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miércoles, 31 de octubre de 2012

Los templarios y la Sábana Santa


  

Ecce homo!(III)

Desde la encomienda de Barcelona, seguimos con la segunda parte del capítulo ‘Et habitavit in nobis’ creado para concienciarnos de la gran repercusión que tuvo el ‘mandylion’ para los ciudadanos de Bizancio. Para avanzar un poco más en el tema, hemos extraído un nuevo texto escrito por la paleógrafa italiana Barbara Frale, de su libro “I templari e la sindone di Cristo”, donde nos acerca la reliquia cristiana, para contemplar su enorme atractivo que ésta radiaba a los feligreses.

Desde Temple Barcelona esperamos que el capítulo haya sido de vuestro agrado.

6. Et habitavit in nobis – Y habitó entre nosotros- IIª parte

En marzo del año 843, la emperatriz Teodora, viuda de un marido que había vuelto a perseguir a las adoradores de imágenes, asumió una decisión completamente distinta e instituyó una ceremonia solemne, la fiesta de la Ortodoxia, destinada a recordar para siempre la victoria de los iconos santos. En el 943, primer centenario de la fiesta, el emperador Romano I resolvió solemnizar el acontecimiento llevando a la capital la más famosa y venerada de las imágenes de Cristo, la que se guardaba en Edesa, y confió la misión de recuperarla al mejor de sus generales, Juan Curcuas. La ciudad se hallaba entonces bajo dominio árabe y el general Curcuas se vio obligado a negociar la cesión del mandylion: a cambio de este objeto único, el emperador bizantino dejó en libertad 200 prisioneros islámicos de elevado rango, pagó 12.000 coronas de oro y además concedió a la ciudad una garantía de inmunidad perpetua. Tras examinarla detenidamente, porque los árabes habían tratado de endilgar al general una copia falsa, la famosa imagen fue conducida a Constantinopla con una memorable procesión el día 15 de agosto, fiesta de la Dormición de María, y colocada en la iglesia de Blanquernas, dedicada a la Virgen; al día siguiente se la trasladó a una nave imperial con la que recorrió la ciudad, para ser luego colocada en la capilla imperial de Faro; este oratorio inaccesible era un monumental relicario donde desde hacía siglos los emperadores reunían testimonios más valiosos de la vida de Cristo, la Virgen y los santos. Según distintos visitantes medievales a los que se les permitió contemplarlo, estaban allí todos los objetos de la Pasión, desde el pan consagrado de la Última Cena hasta la esponja con la que habían dado vinagre a Jesús, aparte de una cantidad de recuerdos importantes; todo aquello era el fruto de una secular y minuciosa campaña de búsqueda a la que ya había dado comienzo Elena, la madre de Constantino. El motivo de esta paciente, continuada y costosísima operación es muy simple: puesto que en un determinado momento de la historia el contacto con Tierra Santa se había vuelto difícil, urgía encontrar el modo de mantener al menos una relación física y concreta con los testimonios de la vida de Cristo. En el curso de apenas cuatro años (636-640), los árabes, comandados por el califa Omar, despojaron a los emperadores bizantinos de gran parte de Asia Menor, comprendida la región de Siria-Palestina; a partir de ese momento las visitas al Santo Sepulcro y a los otros Santos Lugares fueron posibles gracias a acuerdos diplomáticos especiales entre la corte de Constantinopla y los nuevos señores islámicos, pero, a pesar de todo, no se consiguió evitar que la propia basílica de la Resurrección, donde se hallaba el Sepulcro, sufriera verdaderas devastaciones. Por eso se estudió la manera de trasladar a la capital bizantina todo lo que fuera posible transportar en relación con la vida de Jesús, a fin de crear en las márgenes del Bósforo una segunda Jerusalén que contuviera todos los testimonios fundamentales. En 1201, el guardián imperial de las reliquias, Nikolaos Mesarites, tuvo que defender el gran sagrario bizantino del riesgo de saqueo, porque una revolución palaciega trataba de hacerse con el poder; logró calmar los ánimos de los revoltosos demostrándoles que aquella capilla era un lugar absolutamente sagrado, una nueva Tierra Santa que era menester honrar y respetar por encima de las cuestiones políticas:

‘Este templo, este lugar es un nuevo Sinaí, es Belén, el Jordán, Jerusalén, Nazaret, Betania, Galilea, Tiberíades; es el cuenco, la Cena, el monte Tabor, el pretorio de Pilato, el lugar del Cráneo, que en hebreo se dice Gólgota. Aquí nació Cristo, aquí fue bautizado, aquí caminó sobre las aguas y sobre la tierra, aquí realizó milagros prodigiosos y se humilló lavando los pies […]. Aquí fue crucificado, y quien tenga ojos podrá ver el apoyo donde descansaron sus pies. Aquí también fue sepultado, de lo que hasta hoy da testimonio la piedra rotulada sobre la tumba. Aquí resucitó, y así lo demuestran el sudario y los tejidos sepulcrales’.

Después del traslado a la capital, el mandylion permaneció en Constantinopla y muy pronto se convirtió en el símbolo mismo de la ciudad, una especie de sumo protector, que lucía también en los estandartes del ejército; la mentalidad religiosa bizantina lo identificó con la Eucaristía, o el Cuerpo de Cristo, y lo reprodujo en una incalculable cantidad de copias. A partir de entonces, el mundo bizantino desarrolló una verdadera pasión por las características físicas de Jesús; era un poco como querer reaccionar a siglos de una cultura que por muchos motivos las había ignorado, cuando no directamente negado. Gracias al estudio de las reliquias lograban captar su altura: fuera de la basílica de Santa Sofía se  había erigido una reproducción de la cruz en tamaño natural, llamada “cruz de la medida” (crux mensuralis), que permitía a todos contemplarlo en su verdadera talla.

La colección imperial de Faro se llenó de testimonios de todo tipo, incluidos algunos (como los pañales del Niño o la leche de la Virgen) que hoy hacen sonreír; sin embargo, esto no debe hacernos olvidar el enorme valor histórico de su presencia: quienes los buscaban y los apreciaban no eran por cierto campesinos ignorantes, sino los intelectuales más importantes de la época. Al redescubrimiento de esta dimensión humana de Jesús, que durante tanto tiempo el mundo cristiano de Oriente había ignorado, se unía la experiencia de una profunda conmoción. En el fondo, la novedad absoluta del cristianismo residía en el hecho de que Dios se había puesto a caminar entre la gente: el texto griego del Evangelio de Juan dice literalmente: “La Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros”. Contemplar los pañales del Niño era recordar que el Cristo había sido un recién nacido como todos los demás, y María, a quien los bizantinos llamaban Madre de Dios, lo había cuidado con ternura, lo mismo que hacen las otras madres con sus hijos. Determinados objetos mostraban que Dios considera al hombre su prójimo y que está a su alcance; y los relacionamos con la Pasión decían también otra cosa: que seguramente en el enfermo, en el moribundo, en la persona abrumada por el sufrimiento, en los rostros de todos aquellos que durante las adversidades de la vida se superponen al rostro irreconocible de Cristo, hay algo de divino.

