldas de su padre. Cinco días más tarde, el mismo Herodes expiraba. (continuará)

jueves, 28 de julio de 2011

El Templo de Salomón: Iª parte


Desde la encomienda de Barcelona, deseamos compartir un texto del novelista Piers Paul Read donde nos habla del lugar más emblemático de la Orden de los Pobres Caballeros de Jesucristo, el Templo de Salomón; ya que gracias a que les fue concedido ese enclave, lo hicieron servir como cuartel general.

Este escritor, gracias a su libro “The Templars”, nos habla bajo una perspectiva netamente histórica, describiendo con sutileza el templo más famoso del mundo Antiguo.

Desde Temple Barcelona, estamos seguros que este nuevo apartado os gustará.

En mapas de la Edad Media dibujados en pergamino se muestra a Jerusalén en el centro del mundo. Jerusalén era entonces, como sigue siéndolo hoy, una ciudad sagrada para tres religiones: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Para cada una de ellas, era el escenario de hechos trascendentes que formaron el vínculo entre Dios y el hombre (siendo el primero los preparativos de Abraham para el sacrificio de su hija Isaac en el afloramiento rocoso cubierto por una cúpula de oro).

Abraham era un rico nómada de Ur, en Mesopotamia, que unos mil ochocientos años antes del nacimiento de Cristo, por orden de Dios, se trasladó desde el valle del Eúfrates hasta el territorio habitado por los cananeos, entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Allí, en recompensa por su fe en el único Dios verdadero, recibió aquella tierra “rebosante de leche y miel” y la promesa de innumerables descendientes para poblarla. Sería el padre de muchas naciones; para sellar esa alianza, Abraham y todos los varones de su tribu se circuncidarían, una práctica que debía continuarse “de una generación a otra”.

Esa promesa de posteridad era problemática, porque Sara, la esposa de Abraham, era estéril. Comprendiendo que ya no estaba en edad de concebir, Sara convenció a Abraham para que engendrara un hijo con su esclava egipcia, Agar. A su debido tiempo, Agar dio a luz a Ismael. Algunos años más tarde, se aparecieron tres hombres mientras Abraham estaba sentado a la entrada de su tienda a la hora más calurosa del día. Le dijeron que Sara, entonces de más de noventa años, tendría un niño.

Abraham rió. Sara también, tomándolo en broma. “¿Conque después que ya estoy vieja, y mi señor lo está más, pensaré en usar del matrimonio? Pero la predicción demostró ser correcta. Sara concibió y parió a Isaac. Se volvió entonces en contra de Ismael y a su madre. Dios se puso de parte de Sara y, siempre obedeciendo las órdenes de Dios, Abraham despachó a Agar y a Ismael al desierto de Bersabee con un poco de pan y un odre de agua. Cuando el odre quedó vacío, Agar, no pudiendo soportar el ver morir de sed a su hijo, intentó abandonarlo debajo de un árbol; pero Dios la guió hasta un pozo y le prometió que su hijo fundaría una gran nación en los desiertos de Arabia.

Fue entonces cuando Dios le impuso a Abraham una última prueba, ordenándole ofrecer a “tu único hijo a quien tanto amas […] y allí me lo ofrecerás en holocausto sobre uno de los montes que yo te mostraré”. Abraham obedeció sin reparos. Llevó a Isaac al lugar designado por Dios, un afloramiento de roca en el monte Moriah, acomodó leña en un altar improvisado, y puso a Isaac sobre la pila de leña. Pero justo cuando tomaba el cuchillo para matar a su hijo, se le ordenó desistir: “No extiendas tu mano sobre el muchacho […] ni le hagas daño alguno: que ahora me doy por satisfecho de que temes a Dios, pues no has perdonado a tu único hijo por amor de mí […] en vista de la acción que acabas de hacer […] Yo te llenaré de bendiciones, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que está en la orilla del mar […] y por un descendiente tuyo serán benditas todas las naciones de la tierra, porque has obedecido mi voz”.

¿Existió Abraham? En los tiempos modernos, las opiniones eruditas sobre su historicidad han oscilado entre el escepticismo de exégetas alemanes que lo relegaron a la categoría de una figura mítica y los juicios más positivos emitidos a partir de descubrimientos arqueológicos en Mesopotamia. En la Edad Media, sin embargo, nadie dudaba de que Abraham hubiese existido, y prácticamente todos aquellos que vivían entre el subcontinente indio y el océano Atlántico alegaban descender de ese patriarca de Ur. Metafóricamente, los cristianos; literalmente, los musulmanes y los judíos. Los judíos tenían un documento para probarlo: la colección de textos judíos reunidos en la Torah que cuentan la historia de los descendientes de Abraham.