El traslado del mandylion a la capital fue un acontecimiento memorable, con ocasión del cual se produjeron muchos escritos. El estudio de estas fuentes demuestra que son especialmente interesantes: en efecto, la descripción de mandylion y de su historia tal como se la relataba en la época de Constantino VII no coincide del todo con lo que se sabía a partir de las fuentes más antiguas. Hacen aquí aparición cosas distintas, detalles que parecen puestos adrede para “actualizar” la leyenda a la luz de una nueva y desconcertante verdad. 

martes, 30 de octubre de 2012

Los templarios y la Sábana Santa



Ecce homo!(III)

Desde la encomienda de Barcelona, volvemos a retomar el apartado dedicado a conocer mejor el posible papel que tuvo el ídolo de los templarios en sus vidas. ¿Pero de qué objeto estamos hablando cuando nos referimos al bafomet? Para comprenderlo mejor, hemos extraído unas líneas escritas por la paleógrafa italiana Barbara Frale, de su libro “I templari e la sindone di Cristo”, donde nos indica algunas de las tradiciones y doctrinas aprobadas en el Concilio de Nicea.

Desde Temple Barcelona os animamos a que leáis este elaborado capítulo..

6. Et habitavit in nobis – Y habitó entre nosotros- Iª parte

A comienzos de siglo VIII, la línea teológica que exaltaba el valor espiritual de los iconos encontró un denodado defensor en el monje Teodoro, abad del monasterio de Studion, en Constantinopla, uno de los centros más brillantes de la cultura bizantina. Teodoro el Estudita supo luchar tanto en el terreno conceptual como en el político para reivindicar la necesidad de venerar las imágenes: si el hombre había sido creado a imagen de Dios, no cabía duda de que el arte de producir imágenes sagradas encerraba algo de divino. Con increíble visión de futuro supo poner de relieve un concepto de validez intertemporal: prohibir el culto de las imágenes puede ser muy peligroso porque prepara el terreno para el crecimiento de la herejía. Al rechazar las imágenes en nombre de una religión constituida únicamente por ideas, conceptos mentales, se impide que el fiel entre en contacto con el aspecto humano de Jesús, lo cual lo expone al peligro, siempre al acecho, de creer que Jesucristo no es más que un ente espiritual, un símbolo del contacto posible entre el hombre y Dios. Pero Jesús también era una persona concreta de carne y hueso, y precisamente sus sufrimientos humanos son los que han procurado la redención a los otros hombres: “Como hombre perfecto que fue, no sólo se puede, sino que se debe representar y venerar a Cristo en imágenes; si se niega esto, queda prácticamente destruida toda la economía de la salvación”.

El pensamiento de Teodoro se impuso en el gran Il Concilio de Nicea del año 787. La discusión se centró justamente en el mandylion, la imagen más antigua y venerada de Cristo. El término que se usó para referirse a él es “impronta” (character), el mismo que se usaba para la acuñación de monedas; la palabra designa la imagen en negativo que deja el contacto de un objeto en positivo. El concilio de Nicea dedicó mucho cuidado a la precisa regulación del papel de las imágenes en la vida de la Iglesia, para que su culto no desembocara en el pecado de idolatría: se especificaba que estaba prohibido adorarlas, porque la adoración está reservada exclusivamente a Dios, y se recomendaba una veneración equilibrada al respecto. Se afirmó que Dios no es una cuestión de imagen, pues la fe nace de la Escritura, que es la Palabra de Dios, y nadie debe sentirse con la conciencia tranquila por el mero hecho de ser muy devoto de una imagen sagrada, sea cual fuese. Las representaciones sagradas cumplen en esencia una función didáctica y pedagógica, útil para hacer de alguna manera accesibles los dogmas a la mayoría de los fieles que carecen de suficientes recursos culturales; además, pertenecen a la tradición del cristianismo, que es por sí misma venerable y receptáculo de la verdad. Por todas estas razones se definió con toda precisión el tipo de liturgia que era menester seguir cuando se veneraban los iconos santos, que no era otro que el que se utilizaba para las reliquias: se basaba en el beso, el encendido d eluces y la proskìnesis, o sea, el acto de arrodillarse con la frente en contacto con el suelo, que es el modo de rezar que todavía hoy practican los musulmanes. Así era como los cristianos de Tierra Santa adoraban la reliquia de la Vera Cruz, y los mismo hacían los templarios con su “ídolo”, prosternándose con la cara contra el suelo: sin duda, en la Europa de comienzos del siglo XIV, semejante práctica debía de dejar perplejos a sus espectadores.

El resultado del Concilio de Nicea fue la teología de los iconos, vigente y muy estimada aún hoy: el icono no es un simple retrato de Jesús o de otros personajes de la historia sagrada, sino más bien un lugar del Espíritu, un santuario en sí mismo, en cuya proximidad el fiel pone en cierto sentido un pie en la dimensión divina; contemplando el icono se comunica con Dios. Sólo algunas personas están capacitadas para pintar iconos y deben someterse a un ritual antiquísimo, marcado por reglas férreas, puesto que el resultado debe ser fiel a los modelos sancionados por la tradición. Todo comienza con un período de ayuno y purificación espiritual que el pintor está obligado a respetar antes de ponerse manos a la obra, y termina con el agregado del texto, que debe hacerse en lengua litúrgica. El texto confirma definitivamente la fidelidad de retrato a su original y declara que todo lo que se ve con los ojos humanos está en realidad presente en la liturgia celestial y participa de ella. Naturalmente, las fórmulas que figuran en los iconos estaban sometidas a reglas completamente fijas, establecidas por la doctrina de la Iglesia. Algunas eran intocables: ningún pintor tenía atribuciones para modificarlas, a menos que fuera con el consentimiento de un obispo o un patriarca, porque habían sido estudiadas para que expresaran de manera sintética ciertos dogmas indiscutibles de la religión. La primera y tal vez la más antigua es la abreviada en la fórmula IC-XC, que se refiere a la imagen de Jesús y está formada por la primera y la última letra de las dos palabras griegas IHCOGC XPICTOC, “Jesús Cristo”, y que aparece ya en los iconos del siglo X y constituye en sí misma toda una profesión de fe: que Jesús fuera el Hijo de Dios, el Mesías (en griego precisamente christòs) esperando durante siglos por el pueblo de Israel, constituía la verdad primera, esencial e intocable del cristianismo, la base misma sobre la cual se había construido la Iglesia.

Tal vez la segunda fórmula en antigüedad y difusión sea la que acompañaba la imagen de María. MP-QG, abreviatura de MHTHP QEOG, Madre de Dios”, y, naturalmente, era también la codificación de un dogma en forma simple. Tenía su origen en el concilio de Éfeso del año 431, durante cuyas sesiones se produjera una furiosa discusión precisamente porque se había puesto en tela de juicio este título, surgido espontáneamente entre la gente y utilizado desde hacía mucho tiempo. El obispo Nestorio, que desempeñaba el importante cargo de patriarca de Constantinopla, quería cambiar theotòkos (“Madre de Dios”), título que se daba a María, por christotòkos, es decir, “Madre de Cristo”. A su juicio, en efecto, la Virgen había engendrado la naturaleza humana de Jesús, pero no era posible que la joven, ella misma una criatura, diera a luz también la naturaleza divina de Jesús, es decir el Logos, inconmensurablemente superior a ella.

La propuesta de Nestorio no gustó nada a ciertos teólogos como San Cirilo, obispo de Alejandría, porque en la práctica buscaba romper en dos partes la unidad de la persona de Jesucristo (una más débil y otra perfecta). Menos aún gustó a la gente común: de acuerdo con la tradición, era precisamente a Éfeso adonde el apóstol Juan había conducido a María, cuyo cuidado le había encomendado Jesús moribundo. El pueblo estaba habituado desde hacía mucho tiempo a venerarla como Madre de Dios: no comprendía ni quería comprender aquellos abstrusos razonamientos. La propuesta de sustituir “Madre de Dios” por “Madre de Cristo” como título de la Virgen fue combatida con la excomunión; la ciudad fue iluminada como para una fiesta, los obispos que habían defendido el título tradicional de theotòkos fueron acompañados a sus residencias por un cortejo solemne, con antorchas y humo de incienso como si fueran ellos mismos imágenes de santos.