Unos mil trescientos años antes de Cristo, según esos registros, el hambre hizo emigrar a los judíos de Palestina a Egipto. Allí fueron recibidos como huéspedes por José –un judío, el primer ministro del farón egipcio- a quien en su juventud sus envidiosos hermanos habían abandonado en el desierto; pero, tras la muerte de José y la asunción de un nuevo faraón, los judíos fueron hechos esclavos y usados como mano de obra forzada para construir la residencia del farón Ramsés II. Moisés, el primero de los grandes profetas de Israel, los sacó de Egipto llevándolos al desierto. Allí, en el monte Sinaí, Dios le transmitió a Moisés sus mandamientos, grabados en tablas de piedra. Para guardarlas, los judíos hicieron un relicario que llamaron el Arca de la Alianza. Tras muchos años de errar por el desierto del Sinaí, llegaron a la tierra prometida de Canaan. Como castigo por una transgresión pasada, a Moisés sólo le fue permitido verla de lejos. Correspondió a su sucesor, Josué, reclamar el derecho inalienable de los judíos. Entre 1220 y el 1200 a. C., los judíos conquistaron Palestina. La lucha con los pobladores oriundos no fue justa: Dios estaba del lado de los judíos. Su victoria nunca fue absoluta; hubo guerras constantes con las tribus vecinas de los filisteos, moabitas, amonitas, amalecitas, idumeos y arameos; pero los judíos sobrevivieron por su destino singular, aunque aún indefinido.

El matrimonio entre Dios y su pueblo elegido no era fácil. Jehová era un Dios celoso, colérico cuando los judíos se volvían a otros dioses o quebrantaban el estricto código impuesto a su comportamiento: rituales exigentes y leyes precisas que siguieron a los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés en la cima del monte Sinaí. Los judíos, por su parte, eran volubles: se apartaban de Dios para venerar ídolos como el Becerro de Oro o dioses paganos como Astarté y Baal. Usaban a los profetas enviados por Dios para reprobarlos. Hasta sus reyes, ungidos de Dios, eran pecadores. Saúl desobedeció la orden de Dios de exterminar a los amalecitas, y David sedujo a Betsabé, la esposa de Urías el Heteo, e instruyó luego a Joab, el comandante de su ejército: “Poned a Urías al frente en donde esté los más recio del combate, y desamparadle para que sea herido y muera.”

Fue David quien, al final del primer milenio a. C., conquistó Jerusalén, bastión de los jebuseos. Al pie de la fortaleza, en el monte Moab, cerca del lugar elegido por Dios para el sacrificio de Isaac, había una era propiedad de un jebuseo, Ornán. Por orden de Dios, David la compró para emplazar allí un templo donde guardar el Arca de la Alianza. David acopió los materiales para el templo, que fue finalmente construido por su hijo Salomón alrededor del 950 a. C. (continuará)

miércoles, 27 de julio de 2011

Las conquistas de Aragón en el siglo XIII


Desde la encomienda de Barcelona queremos compartir con todos vosotros un texto escrito por el fallecido periodista D. Juan Antonio Cebrián, donde gracias a su libro “La Cruzada del Sur”, pone de manifiesto la importancia que tuvo la Reconquista en el influjo cristiano que acabaría dominando a toda Europa y por extensión al mundo “Occidental”.

Hoy trataremos las distintas conquistas que se produjeron en el siglo trece por parte del reino de Aragón, que acabaría extendiéndose por las costas mediterráneas.

Desde Temple Barcelona, deseamos que su contenido os sea instructivo.

Mapa de la extensión colonial que tuvo el reino de Aragón durante los siglos XIII y XIV.

Pedro II de Aragón había sido pieza fundamental en la victoria cristiana de las Navas de Tolosa. Su ejército, compuesto por 3.000 caballeros y varios miles de servidores, fue un eficaz ariete que desde el flanco izquierdo de la formación aliada había asestado mortíferos golpes al contingente almohade. La amistad entre el monarca aragonés y el castellano Alfonso VIII fructificó en varios actos de confianza mutua; lamentablemente, la inesperada muerte de Pedro II segó futuras empresas conjuntas de los dos reinos hispanos.

Todo sucedió en los territorios de la Occitania francesa. Nos encontramos en el verano de 1213, Languedoc es un territorio feudatario de la corona de Aragón donde ha crecido la religión cátara, considerada hereje por el papa Inocencio III quien, con la complicidad de los franceses, que ansiaban una expansión territorial a costa de esas provincias, proclama la Santa Cruzada contra los cátaros o albigenses.

En ese tiempo el rey francés Felipe Augusto se entretenía guerreando contra el eterno enemigo inglés; sin embargo, delegó en alguno de sus vasallos la posibilidad de tomar la Cruz contra los albigenses. De esa forma se cubrían dos frentes: el primero, la anexión del terreno occitano; y el segundo, obedecer el mandato papal.

El insigne caballero Simón de Montfort capitaneó el ataque contra los supuestos herejes y Pedro II de Aragón se vio obligado a defender los intereses de sus feudatarios.