En cambio, la fórmula Jesucristo (en griego Ièsus Christòs) nunca fue puesta en discusión, porque era demasiado antigua, viva y central. Según los evangelios, se remontaba a la predicación misma de Jesús: un día el Nazareno había preguntado a los discípulos: “¿Qué dice la gente que soy?”. Pedro le había respondido: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Era aquélla la primera profesión de fe de los cristianos, muy sintética, pero completa. En el círculo de los primeros cristianos, que, en jerga profesional, los exégetas y los teólogos llaman hoy “Iglesia pospascual”, muy poco tiempo después de la muerte y de los acontecimientos que a ésta sucedieron, las palabras Jesús (un nombre muy común de varón) y Cristo (un adjetivo sagrado) se hacían indisolubles, una sola y la misma cosa.

lunes, 29 de octubre de 2012

Evangelio dominical: “Tu fe te ha salvado”




Desde la encomienda de Barcelona queremos compartir con todos vosotros, como viene siendo costumbre, el evangelio de ayer domingo 28 de octubre. Esta vez el evangelista Marcos nos habla sobre el ciego que desea ver.

Desde Temple Barcelona os invitamos a que meditéis en privado este sagrado texto.

‘Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. 
Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!". 
Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: "¡Hijo de David, ten piedad de mí!". 
Jesús se detuvo y dijo: "Llámenlo". Entonces llamaron al ciego y le dijeron: "¡Ánimo, levántate! Él te llama". 
Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. 
Jesús le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?". El le respondió: "Maestro, que yo pueda ver". 
Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.’ (Mc 10, 46-52)

Reflexión:

Como bien sabéis existe un dicho que dice: “no hay más ciego que el que no quiere ver”, pues bien, el mendigo ciego que se acerca a Jesús pidiéndole que pudiese ver lo hace con el deseo de que el “Hijo de David” se apiade y lo libere de la oscuridad. Esto podría parecernos un acto de egoísmo, pero no fue así, porque en agradecimiento a su curación, el hijo de Timeo –Bartimeo-, continúo la senda del Maestro para buscar la luz. Luz que antes que Jesús le sanase, no hubiera podido contemplar.

Plegaria:

¡Señor! De igual forma que te apiadaste del hijo de Timeo –Bartimeo-, te pedimos que con tu misericordia nos liberes de la ceguera que no nos deja ver lo que realmente es importante. Ayúdanos a sentir tu Palabra y que ésta la podamos transformar en buenas acciones que sirvan para ayudar a los que más lo necesitan.

viernes, 26 de octubre de 2012

Conociendo a Jesucristo: Cristianos Judíos y Gentiles




Desde la encomienda de Barcelona, deseamos compartir con todos vosotros el apartado dedicado a entender de forma amena la vida de Nuestro Señor Jesucristo y su legado doctrinario. Por ello, os reflejamos los textos del teólogo protestante J.R. Porter, donde hemos recogido un capítulo de su obra “Jesus Christ”, el cual intenta identificar e indicarnos qué aspectos son diferentes en el mensaje cristiano a los judíos y a los gentiles.

Desde Temple Barcelona os encomendamos encarecidamente su lectura.

Fotografía de la antigua Pella, hoy Jordania, donde se cree que los cristianos judíos se trasladaron tras la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C.

El cristianismo empezó como un movimiento entre las muchas corrientes existentes en el judaísmo del silgo I. Los primeros cristinos acudían regularmente a los servicios del Templo (Act 2, 45) y algunos fariseos que se unieron a la Iglesia continuaron observando las normas de la ley judía (Act 15, 5). Los primeros sermones de Pedro iban dirigidos a los judíos (Act 2, 14; 3, 12). Lo que distinguía a los cristianos del resto de judíos era su convicción de que Jesús era el Mesías esperado (Act 2, 36; 3, 20) y que había cumplido las profecías mesiánicas dirigidas a Israel en las Escrituras hebreas (Act 3, 22-26).

Dentro de la comunidad cristiana, la Iglesia de Jerusalén –liderada por Jacobo, el hermano de Jesús- gozaba de especial preeminencia y autoridad. Pero pronto aparecieron tensiones, y emergió un grupo distinto de “helenistas” (Act 6, 1), cristianos que hablaban griego y que probablemente empezaron como miembros de una sinagoga para judíos de la diáspora (Act 6, 9). Un miembro de este grupo, Esteban, fue ejecutado por lapidación por hablar en contra del Templo y de la ley judía (Act 6, 14; 7, 44-50), y su punto de vista provocó una oleada de persecuciones por parte de las autoridades del Templo. Al parecer, éstas afectaron sólo a los helenistas, a los cuales se expulsó de Jerusalén. Parece ser que no se molestó a los apóstoles ni a otros cristianos de habla aramea (Act 8, 1), presumiblemente porque se les seguía considerando dentro del judaísmo.

La dispersión de los helenistas llevó la misión cristiana más allá de las fronteras de Israel, y empezó con la prédica de Felipe a los samaritanos (Act 8, 4). Pero la verdadera crisis se produjo por la extensa y exitosa evangelización de gentiles a manos de Pablo, el cual empezó como fariseo (Act 23, 6, 26, 5) y un celoso perseguidor de los cristianos (Act 8, 1-3). Pablo sostenía que sus nuevos conversos no tenían por qué observar toda la ley judía –especialmente en lo referente a la circuncisión- y su doctrina de la salvación universal a través de la muerte y resurrección de Jesús representó un desarrollo marcadamente nuevo del evangelio cristiano.

El Nuevo Testamento indica que la escisión entre cristianos judíos y cristianos gentiles, como defendía Pablo, quedó formalizada por un pacto por el que la Iglesia de Jerusalén tomaba la responsabilidad de evangelizar a los judíos, mientras que Pablo se encargaba de convertir a los gentiles (Gál 2, 9). Bajo este acuerdo, según los Hechos de los Apóstoles 15, los gentiles conversos debían obedecer sólo las “leyes noeidas”, los siete mandamientos básicos que se dice que Dios dio a Noé después del diluvio. Los judíos debían obedecer la totalidad de la Torá.

Los entendidos no se ponen de acuerdo sobre si esta división era real. En cualquier caso, no está clara la cuestión de la relación entre los cristianos judíos y gentiles. Incluso dentro de la Iglesia de Jerusalén, algunos miembros estaban preparados para comprometerse, mientras que otros insistían en que los gentiles “es menester circuncidarlos y mandarles que guarden la ley de Moisés” (Act 15, 5). El eventual dominio de los cristianos gentiles –y esto no debe considerarse simplemente como un sinónimo para las enseñanzas de Pablo- fue básicamente el resultado de factores externos más que de las luchas internas. El movimiento cristiano, como un todo, preservó en sus escritos, varios textos con un claro carácter judeocristiano, como el Evangelio según Mateo, la epístola de Santiago y el Apocalipsis.

Sectas cristianojudías

La destrucción de Jerusalén por parte de los romanos en el año 70 d.C., fue la principal causa del declive del cristianismo judío y determinó que, en adelante, la Iglesia quedara predominantemente en manos de los gentiles. Una fuente recoge el hecho de que los cristianos de Jerusalén emigraron a Pella, en Transjordania, y a partir de entonces el cristianismo judío quedó cada vez más marginal y fragmentado. Varias sectas sobrevivieron como mínimo hasta el año 300 d.C. en diferentes partes de Oriente Próximo. Lo poco que se sabe de ellas proviene de referencias en las obras de los Padres de la Iglesia. En ocasiones se remiten a los evangelios judeocristianos, muchos de los cuales se basaban en el Evangelio según Mateo, el más “judío” de los evangelios canónicos. Los padres de la Iglesia consideraban a la mayor parte de estos grupos como herejes, de manera que su información no siempre es completamente fiable. Pero coinciden en una imagen razonable de tres grupos.

El grupo judeocristiano más conocido, los ebionitas, vivía en Transjordania, y su nombre probablemente significa “los pobres”. Su evangelio griego era una revisión del evangelio de Mateo, pero omitía los relatos de la Natividad y la infancia porque los ebionitas rechazaban el nacimiento virginal. Eran “adopcionistas” y creían que Jesús se convirtió en el Mesías y el Hijo de Dios sólo en el momento en que el Espíritu Santo penetró en él durante su bautismo.

El grupo que creó el evangelio de los hebreos parece haberse originado en Egipto a principios del siglo II. El evangelio que les caracteriza reproduce ideas gnósticas y su núcleo es el Espíritu Santo, una figura femenina como la Sofía gnóstica (“Sabiduría”). De nuevo, el bautismo es el momento clave de la vida de Jesús.

Los nazarenos, con sede en Aleppo, Siria, no eran considerados herejes. Su evangelio, escrito en arameo en el siglo II d.C., también se basaba en el Evangelio según Mateo.

jueves, 25 de octubre de 2012

Templarios en las tierras del río Ebro: Mora d’Ebre




Desde la encomienda de Barcelona volvemos a escribir sobre los enclaves que la Orden del Temple construyó al paso del río Ebro. Para ello hemos extraído un nuevo texto del escritor y periodista granadino, residente en la localidad de Santa Perpètua de Mogoda, D. Jesús Ávila Granados, de su obra “Templarios en las Tierras del Ebro”. Esta vez nos trasladamos al municipio tarraconense de Mora de Ebro, donde podremos contemplar su castillo.

Desde Temple Barcelona os volvemos a invitar a recorrer estos maravillosos parajes catalanes del antiguo Reino de Aragón.

Fotografía del castillo de Móra d’Ebre

Móra d’Ebre, Ribera d’Ebre, Tarragona

Móra d’Ebre, en el centro geográfico de la comarca, es la capital de la Ribera d’Ebre. El pueblo se encuentra acurrucado sobre la ribera derecha del Ebro, en el centro de la zona conocida como Cubeta de Móra. Precisamente el factor estratégico del lugar influyó en una secuencia ininterrumpida de asentamientos desde la antigüedad, tal y como lo confirman los yacimientos arqueológicos íberos, entre los cuales el del Calvario.

Durante el largo periodo andalusí (714-1153), la villa de Móra d’Ebre contó con una influyente comunidad islámica (Subarrec), dedicada a los trabajos agrarios, la industria harinera (molinos), la alfarería y la seda (esta última labor era desarrollada exclusivamente por las mujeres).

A partir de la conquista cristiana, a mediados del siglo XII, los templarios se convirtieron en los nuevos señores de esta población; los caballeros de la Orden del Temple supieron equilibrar la armonía intercultural entre las diversas comunidades que cohabitaban en el territorio. Pero, dos décadas después (1174), el monarca Alfonso I concedió Móra, con la villa y su territorio, a la familia de Guillem de Castellvell –conquistador de Siurana- y después barón de Entença, linaje no menos poderoso, los miembros del cual no ocultaron su odio y envidia hacia los templarios; como consecuencia de estas disputas, se abrió un largo periodo de inestabilidad y penuria en la zona. Fue a finales de agosto de 1289, un lustro después del asalto y saqueo de la villa de Vinegre, y del posterior ataque de Gorrapte –lugar destruido para siempre, y del cual no queda ni rastro- por parte de quince vasallos de la familia Entença, cuando los templarios, secundados por los Montcada, atacaron las plazas de Móra y Tivissa, para vengar los daños causados a las poblaciones antes citadas. En venganza, los Entença dos años después de asediar la villa de Miravet, quemaron y destruyeron numerosas casas y asesinaron a un funcionario público, el juez de paz, que, curiosamente, era musulmán; también asediaron Benifallet, incendiando su torre defensiva, llamada d’Almucatén.

Por eso, los testimonios templarios en Móra d’Ebre son escasos. Una de estas evidencias es la iglesia parroquial, de estilo románico y situada en el centro de la población, el altar mayor de la cual está dedicado a san Juan Bautista; el templo fue víctima de dos grandes expolios: el primero se produjo en el decurso de la primera guerra carlista, mientras que la segunda fue durante la guerra civil; la última restauración se llevó a cabo en 1959. De otro modo, la ermita de Santa María Magdalena, construcción de mediados del siglo XIII, corona el homónimo cerro, en la plataforma natural que separa las comarcas  de la Ribera d’Ebre y la Terra Alta, mientras que el santuario de Sant Jeroni, en la falda de la Picossa, es una construcción que también tuvo que ser templaria, porque fue levantada sobre el nacimiento de una fuente, cuyas aguas, después de ser canalizadas subterráneamente, brotan en una fuente próxima. Para finalizar con la herencia de la Orden cabe destacar el mantenimiento de una fiesta templaria como es la celebración de la festividad de Santa Águeda.

Pero en la visita a Móra no os olvidéis de subir al castillo, ubicado en el sector más meridional de la población, sobre la ribera derecha del río, al cual se llega por estrechos callejones del núcleo antiguo; se corresponde con la alcazaba andalusí, que después de la conquista cristiana fue reconvertida en un estratégico recinto militar para controlar el Ebro. Actualmente se habilita el patio de armas para convertirlo en marco de acontecimientos culturales.

El puente de las Arcades, construido en el año 1943, sobre los restos del anterior, que era de hierro y que fue destruido durante la guerra civil, enlaza las poblaciones de Móra d’Ebre y Móra la Nova, que están separadas por el curso del río.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El Papa proclama siete santos, entrega el ‘Nobel’ de Teología y hace un llamamiento por la paz




Desde la encomienda de Barcelona deseamos compartir con todos vosotros una noticia que ha sido publicada en la página de Forum Libertas donde habla del papel tan activo que está teniendo últimamente Su Santidad, Benedicto XVI.

Desde Temple Barcelona apoyamos que la Iglesia continúe movilizándose; ya que en tiempos de crisis de valores, las personas necesitamos recibir la fuerza espiritual que ilumine nuestras mentes y poder así enderezar el rumbo de nuestra sociedad.

Fotografía donde puede observarse como el Papa otorga el “nobel” de Teología a D. Olegario González

ForumLibertas.com

Ante 80 mil personas reunidas en la Plaza San Pedro y en el marco del sínodo para la Nueva Evangelización. Benedicto XVI hizo votos para que el testimonio de estos siete nuevos santos “hable hoy a toda la Iglesia y la sostenga en su misión evangélica”.

El Papa Benedicto XVI ya ha demostrado en sobradas ocasiones que es un Pontífice activo. Los que pensaban que su avanzada edad iba a ser impedimento para que el obispo de Roma atendiera a los numerosos compromisos a los que está sujeto un Papa han podido ver en el cardenal Ratzinger un Papa energético y generosos en esfuerzos.

Este fin de semana el Santo Padre ha vuelto a demostrar ese hecho con una apretada y relevante agenda proclamando siete nuevos santos de la Iglesia universal, entregando el ‘Nobel’ de Teología y atendiendo sus habituales catequesis.

Ante más de 80.000 personas, Benedicto XVI proclamó hoy siete nuevos santos, entre ellos una monja española, una seglar amerindia (indios norteamericanos) y una religiosa que vivió entre los leprosos de Molokai, en una ceremonia en que dijo que los cristianos aún son perseguidos por su fe.