En septiembre de 1213 los dos ejércitos midieron su fuerza en Muret, plaza cercana a Toulouse. La superioridad de los aragoneses y sus aliados quedó empañada por las excelentes dotes estratégicas de Simón de Montfort. Tras el choque de la caballería de unos y otros, la desgracia se cebó en el campo aragonés cuando el rey Pedro II cayó muerto a consecuencia de una terrible herida en el costado. El hecho sembró la confusión en su ejército que pronto se desmoronó, huyendo en desbandada. La refriega de Muret supone el fin de la influencia catalono-aragonesa en el sur de Francia y un período de incertidumbre para la corona de Aragón al quedar un niño de tan sólo cinco años como heredero al trono, bajo la tutela de Simón de Montfort.

De esa manera Jaime I, hijo de Pedro II, entraba en la historia. Pronto averiguaremos cómo ganó el sobrenombre de “el Conquistador”.

Nacido en Montpellier en 1208 tuvo pocos momentos de intimidad con su padre Pedro II. Tras la muerte de éste la protección del caballero Simón de Montfort se planteaba peligrosa para los intereses de Aragón; el propio papa Inocencio III medió para que la custodia del infante fuera entregada a los aragoneses que encomendaron la formación espiritual y guerrera de Jaime al gran maestre templario Guillén de Montredon, quien instaló al niño en el castillo de Monzón hasta que obtuvo la edad suficiente para asumir el trono del reino. Mientras tanto, gobernaba su tío, el infante don Sancho, quien en 1218 delegó el mando del reino a un consejo de notables aristocráticos. Jaime I obtuvo algunos años más tarde la mayoría de edad con una magnífica preparación para asumir la responsabilidad que le esperaba.

En 1228 las cortes aragonesas decidían una operación militar contra las islas Baleares, cuyo propósito era el de anexionarse aquel territorio musulmán tan cercano a las costas propias. La empresa se preparó con todo detalle. Por fin una enorme flota fue abastecida y equipada lanzándose al ataque en 1229. Durante tres meses la ciudad de Palma sufrió un intenso asedio por tierra y mar hasta su caída el 31 de diciembre de 1229; meses más tarde Menorca ofrecía vasallaje y en 1235 caía la pitiusa Ibiza. Las Baleares recibieron a un gran grupo de colonizadores catalanes que sirvieron para repoblar aquellas islas tan estratégicas, también se quedaron muchos de los antiguos pobladores musulmanes que en general obtuvieron buen trato.

La siguiente conquista aragonesa se fijó en el Levante hispano con el gran objetivo de tomar la importante plaza de Valencia. Las operaciones comenzaron en 1232 con fuerte oposición mahometana. Paso a paso, las tropas del joven Jaime I se abrieron camino, Valencia era tomada en 1238, pero el avance de los aragoneses se topó con el propio de los castellanos. Finalmente, gracias al Tratado de Almizra quedaron delimitadas las fronteras de actuación entre los dos reinos. Con ese acuerdo Aragón podía dar por finalizada la Reconquista contra los musulmanes, firmando el último capítulo con la toma de Alzira y Játiva en 1245. un gesto más del noble Jaime I fue el de conceder leyes propias a los territorios conquistados, con lo cual el reino de Aragón pasaba a ser una entidad política integrada por el reino de Mallorca, reino de Valencia, principado de Cataluña y el propio reino de Aragón.

También se encontró oportunidad para zanjar definitivamente el problema suscitado por el control de los territorios ultrapirenaicos perdidos en 1213 tras la derrota de Muret. En 1258 Aragón firmaba con Francia el Tratado de Corbeil por el que la corona aragonesa renunciaba a sus derechos sobre Occitania a cambio de que Francia hiciera lo propio con la Marca Hispánica. Lo único que quedó dependiente de Aragón fue el señoría de Montpellier, lugar natalicio del rey Jaime I.

En 1264 los mudéjares murcianos se sublevaron de forma muy airada. En esos momentos Castilla no ejercía suficiente control militar sobre el antiguo reino conquistado en 1246. Una vez más, el talante generoso y caballeresco del rey aragonés facilitó las cosas cuando sus tropas entraron en la zona sofocando la revuelta morisca. Fue un gesto que el rey Alfonso X agradeció profundamente.

Jaime I, acaso estimulado por los envites religiosos que sostenía el rey francés San Luis, quiso también probar fortuna en Tierra Santa. A tal efecto organizó una escuadra con la intención de crear un reino cristiano en Palestina, pero los elementos climatológicos desbarataron la Cruzada aragonesa, desarbolando buena parte de la flota en 1269.