En la décima ceremonia de canonizaciones de su pontificado y en el marco del Sínodo de Obispos para la Nueva Evangelización, que se celebra desde el pasado 7 de octubre, el papa Ratzinger proclamó santa a la española Carmen Sallés y Barangueras (1848-1911), fundadora de las Religiosas Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza, para la formación de mujeres. La congregación está actualmente presente en otros once países: Italia, Brasil, Venezuela, México, República Dominicana, Estados Unidos, Filipinas, Japón, Corea, Guinea Ecuatorial y República Democrática del Congo. Cuenta con sesenta comunidades y miles de alumnas.

También inscribió en el libro de los santos a la monja alemana María Anna Cope (1838-1918), de la Tercera Orden de San Francisco de Syracuse de Nueva York, conocida como Madre Mariana de Molokai; la seglar estadounidense Catalina Tekakwitha (1656-1680), hija de dos nativos indios, y la seglar alemana Anna Schäffer (1882-1925). De la misma forma, fueron canonizados el jesuita francés Jaime Berthieu (1838-1896), el seglar mártir filipino Pedro Calungsod (1654-1672) y el sacerdote italiano Giovanni Battista Piamarta (1841-1913), fundador de la Congregación de la Sagrada Familia de Nazaret.

Benedicto XVI resaltó las figuras de los nuevos santos, a los que puso como ejemplo y reiteró el valor de la santidad en el mundo moderno. En tanto, hizo votos para que el testimonio de los nuevos santos "hable hoy a toda la Iglesia, y su intercesión la fortalezca y la sostenga en su misión de anunciar el Evangelio al mundo entero".

En sus casi ocho años de pontificado, Benedicto XVI ha proclamado ya 44 santos y más de 600 beatos, en su mayoría españoles.

El ‘Nobel’ de Teología a un filósofo y a un experto en patrística

Este año el premio se ha otorgado al catedrático francés Rémi Brague, laico, experto de Filosofía de las religiones y al sacerdote jesuita Brian E. Daley, docente de Teología histórica.

En el diálogo ecuménico e interreligioso que plantea el Concilio Vaticano II “se juega una parte relevante del diálogo de la Iglesia con el mundo contemporáneo”. Lo afirmó Benedicto XVI en el discurso que pronunció el sábado 20 de octubre durante la ceremonia en la que entregó el prestigioso “Premio Ratzinger”, que se ha convertido en una especie de “Nobel” de la Teología.

Los dos galardonados –dijo Benedicto XVI- “son expertos y están comprometidos en dos aspectos decisivos para la Iglesia en nuestro tiempo: el ecumenismo y la confrontación con otras religiones. El padre Daley, estudiando a fondo a los Padres de la Iglesia, se ha situado en la mejor escuela para conocer y amar a la Iglesia, una e indivisible, incluso con la riqueza de sus tradiciones diversas”. El profesor Brague es “un gran estudioso de la filosofía de las religiones, en particular, de la hebrea y de la islámica de la Edad Media. Por eso, cincuenta años después de la apertura del Concilio Vaticano II, me gustaría releer con ellos dos documentos conciliares: la declaración “Nostra aetate”, sobre las religiones no cristianas y el decreto “Unitatis redintegratio” sobre el ecumenismo, a los que añadiría otro documento que ha revelado su importancia extraordinaria: la declaración “Dignitatis humanae” sobre la libertad religiosa”.

Benedicto XVI recordó que ambos premiados son “profesores universitarios, muy comprometidos en la enseñanza”, subrayando la importancia de esta faceta que demuestra “un aspecto de la coherencia de la actividad de la Fundación”, que además del Premio promueve becas para los doctorandos en Teología y congresos de estudios universitarios.

Condena del atentado en el Líbano y llamamiento a la paz

A poco más de un mes de su viaje al Líbano, el Papa Benedicto XVI también expresó su preocupación y cercanía a los familiares de las víctimas del atentado terrorista perpetrado recientemente en Beirut y, al mismo tiempo, condenó cualquier tipo de violencia, llamando a la paz y la reconciliación.

El 19 de octubre, un coche bomba explotó entre la sede de la coalición opositora 14 de Marzo, que lidera Saad Hariri, hijo del asesinado ex primer ministro Rafik Hariri, y la sede de Falange Libanesa, un partido cristiano de oposición. La explosión ocurrió cuando un número importante de escolares salían de clase y los trabajadores dejaban sus centros laborales, causando la muerte de al menos 8 personas y 80 heridos.

A través de un telegrama dirigido al Patriarca de Antioquía Maronita, Su Beatitud Béchara Boutros Raï, y firmado por el secretario de Estado Vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, el Santo Padre expresó que “se une en oración al dolor de las familias afectadas y a la tristeza de todos los libaneses”.

El Papa “encomienda los fallecidos a Dios, lleno de misericordia, suplicándole recibirlos en su luz”, y “expresa su cercanía a los heridos y sus familias, y pide al Señor darles alivio y consuelo en su prueba”.

“Como lo hizo durante su viaje apostólico a El Líbano, el Santo Padre reitera su condena de la violencia que genera tanto sufrimiento y pide a Dios que brinde a El Líbano y a toda la región el don de la paz y la reconciliación”.

martes, 23 de octubre de 2012

Descubriendo a María Magdalena




Desde la encomienda de Barcelona continuamos con el apartado destinado a indagar sobre la vida de nuestra bella patrona, María Magdalena. Para ello hemos recuperado un nuevo texto del teólogo catalán Lluís Busquets de su obra “Els evangelis secrets de Maria i de la Magdalena. La història amagada”, donde esta vez trata de desentrañar el simbolismo de los posibles “demonios” de la Magdalena.

Desde Temple Barcelona os recomendamos su atenta lectura.

El problema de los demonios de la Magdalena

Ya conocemos la cita de Lc 8, 1-3: “Recorrió a continuación ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, una administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes”.

Aunque el primer versículo lo encontramos en paralelo en Marcos (Mc 6, 8b) y Mateo (Mt 9, 35), que añade que enseña en las sinagogas, Lucas nos agrega al fragmento la presencia de los “Doce” y la mención a las mujeres, que sólo es suya. En Lucas, las mujeres constituyen el segundo grupo de seguidores de Jesús, siempre después de los hombres, ya sean los “Doce” o los “apóstoles”. Un dato ciertamente sorprendente, dado que esta mención de las mujeres choca con los lectores grecorromanos de Lucas, como ya resultaba chocante para los contemporáneos judíos de Jesús. Según B. Witherington, “era normal que las mujeres ayudaran a los rabinos y a sus discípulos con dinero, propiedades y alimentos, pero que dejaran su hogar para viajar con un rabino no sólo era inaudito, sino incluso escandaloso”. Y se ha dicho que habría que leer Lc 8, 1-3 en relación con Lc 23, 49ss, esto es, en el contexto de la crucifixión y el entierro, para entender que en la palabra “discípulos” (Lc 8, 9 y pp) deben incluirse siempre las mujeres. Unas mujeres en cuyo grupo, y parece que las comunidades primitivas de los evangelistas pugne por dejarlo muy claro, aparece siempre una abanderada: la Magdalena. John P. Meier, en su monumental obra sobre Jesús Un judío marginal, admitiendo que “un acompañamiento de mujeres sin marido […] no hacía sino aumentar los recelos”, el escándalo que Jesús había de afrontar en una sociedad campesina tradicional, asegura que “ciertos pasajes evangélicos parecen presentar a las mujeres seguidoras de Jesús desarrollando un papel sumamente parecido al de los hombres discípulos”.