Sintiéndose anciano quiso dejarlo todo para tomar los hábitos religiosos. Sin embargo, la enfermedad imposibilitó la consumación de su última voluntad. Falleció en 1276 repartiendo su reino entre sus hijos. El primogénito Pedro III se quedó con la corona de Aragón, reino de Valencia y principado de Cataluña, mientras que su otro vástago, Jaime II, heredaba el reino de Mallorca, los condados de Rosellón y Cerdeña, así como el señoría de Montpellier. Los sucesores de Jaime I: Pedro III el Grande (1276-1285), Alfonso III (1285-1291) y Jaime II (1291-1327), iniciaron una nueva política de expansión por el Mediterráneo. Sicilia, Córcega, Cerdeña y posteriormente Nápoles, ampliaron los dominios de un reino cada vez más hegemónico en Europa. A pesar de esto, los monarcas aragoneses no abandonaron sus intereses en la península Ibérica, entrando en coalición con los castellanos en la lucha común librada contra los musulmanes de Al-Andalus. Fue el caso de Jaime II ayudando a las tropas de Sancho IV en la toma de la importante Tarifa. A pesar de esto, Aragón, finalizando el siglo XIII, sólo se fijaba en el Mediterráneo con la ayuda de sus tropas almogávares y la eficacia de grandes almirantes como Roger de Lauria.

martes, 26 de julio de 2011

Padre Gabriele Amorth: una vida consagrada a la lucha contra Satanás


Desde la encomienda de Barcelona, recuperamos nuevamente el apartado dedicado a las experiencias de uno de los mayores exorcistas de la historia contemporánea. Se trata del padre Amorth, donde gracias a su libro “Memorie di un esorcista –la mia vita in lotta contro Satana-“.

Para ello hemos seleccionado unos textos del mencionado libro donde nos habla de que la fe en la bondad de Cristo y de la Señora de los Cielos es indispensable para derrotar a las fuerzas del mal.

Desde Temple Barcelona, deseamos que su lectura os sea propicia para la fe en Nuestro Señor Jesucristo.

Un cambio profundo

En estos veintitrés años, ¿cómo ha cambiado usted personalmente?

Indudablemente ser exorcista ha fomentado muchísimo mi fe y mi oración, las ha reforzado. Invité a un famoso exorcista a uno de nuestros congresos, cuando yo aún era presidente y los organizaba, y recuerdo que dijo: “A veces el demonio se divierte revelando los pecados del exorcista o de alguno de los presentes. Por tanto, como pueden imaginar, cuando practicaba exorcismos yo procuraba estar limpio, muy limpio”.

También recuerdo varios episodios que contó el padre Candido. Un día un sacerdote le dijo claramente que no creía en el demonio ni en los exorcismos. El padre Candido replicó: “Ven a verlo un día”. El padre me contó que este cura permaneció en pie, con las manos en los bolsillos. En la Escalera Santa los exorcismos se hacen en la sacristía y el cura estaba allí plantado, con aire más bien despectivo. De pronto, el demonio se dirigió a él y le dijo: “Tú no crees en mí, pero crees en las mujeres, vaya si crees en ellas”. Según me dijo el padre Candido, el cura retrocedió en dirección a la puerta, avergonzado, y salió de la sacristía.

Desde luego, practicar exorcismos ha reforzado mi fe, mi oración y también mi caridad. Fe, oración y caridad. Yo también procura estar limpio, para que ese señor no pueda reprocharme nada. Mientras el cardenal Poletti escribía el documento para otorgarme la facultad de exorcizar, yo le pedí a la Virgen: “Envuélveme en tu manto y protégeme, soy tuyo”. Me llamo Gabriele, mi patrón es el arcángel y siento gran devoción por mi ángel de la guarda. Ya ve, mis defensores son la Virgen, el arcángel Gabriel y mi ángel de la guarda. En varias ocasiones los demonios me han dicho: “A ti no podemos hacerte nada, porque estás muy bien protegido”.

Ahora me paso los días aquí dentro y también en otro lugar, porque aquí, en mi casa, me han prohibido practicar exorcismos: “No queremos oír gritos, ni que la gente se asuste”, dicen. Sigo trabajando mañana y tarde, pero aquí sólo trato a personas que no gritan ni se ponen furiosas, aunque siempre hago alguna excepción.

A algunos hay que atarlos

¿Y dónde trata los casos más graves?

Dos veces a la semana voy a una iglesia del centro de Roma, la iglesia (no es una parroquia) de la Inmaculada, en la calle Emanuele Filiberto. Por la mañana, después de la misa de ocho, cierran la iglesia y la abren a las cinco de la tarde. La lleva un cura muy amable; ahora está jubilado, pero fue un gran profesor de cristología en la Universidad Lateranense. Es autor de varios libros sobre Jesucristo y, además de tener una mente privilegiada, es muy generoso. Me da las llaves y me deja trabajar en su iglesia. Dos veces a la semana, los martes y los viernes, trato allí los casos graves. Tenemos preparada una capilla, cuerdas por si hay que atar a la persona y una butaca, porque algunos, aunque griten, no se ponen violentos y pueden estar sentados tranquilamente durante la oración de exorcismo.

También hay casos mucho más graves. Algunos tienen tanta fuerza que no podemos sujetarlos (mientras habla, la voz del padre Amorth se altera levemente, se vuelva más ronca); ni siquiera seis hombres pueden. Entonces hay que atarlos; sobre todo las piernas, los brazos no solemos inmovilizarlos. Pero esto ocurre pocas veces; en general, basta con sujetarlos fuerte. Hombres y mujeres laicos me ayudan a hacerlo y me acompañan con su oración personal. En primer lugar me ayudan con la oración y después materialmente. Hay muchos poseídos que babean y dos de mis ayudantes se ocupan específicamente de limpiar. Yo también lo hago; muchas veces practico exorcismos aquí, solo, y no me da ningún reparo ver a la gente vomitar.