No repetiremos lo que ya hemos dicho antes: a) desconocemos quién era Susana, pero no la mujer de Cusa, administrador de Herodes Antipas, el único personaje al que Jesús insulta; b) los expertos de hoy nos demuestran que las mujeres sufragadotas económicamente del movimiento de Jesús existieron en las comunidades tardías de Pablo y Lucas, pero no en la actividad inicial de Galilea; c) reducir a las mujeres a un mero papel asistencial –y si provienen del agradecimiento de una curación mejor- es muy propio de Lucas; d) el hecho de que los “Doce”, que después de la desaparición de Judas Iscariote son “Once”, es una concepción tardía ligada a la de gobernantes de las tribus de Israel, a la cual Lucas tiene en alta estima (Hch 1, 6.26), pero que pronto se esfumó de las tradiciones evangélicas. No dedicaremos más espacio a estos puntos. Nos interesa aquí el problema de los demonios en la Magdalena, una tradición que debía de circular pronto, pues, según todos los expertos, está presente en el añadido final de Marcos originado por el texto lucano que analizamos (Mc 16, 9).

De entrada, el número “siete” ya nos resulta sospechoso. “Siete” es el número de días de la creación, el número de veces que hay que perdonar, el número de diáconos, el número de  mil cosas, porque en la Biblia, las referencias numéricas son simbólicas. El número “siete” significa “totalidad”, “perfección”. En nuestro caso significa que el texto otorga gran importancia a la Magdalena. Y como endemoniamiento y pecado iban de la mano (se consideraba la posesión diabólica una consecuencia del pecado), significaría que la Magdalena había sido una gran pecadora. Ya tenemos al personaje endemoniado y pecador. Para algunas tradiciones orientales esto se habría producido porque la muchacha tuvo un prometido que se habría ido con el grupo de Jesús. Entonces, por despecho, se habría lanzado a la mala vida. (Como sabemos, todavía algunas tradiciones identifican a este prometido con el apóstol Juan.) Falta un paso: si era una pecadora de tal envergadura, no podía ser una pecadora común (Lc 7, 37); tenía que ser una prostituta. Ya tenemos a la Magdalena convertida en prostituta, porque un versículo de Lucas dice que habían salido de ella siete demonios.

Nos interesan, entonces, estos demonios. No decimos nada nuevo exponiendo que las posesiones diabólicas ocultan, para los científicos de hoy, problemas de índole: enfermedades psicosomáticas, psicológicas o socioantropológicas. De epilepsias e histerias. Y de problemas de matriz: una menstruante era impura por excelencia (por eso una mujer no podía relacionarse con lo sagrado que solicitaba pureza total: Lv 15, 19-30). La enfermedad, el mal, está por debajo de la afección. Jesús y los suyos no alivian afecciones como una vacuna destruye un virus o un medicamento una bacteria; enseñando a resistir la opresión y la explotación material, deseando crear un Reino de los Cielos opuesto al Reino del emperador de Roma, estableciendo un mundo nuevo que hace tabla rasa de las debilidades del viejo, se cura la enfermedad, el mal que radica bajo las dolencias.

Las etiquetas sociales son importantes para el autor de Lucas. Para él, una pecadora no es una prostituta ni una endemoniada (que otros lo piensen no es problema suyo); ahora bien, otorga tal importancia a las curaciones y los exorcismos que en el anuncio programático de la misión de Jesús en Nazaret, como hemos visto, hace que se presente en una sinagoga inexistente como profeta sanador y el escritor subrayará a más no poder estas praxis: Lc 4, 40-41; 5, 17; 6, 18; 7, 21.22-23; 8, 2-3; 9, 1-2.10-11; 10, 9.17-20; 13, 32; Hch 5, 15-16; 8, 6-7; 10, 38; 19, 11-12. La profesora Carmen Bernabé, al presentar Lc 8, 1-3 en función catequética, ejemplificadora e identitaria, se plantea dos preguntas cruciales: “¿Eran aquellas primeras discípulas de Jesús mujeres curadas de enfermedades o malos espíritus, o más bien remite a las mujeres de la comunidad de Lucas? ¿Se trata de una situación simplemente personal o de una dimensión comunitaria, social y, por lo tanto, política?. Antes nos ha explicado cómo se entendían en la antigüedad las posesiones: fuerzas extrañas y poderosas identificadas con demonios que podían apoderarse de los seres humanos, enajenándolos del control personal e infligiéndoles males. Pero las ciencias actuales, empezando por la antropología y acabando por la medicina, nos definen la posesión demoníaca como la explicación cultural de ciertos trastornos de conciencia que pueden llegar a ser expresiones estratégicas de una protesta íntima o una rebelión interior. Un ejemplo: la afección (neurastenia=posesión) y el mal (la causa que provocaría la neurastenia=no sentirse valorada para nada). Las mujeres en situación de inferioridad y desprecio en comunidades en las que los varones monopolizan las posesiones de poder son proclives a posesiones de este tipo y a cuadros de histeria. La posesión, pues, como la brujería –pero no es éste el lugar para hablar de ella- se convierte en un síntoma de problemas socioculturales, la expresión de la afección de males más profundos y endémicos. Un hecho comunitario y político. Y salir de este callejón sin salida es la curación.

Además de esta interpretación sociocomunitaria de la sanación, todavía existen otras lecturas sobre los demonios de la Magdalena. Hay quien cree que la subordinada relativa “de la que habían salido siete demonios” es una simple interpolación posterior para poder degradar a uno de los personajes más queridos por Jesús, capaz incluso de desvelar suspicacias y celos por parte de los discípulos varones, como ya veremos. En tercer lugar, hay quien piensa que la liberación de los siete demonios significaría que el alma de la Magdalena como ha hecho cierta tradición. Concebirla como posesa a causa del pecado de la lujuria, del cual se habría arrepentido el resto de su vida, es hacer el juego a quien quiso oponerla a María madre de Jesús, ya en los albores de la Iglesia, para hacer aparecer a esta segunda como virgen e inmaculada a costa de la demonización y el pecado de la otra, como ya veremos.

Y es el autor de Lucas quien inicia este filón. En efecto, en los versículos que comentamos, funde el seguimiento a Jesús por parte de las mujeres con la sanación y el servicio, y este solo dato parte de las mujeres con la sanación y el servicio, y este solo dato ya lo convierte en sospechoso absoluto de restringir la misión de predicar a los “Doce”. A la mujer siempre la reduce a funciones asistenciales. ¿Por qué su interés en relacionar mujer y enfermedad? Para la profesora Bernabé, “se puede afirmar que la enfermedad en Lucas no indica una simple disfunción orgánica, sino algo más global que afecta a la posición y la relación del individuo, en este caso, de las mujeres, con su grupo familiar y social”. La curación significaría, por lo tanto, restablecer amónicamente a la enferma en el papel del que se siente excluida, haciéndola superar su propio horizonte porque, si el lugar ocupado originalmente era la causa de la enfermedad, retornarla allí no habría solucionado nada. En el caso de Susana, Juana o la Magdalena, jesús no las ha devuelto a su antigua vida ni a su núcleo familiar, sino que las ha agraciado con el horizonte de una nueva familia donde pueden sentirse bien y pueden ejercer el papel de predicar la buena nueva, es decir, colaborar en la posibilidad de un mundo nuevo, aunque Lucas nos reduzca estas actividades al mero rol de mecenazgo. Marcos, en cambio, nos dice que las galileas le “seguían y le servían” (Mc 15, 41). “Seguir” equivale a participar plenamente en las actividades del grupo; “servir”, ‘diakoneín’, significa atender, asistir, prestar servicio, ayudar; no se reduce a simples actividades asistenciales. En ningún texto neotestamentario se considera la contribución de las mujeres inferior, menor o diferente a la de los discípulos. Esta participación plena en un grupo heterogéneo de hombres y mujeres, en el cual sobre todo ellas podían ser consideradas marginales desde un punto de vista tradicional judío, ya suponía una curación.

lunes, 22 de octubre de 2012

Evangelio dominical: “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida”



Ayer fue la Jornada Misionera Mundial, también conocida con el nombre de Domund; por ello desde la encomienda de Barcelona queremos hacer una reflexión para todos los hermanos de manto que siguen la página Temple Barcelona.

El pasado día viernes 19 de octubre, fue publicada en una página hermana (Fratertempli) una interesante noticia facilitada por uno de nuestros hermanos de Perú, fr.+Fidel ver noticia Fratertempli. Primeramente aclarar que el sentido de este texto no es el de polemizar ni criticar el pensamiento del hermano en cuestión ni tampoco de aquéllos que pueden pensar como él, más bien se trata de aportar otra visión que puede deducirse de la noticia emitida por parte del Vaticano.

Han habido durante algunos años atrás hasta ahora, acercamientos hacia la cúpula institucional de la Iglesia para que la Orden del Temple vuelva a ser reconocida por Ella. Las respuestas a nuestras peticiones han sido siempre negativas. Cada no, ha generado en la mayoría de hermanos descontento o fastidio. No debemos caer en la obsesión de pensar que seremos mejores cristianos si somos recibidos en privado por el Santo Padre para que Su Santidad sepa que estamos con él.

Siguiendo el evangelio de ayer, domingo 21 de octubre, si Jesús no vino al mundo a ser servido, sino a servir a los hombres, debemos concienciarnos que también los templarios actuales, no hemos sido investidos para ser reconocidos ni servidos por la institución vaticana. Más bien debemos vernos como los misioneros que de manera silenciosa ayudan a los más necesitados, sin buscar otra cosa que el servir al prójimo, donde muchas de las veces ofrecen sus vidas para que el Evangelio llegue a todo el mundo en forma de Frutos (“Por sus frutos los conoceréis” Mt 7, 16) y no sólo con la Palabra (“La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo” Jn 1, 9).¿Cuál de las dos posibilidades honra más a Dios?

Por ese motivo, deseamos desde Temple Barcelona que la reflexión del evangelio de ayer, nos ayude a discernir en qué posición debe situarse nuestra Querida y emblemática orden.

‘Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: "Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir". 
El les respondió: "¿Qué quieren que haga por ustedes?". 
Ellos le dijeron: "Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria". 
Jesús les dijo: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?". 
"Podemos", le respondieron. Entonces Jesús agregó: "Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. 
En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados". 
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. 
Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. 
Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; 
y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. 
Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud".’  (Mc 10, 35-45)

Reflexión:

Santiago y Juan, caen en el error de querer estar “más cerca” de Nuestro Señor Jesucristo cuando se encuentren con Él en el Reino. Jesús les advierte que no es Él quien puede dictaminar esa petición, sino para quienes se lo merezcan. El resto de sus discípulos también se equivocan y recriminan a sus hermanos tal petición porque se sienten discriminados. El Salvador vuelve a poner orden y les advierte que si desean ser grandes y líderes de su comunidad, antes deben servir a todo aquel que lo necesite y olvidar ser servidos.

Plegaria:

¡Señor! Os pedimos que nos hagáis servidores de este mundo, y si así lo deseáis, merezcamos entrar en el Reino sin posición alguna, conformándonos con poder contemplar vuestro rostro y disfrutar de vuestras bendiciones.

viernes, 19 de octubre de 2012

Después del concilio de Troyes: un proyecto reclutador




Desde la encomienda de Barcelona recogemos un nuevo texto destinado a conocer mejor la historia de los templarios. Para ello hemos extraído unas líneas del historiador francés Alain Demurger de su libro “Vie et mort de l’ordre du Temple”. En esta ocasión, su autor nos hace un recorrido de los lugares por donde viajó el primer gran maestre del Temple, Hugo de Panys, para dar a conocer la orden en Occidente y reclutar nuevos soldados para su proyecto.

Desde Temple Barcelona estamos convencidos.

Terminado el concilio, Hugo y sus compañeros emprenden, cada uno por su cuenta, una gira de propaganda, de reclutamiento y de colecta de limosnas. A favor de la orden, cierto, pero también de manera más general, a favor de Tierra Santa.

Sigamos a Hugo de Payns. Pasa primero algún tiempo en Champaña, sobre todo en Provins, y se dirige después a Anjou y Maine. El conde Fulco V, uno de los primeros, uno de los primeros príncipes de Occidente en interesarse por la nueva milicia, se había alojado en la casa de los templarios de Jerusalén cuando se hallaba cumpliendo su primer voto de cruzado, en 1120-1121. Agradecido, fue el autor de la primera donación hecha a la orden. Un amigo, por lo tanto, a quien Hugo de Payns viene a proponer, de parte del rey Balduino II, la corona de Jerusalén. Balduino no tiene hijos varones. Su hija Melisenda heredará por consiguiente sus derechos. Necesita un marido, un caballero valiente, capaz de velar por los destinos del reino. Y con preferencia un occidental, lo que significará un defensor más para Tierra Santa.

Balduino se ha fijado en Fulco de Anjou. Ha podido apreciar su bravura, sabe el interés que le inspira el reino, conoce sus dotes de administrador y sus talentos de diplomático. Conde de Anjou y de Turena, ha adquirido el Maine gracias a su primer matrimonio. Vasallo a la vez de Enrique I de Inglaterra y de Luis VI de Francia, ha sabido mantener el equilibrio entre su dos señores, pese a ser éstos violentamente antagonistas. Y prepara, mediante el matrimonio de su hijo Godofredo con Matilde, hija de Enrique I y viuda del emperador germánico (de ahí el título de emperatriz Matilde que se le asigna de ordinario), la formación de un poderoso conjunto territorial, asentado en Inglaterra y la fachada occidental de Francia.

Fulco acepta la oferta que le transmite el maestre del Temple y toma la cruz el día de la Ascensión de 1128, en Le Mans. Ciertos historiadores , siguiendo en eso a Víctor Carrière, fechan erróneamente la visita de Hugo a Anjou en la primavera de 1129.

La misión de éste en la corte angevina no ha terminado. Para interesarse por las cuestiones de los Estados de la cruzada, Occidente tiene que ser pacificado. Hugo, fiel al pensamiento de san Bernardo, piensa que no se pueden reclutar adherentes a las milicias del Temple que no estén en paz con sus vecinos y consigo mismos y, por consiguiente, con la Iglesia. En Anjou, Fulco teme los tejemanejes de su vasallo Hugo de Amboise, que se entrega a numerosas exacciones a expensas de Marmoutier, la célebre abadía de Turena. El conde no ha conseguido hacerse entrar en razón. Hugo se encarga de la tarea y triunfa en toda la línea. “Convertido”, Hugo de Amboise puede ya partir a la cruzada.

Mientras el conde de Anjou soluciona sus asuntos, Hugo de Payns prosigue su viaje. Se le encuentra en Poitou, después en Normandía. Allí se entrevista con el rey Enrique I, que le acoge calurosamente y le envía a Inglaterra. “Fue recibido por todos los hombres de bien, que le hicieron regalos, y en Escocia le recibieron de la misma manera. Y además, enviaron a Jerusalén grandes riquezas en oro y en plata”, nos dice la Crónica anglosajona. Desembarca después en Flandes, para regresar a Champaña a principios de 1129. Le acompañan numerosos caballeros ingleses y flamencos, dispuestos a partir hacia Oriente. Es probable que hay pasado la mayor parte del año preparando la primera organización de su orden en la cristiandad de Occidente.