Presencias indeseables e indeseadas

Como ya hemos dicho, las infestaciones son el nivel más bajo de acción extraordinaria del demonio; luego están las vejaciones y, por último, las terribles posesiones. Hábleme de las primeras.

Para referirme a las infestaciones debo hablar de mis experiencias con presencias demoníacas en varias casas. Aludiré a dos casos concretos.

Primer caso. Me llamaron para ir a una casa donde residía una pareja joven con una niña de un año. De noche oían ruidos en el armario, golpes contra las persianas, en los radiadores y electrodomésticos. Y lo más preocupante era la pequeña: todas las noches, a la misma hora, se despertaba sobresaltada y llorando. Estaba muy delgada y aún no había empezado a hablar.

Sus padres rezaban e iban regularmente a la iglesia. Dijeron algo que me hizo sospechar de sus parientes y les pregunté por ellos. Me respondieron que cada vez que las dos tías le hacían un regalo a su sobrina, los ruidos aumentaban. Ambas eran cartománticas. Intervine muchas veces, porque veía a la pequeña cada vez más deprimida; no dormía, comía poco, pasaba gran parte de la noche llorando, escondida bajo las mantas. Cuando bendecía la casa, los ruidos cesaban, pero sólo uno o dos días. Al fin decidí oficiar una misa en la casa, a la que también asistieron unas monjas amigas de la familia y varios miembros de los grupos de oración. Tras la misa eché agua bendita por toda la casa y, en nombre de Dios, le ordené al demonio que abandonara para siempre aquel lugar. Desde aquel día los ruidos desaparecieron, la niña se recuperó y todo volvió a la normalidad.

Segundo caso. Hacía un año que había muerto un hombre alejado de Dios, a quien nadie quería a causa de su maldad. Antes en aquella casa ya habían ocurrido hechos extraños: objetos de oro que ante la foto del hombre se volvían blancos, figuras de adorno que desaparecían. La mujer y las hijas me llamaron. Yo conocía al difunto y pensé que necesitaba indulgencias, de modo que encargué varias misas. Tras unos días de paz empezaron a suceder cosas más raras que antes.

Una de las hijas estaba casada y tenía una niña de dos años y medio. Todas la noches, a la misma hora, la pequeña se despertaba sobresaltada y gritando. A petición de la familia bendije la casa varias veces, pero la tranquilidad sólo duraba pocos días. Al fin decidí oficiar una santa misa de tarde e invité a parientes y vecinos. En primer lugar rezamos el rosario; durante la oración la niña se puso más nerviosa que nunca, empezó a saltar en la cama, a molestar a los presentes y enredar con las cuentas del rosario. Después también nos importunó al comienzo de la misa. Durante la lectura del Evangelio (elegí un pasaje en el que Jesús expulsa a un demonio) la pequeña se quedó quieta, de pie, y ya no se movió más. Tras la congregación eucarística la niña gritó: “Mamá, ¡la cosa fea se ha tirado por la ventana!”. Ésa fue la señal de que la casa se había liberado de la presencia demoníaca. Y por fin se reinstauró la paz.

lunes, 25 de julio de 2011

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro


Desde la encomienda de Barcelona en nuestro empeño de llevar el evangelio dominical a todos vosotros, lo hacemos con la intención de que entre todos podamos reflexionarlo, encontrándole el sentido necesario para afrontar nuestros quehaceres diarios.

Para ello hemos seleccionado de la página Catholic.net el evangelio de ayer domingo 24 de julio.

Desde Temple Barcelona deseamos que su lectura meditada os sea beneficiosa.

Autor: P. Francisco Javier Arriola, LC | Fuente: Catholic.net


Evangelio dominical del 24 de julio de 2011

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 44 – 52

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró. El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?». «Sí», le respondieron. Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».

Oración Introductoria

Señor mío y Dios mío, concédeme la gracia de encontrar el tesoro de tu Palabra para hacer crecer tu Reino en mi corazón. Vengo ante ti para mostrarte mi pobreza y para pedirte que concedas lo que más necesito para serte fiel, para amarte más y para llevarte a los demás. Concédeme una fe inquebrantable y una confianza que me haga esperarlo todo de ti, mi único Bien.

Petición

Jesus manso y humilde de Corazón, haz mi corazón semejante al tuyo. Haz que mis sentimientos sean los tuyos, que mis pensamientos sean los tuyos y que mi voluntad sea la tuya para agradarte a ti y edificar a los demás.

Meditación

Cada uno de nosotros somos un negociante de perlas finas. En la vida vamos buscando las más bellas y las mejores. Las buscamos en la felicidad, en nuestras relaciones con nuestros familiares y amigos, en el trabajo y también en el éxito de cada una de nuestras obras. Pero estas joyas carecen de valor cuando descubrimos que sólo una las supera en belleza y precio. Ese diamante precioso de valor incalculable será siempre Dios, que brilla en cada uno de sus lados: su Palabra en el Evangelio, su gracia, sus dones, sus virtudes, la vida eterna.

Si somos buenos comerciantes, seremos capaces de vender todo con tal de adquirir el campo donde hemos encontrado la joya que verdaderamente vale. Y en términos de inversiones, la herencia por la que hay que luchar en la vida es la eterna: ¡hay que invertir en el cielo! San Pablo nos dice que si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde no hay ni ladrones ni polilla que pueda corroer nuestro tesoro.

¿Cuáles son nuestras joyas? ¿Dónde está nuestro tesoro? ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Dónde queremos que esté? Puesto en lo que no pasará, porque no queremos cosas que perecen y se acaban. Deseamos llevarnos lo único que podemos tener después de la muerte: nuestras buenas obras y el amor con que hemos vivido y que hemos transmitido a los demás. Por este motivo, hay que escoger, como dice el pasaje del Evangelio, lo bueno y tirar lo malo. Hay que desechar de nuestra vida lo que no agrada a Dios, lo que hiere a las demás personas que nos rodean y guardar lo que realmente sirve, en el “cesto” que llevaremos con nosotros mismos y que presentaremos delante de Dios. ¿Ya está lleno o aún falta? Pues comencemos a trabajar por este Reino porque aún es tiempo de merecer.

Reflexión Apostólica

Cristo trata de ilustrar con ejemplos y escenas de la vida diaria lo que podría compararse con el Reino de los cielos al que Él se refiere. La gente de entonces lo entendía bien porque se dedicaban a esos menesteres. Hoy también entendemos los ejemplos de Jesús, pero el materialismo, el hedonismo y la falta de sentido no nos dejan aplicarnos a trabajar por este Reino de los cielos. Parece que entendemos mucho pero trabajamos poco.

Hay que trabajar para la eternidad. San Pablo dice que “quien sembrare en su carne, de la carne cosechará la corrupción; pero quien siembre en el Espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna” (Gal 6, 8). Este es el tesoro que todos buscamos: gozar de Dios en la felicidad eterna, pero que no acertamos a encontrarlo porque para poseerlo, primero hay que creer en él sin verlo. Quien encuentra el tesoro escondido, es capaz de dejarlo todo por conseguirlo; quien encuentra la perla fina, nunca la vuelve a dejar; quien ha obtenido el trabajo de una buena pesca, sabrá desechar lo malo y quedarse con lo bueno. Los santos han constatado que esto es real y verdadero. Si buscamos, hay que estar seguros de que encontraremos, porque el comenzar a buscar a Dios es haberlo encontrado ya (cfr. San Agustín).

Propósito

Al final del día haré un breve balance para ver en qué cosas he buscado a Dios y en cuáles me he buscado a mí mismo. De este modo presentaré a Dios lo las buenas obras y pediré perdón por las que le pudieron haber ofendido.

Diálogo con Cristo

Oh sacratísimo Corazón de Jesús que estás inflamado de amor por mí, concédeme abrirte mi corazón para que lo enciendas de amor por ti. Ayúdame, Señor, valorar mi vida de cara a la eternidad, para que así no pueda menos que trabajar por tu gloria y buscar las cosas del cielo, donde me tienes un lugar que me has ganado por tu pasión, muerte y resurrección. Quiero encontrarte, Señor, sé Tú mi tesoro por el cual venda todo mi pecado a cambio de tu gracia. Quiero poseerte, se Tú mi piedra preciosa, mi pesca milagrosa y el puerto seguro al que me lleve tu mano amorosa para gozar de ti por toda la eternidad.

viernes, 22 de julio de 2011

Estreno de la película “Templario”


Desde la encomienda de Barcelona queremos compartir con todos vosotros la película “Templario” que se estrenará en los cines españoles hoy viernes 22 de julio.

A continuación os aproximamos unas líneas sobre la película:

Sinopsis:

El próximo viernes 22 de julio, junto a otros estrenos como Los pingüinos del Sr. Popper y Paul, llega a los cines la película Templario (Ironclad en su versión original), un drama de acción y aventuras dirigido por Jonathan English.

Es el año 1215 cuando un 15 de julio el Rey Juan I de Inglaterra (a quien interpreta el actor comediante Paul Giamatti) es obligado a firmar la Carta Magna decretando la renuncia a su poder totalitario. Como forma de venganza, el Rey Juan reúne un ejército, idea un plan y arrasa con Inglaterra, matando a todo el que se interponga en su camino con el fin de restaurar su monarquía absoluta, dejando a Inglaterra al borde de una sangrienta guerra civil conocida como la Primera Guerra de los Barones.

Pero algo se interpondrá en sus planes de reconquista cuando un grupo de mercenarios de los cuales forma parte Beckett (Jason Flemyng) junto con un caballero templario, Marshall (James Purefoy) traumatizado por la culpa y el horror de sus acciones cuando formó parte de las cruzadas, que además de luchar contra el ataque del Rey Juan, deberá luchar con su creciente amor hacia la dama del castillo, Isabel (Kate Mara) la encantadora esposa de Reginald de Cornhill (Dereck Jacobi).

Disputa con los barones (Wikipedia)

Habiendo tenido éxito en sofocar el levantamiento galés de 1211 y cerrado su disputa con el papado, Juan llevó su atención a sus intereses de ultramar. Las guerras europeas culminaron en la derrota de la Batalla de Bouvines, lo que forzó al rey a aceptar un acuerdo de paz desfavorable con Francia.

Esto finalmente volvió a los barones en su contra (algunos ya se habían rebelado después de su excomunión) y se reunieron con sus líderes en Runnymede, cerca de Londres, el 15 de junio de 1215, para sellar la Carta Magna. Debido a que había sido firmada por coacción, sin embargo, Juan recibió la aprobación de su señor el Papa para romper su palabra tan pronto como las hostilidades cesaran, provocando la primera guerra de los barones e invitando a la invasión francesa del príncipe Luis VIII de Francia, a quien la mayoría de los barones ingleses había invitado a reemplazar a Juan en el trono. Juan viajó por el país para oponerse a las fuerzas rebeldes, incluyendo un asalto personal de dos meses al Castillo de Rochester.

En definitiva, recomendamos desde Temple Barcelona esta película histórica, donde su director Jonathan English, ochocientos años después de aquellos sucesos, ha querido que los protagonistas del film, además del rey Juan también tenga la presencia destacada de la Orden del Temple.

Trailer de la película:

Nota: Le aconsejamos que antes de reproducir el trailer, pause la música.

jueves, 21 de julio de 2011

La guerra santa en la península Ibérica


Desde la encomienda de Barcelona hemos querido compartir con todos vosotros la importancia que tuvo la Orden del Temple en la guerra santa que se libró durante siglos en la península Ibérica.

Para ello hemos seleccionado un texto de la historiadora y especialista en la Orden del Temple, Mrs. Helen Nicholson de su libro “The Knights Templar”, donde gracias a una lectura sintetizada, nos explica algunos detalles que nos sirven de ayuda, a la hora de esclarecer un poco más lo que fue la “Reconquista”.

Desde Temple Barcelona, deseamos que disfrutéis de su lectura.

Al mismo tiempo que se dedicaba a la defensa de los peregrinos y a librar batallas contra los enemigos de la Cristiandad católica en Oriente Medio, la Orden del Temple también empezaba a verse envuelta en guerras santas en otras fronteras de Europa. En la península Ibérica y en el este de Europa participó en unas guerras santas contra los no cristianos y en la expansión económica de esos territorios. En ese sentido cabe preguntarse si actuó como una orden religiosa de la Iglesia católica que sólo debían rendir cuentas al papado, o si sus funciones fueron las de una especie de milicia al servicio de reyes u obispos, utilizada para cumplir los objetivos –que podían ser religiosos o territoriales- de las autoridades seculares o los príncipes de la Iglesia. El hecho de que los templarios colaboraran con frecuencia con las órdenes militares locales, aunque también suponía ciertos inconvenientes.

La orden fue muy utilizada en la península Ibérica desde los primeros años de su existencia; en Europa oriental no empezó a ser empleada hasta el siglo XIII, y de una forma mucho más limitada.

La península Ibérica había formado parte del Imperio Romano y fue convertida al cristianismo en el siglo IV. A comienzos del siglo V fue conquistada por un pueblo cristiano, los visigodos. Tras la batalla de Guadalete en 711, los musulmanes conquistaron la mayor parte de la península Ibérica, aunque nunca consiguieron ocupar los territorios del norte. Los príncipes cristianos del norte peninsular y los musulmanes desarrollaron diversos medios de coexistencia: por ejemplo, establecían pactos entre ellos en virtud de los cuales se pagaban unos tributos llamados parias a cambio de mantener la alianza y no ser atacados. El historiador Angus Mackay ha denominado acertadamente este sistema el “negocio de la protección”. La situación era parecida a la de Tierra Santa durante los siglos XII y XIII, en la que los señores cristianos latinos se aliaban con los príncipes musulmanes en beneficio mutuo. Al igual que en Tierra Santa, los príncipes cristianos de España también establecieron alianzas con los musulmanes en contra de otros cristianos.

Se dio un alto grado de cooperación entre cristianos y musulmanes dentro de sus respectivas sociedades. En la España musulmana sin haberse convertido al Islam; esos cristianos recibían el nombre de mozárabes. En la España cristiana, cuando los musulmanes eran derrotados, se les permitía conservar su religión y sus mezquitas. Los conquistadores cristianos lo hacían porque, al igual que ocurría en los estados cruzados, no había suficientes cristianos para repoblar el territorio reconquistado.

Pese al negocio de la protección, la tolerancia y las alianzas, los príncipes cristianos del norte se mostraron firmemente determinados a avanzar hacia el sur y ocupar los territorios que los musulmanes no habían colonizado adecuadamente. Aunque presentaban esos avances ante sus súbditos y ante los cristianos como una expansión religiosa a un territorio que pertenecía a la Cristiandad por propio derecho (de ahí el término “reconquista”), también pretendían ganar más territorios y riquezas. Fueron varios los factores que permitieron a los príncipes cristianos expandir sus territorios con mayor rapidez.

Como en Oriente, el factor más importante fue la división existente entre los propios musulmanes. Desde 756 la península Ibérica fue independiente del resto del Islam, y en 929 tuvo a su propio califa o líder religioso. Pero a finales del siglo X el poder del califa empezó a derrumbarse, y a partir de 1031 ya no hubo más califas en la península Ibérica. Los territorios musulmanes se dividieron en reinos de taifas, o “estados facciosos”, identificados con distintos grupos étnicos, como los bereberes en la costa sur peninsular. Eran reinos rivales, y no había un frente unido contra el ataque cristiano.

Este vacío de poder atrajo a los príncipes cristianos del norte. En el siglo XI los principales reinos de la península eran León, Castilla y Aragón; además estaban los condados de Portugal y Barcelona. En 1085 Alfonso VI de León y Castilla (muerto en 1109) tomó Toledo, la antigua capital de los visigodos antes de la invasión musulmana. Este hecho supuso un gran golpe de efecto, pues Alfonso pudo declarar que estaba restaurando el imperio visigodo, proclamándose verdadero soberano de toda la península Ibérica, al igual que lo habían sido los reyes visigodos. La conquista redundó en beneficio del prestigio de Castilla porque Toledo poseía una gran biblioteca, y los monarcas de este reino se convirtieron en afamados protectores del saber.

El apoyo del papado también aceleró la “reconquista”, pues los pontífices colaboraron en el reclutamiento de soldados para las campañas en tierras españolas. Ha llegado a nuestras manos una carta del papa Alejandro II (1061-1073) en la que se declara que quienes tengan la intención de ir a combatir en España deberán confesar sus pecados, pero no tendrán que cumplir ninguna penitencia porque su viaje a la península Ibérica será su propia penitencia porque su viaje a la península Ibérica será su propia penitencia. El pontífice ofrece a los guerreros que vayan a España unos incentivos similares a los que más tarde serían propuestos a los cruzados, aunque no asegura la remisión total de los pecados. A la península Ibérica llegarían guerreros de Normandía, Aquitania, Borgoña y otros lugares de Francia.

Después de la primera cruzada, el sumo pontífice reconoció la guerra contra el musulmán en España como una cruzada. Los reyes de la península Ibérica se quejaron ante el pontífice de que sus hombres querían ir a las cruzadas de Tierra Santa, pero que los necesitaban en la frontera ibérica para combatir a los moros. En 1100 y 1101, el papa Pascual II (1099-1118) prohibió a los caballeros españoles marchar a las cruzadas mientras los moros siguieran siendo un peligro en la península Ibérica. Declaró asimismo que todo aquel que fuera en una cruzada contra los moros obtendría la misma remisión de los pecados que los que iban o acudían a Jerusalén. Durante las primeras décadas del siglo XII la frontera española pasó a ser reconocida por todos los cristianos de la península Ibérica y del resto de Europa occidental como un escenario de cruzadas.

Sin embargo, los musulmanes de la península no eran una fuerza agónica. Tras la pérdida de Toledo en 1085, el rey moro de Sevilla solicitó la ayuda de los almorávides del norte de África. Los almorávides se adueñaron de la España musulmana, derrotaron a los cristianos y detuvieron durante un tiempo el avance de éstos hacia el sur peninsular. También consiguieron imponer cierta unidad entre los moros de la península. Pero en la década de 1140 empezaron a perder el control, y la España musulmana comenzó a fragmentarse de nuevo. En tiempos de la segunda cruzada se pusieron también en marcha expediciones contra los moros de la península Ibérica apoyadas por los cruzados de fuera de España. Fueron reconquistados algunos territorios, destacando la toma de Lisboa en el oeste y la de Tortosa en el este. A finales del siglo XII, los almohades entraron en España desde el norte de África y volvieron a imponer la unidad entre los moros de la península, obligando a los cristianos a tomar posiciones defensivas.

El punto de inflexión se produjo en 1212, cuando las fuerzas musulmanas fueron derrotadas en la batalla de las Navas de Tolosa por un ejército formado por los distintos cristianos de la península. Los musulmanes perdieron el control de España; y los monarcas cristianos empezaron a avanzar hacia el sur con suma rapidez. En 1300 habían ocupado toda la península Ibérica a excepción del reino de Granada, que siguió siendo independiente hasta su conquista por parte de Fernando e Isabel de Aragón y Castilla en 1492.