Durante esos mismos años de 1128-1129, otros templarios han trabajado como él en diversas regiones. Godofredo de Saint-Omer le ha precedido en Flandes; otro de los “nueve” (los primeros fundadores), Pagano de Montdidier, natural de Picardía, ha recorrido el Beauvaisis y su región natal para recibir donaciones y nuevos adherentes. Una misión recorre el sur de Francia, dirigida por Hugo Rigaud, verosímilmente  originario del Delfinado y uno de los primeros reclutas del período del concilio de Troyes. Obtiene un éxito tal en Provenza y el Languedoc que se ve obligado a confiar a Raimundo Bernard, templario de nuevo cuño como él, el cuidado de ocuparse de la Península Ibérica.

A finales de 1129, Hugo de Payns desciende por el valle del Ródano, con numerosos templarios nuevos. Fuico de Anjou hace el camino en su compañía. Se detienen en Aviñón, donde, el 29 de enero de 1130, el obispo de la ciudad dona una iglesia al Temple. Desde allí, marchan a Marsella y se embarcan hacia Jerusalén. El hijo de Hugo de Payns, abad de Sainte-Colombe, seguirá a su padre, lleva´ndose una parte del tesoro de su monasterio, con gran furor de sus monjes, para hacer donación de ella al Sepulcro.

jueves, 18 de octubre de 2012

Los milagros del Padre Pío: El Cielo en la tierra.



Desde la encomienda de Barcelona continuamos con el apartado diseñado para indicaros, cuál fue la misión del Padre Pío en sus años de vida terrena y cómo vivían aquellas personas que le conocieron, durante la Santa Misa cuando las oficiaba el santo de los estigmas

Precisamente por este motivo, hemos recogido un nuevo texto de D. José Mª Zavala de su obra “Padre Pío: Los milagros desconocidos del santo de los estigmas”, donde nos explica la presencia de Jesucristo durante la ceremonia.

Desde Temple Barcelona, os invitamos a gozar de sus obras.

La Virgen le conducía inexorablemente hacia Jesús, acompañándole incluso al pie del altar cuando celebraba la Santa Misa, como advertía sor Consolata; igual que hizo con su Hijo Amado en la cruz.

La Santa Misa –“el Cielo en la tierra”, en palabras de Juan Pablo II- constituía así el gran volcán de su vida interior.

‘Era el centro y la fuente de toda su espiritualidad –consignaba Carol Wojtyla-: “En la Misa –solía decir el Padre Pío- estaba todo el Calvario”. Los fieles consagrados en torno a su altar quedaban profundamente impresionados por la intensidad de su inmersión en el Misterio, y percibían que el Padre participaba personalmente en los sufrimientos del Redentor’.

Domenico Mirizzi, capuchino misionero en Mozambique, proveniente de los Grupos de Oración del Padre Pío, me recuerda en Roma lo que éste solía decir a propósito del sacerdote: “Si yo hubiese sabido, antes de ordenarme, qué significaba realmente serlo jamás hubiese aceptado, pues él mata a Jesús sobre el altar cada día”.

En el convento de San Giovanni, a escasos metros de donde el Padre Pío celebraba la Santa Misa, fray Paolo Covino revive ahora la infinita agonía del Gólgata:

“Era todo un acontecimiento. Tan sólo dos minutos después de que el Padre Pío abriese las puertas de la iglesia, reinaba ya el máximo silencio. Se quitaba los guantes y me los entregaba. Luego, sonaba la campana. San Francisco iba delante, seguido de muchos santos franciscanos; a continuación venía la Virgen con legiones de ángeles. Iniciada la Misa, cuando el Padre Pío entonaba el Mea Culpa, se golpeaba el pecho tan fuerte que se oía en toda la iglesia, como si fuese el mayor pecador del mundo. Durante la celebración, el Padre Pío era flagelado y coronado de espinas. En la Comunión, moría. Veinte minutos después, bendecía a todos los fieles y regresaba a la sacristía, donde yo le devolvía los guantes.”

Fray Paolo permanece ensimismado unos instantes, antes de añadir con humildad: “Estas visiones, durante la Misa, las tenían las almas buenas; yo no las tenía…”

Don Pierino Galeone comparte también conmigo aquel majestuoso espectáculo del alma:

‘En la Misa del Padre Pío vi a Jesús. Yo ayudaba al Padre Pío muchas veces mientras celebraba. En una ocasión, antes de impartir la comunión, hallándose aún en el altar, se giró y pude ver a Jesús…¡Él estaba allí, en persona, para repartir la Comunión! Jamás le pregunté al Padre Pío cómo sucedió semejante prodigio. Comprendí, sencillamente, que era Jesús a quien yo había visto. Me encantaba contemplar al Padre Pío dando la Comunión, pues su rostro se transfiguraba en una increíble belleza. Al principio, la Misa duraba dos horas y media; el tiempo más largo era para la Comunión. Durante la Consagración, él participaba de los sufrimientos de Jesús. En la comunión se producía un cambio de vida: él entregaba su vid a Jesús y éste se la devolvía. “Yo vivo muerto”, decía el Padre Pío. Y añadía: “No sé cómo es que vivo”.’

El Padre Vicente de Casacalenda, que trató también al Padre Pío, daba fe de aquella sorprendente transformación:

‘Después de la elevación y de la consagración era cuando podía observarse en aquel rostro algo verdaderamente insólito. ¡No se sabía qué! Pero allí había ocurrido algo. Muchos de los presentes, subyugados, terminaban por comentar entre sí: “¡Pero si parece el mismo Jesús!”. Y seguían todos atentos, sin pestañear, como en suspenso, medio evadidos de este mundo y sumidos en la contemplación de un algo que no veían, pero cuya existencia palpaban’.

Sin la Eucaristía, el Padre pío no concebía la vida. Cuando alguien le confesaba su distracción durante la Santa Misa, no vacilaba en representarle:

“¡Pero hijo mío, esto te ha sucedido porque no sabes qué es la Misa! La Misa es Cristo en el Calvario, con María y Juan a los pies de la cruz, y los ángeles en permanente adoración…¡Lloremos de amor y de adoración en esta contemplación!”.

Pasaba días enteros, e incluso a veces más de un mes, sin tomar otro alimento que las especies eucarísticas.

El testimonio del padre Fortunato de Marzio, que convivió trece años con él, ocupando la celda número cuatro, contigua a la suya, que era la cinco, resultaba de gran valor para acercarse al gran misterio de su Misa:

‘A las tres de la madrugada, se levantaba; se aseaba rápidamente y luego se ponía en oración en su misma celda. A las cuatro en punto estaba ya en el altar, fuese invierno o verano. Al implantarse la hora legal y ante la insistencia de los superiores, pospuso su Misa hasta las cinco, que es la hora que se hizo célebre en San Giovanni debido a la concurrencia de gentes que aguardaban a la entrada de la pequeña iglesia.

En los primeros años, cuando celebraba en privado, era frecuente que su Misa durase tres horas. Ante las insinuaciones de los superiores, ante el agobio de las confesiones y debido también a sus padecimientos y dolores físicos, que aumentaban con la edad, redujo mucho la duración de la celebración; sobre todo, en los últimos cinco años de su vida’.

El padre Tarsicio de Cervinara, amigo entrañable de nuestro protagonista, compuso un admirable librito titulado La Misa del Padre Pío, del que extraemos este revelador diálogo:

“-¡Padre Pío! ¿Cómo puedes mantenerte tanto tiempo en pie ante el altar?
-¿Cómo? ¡Pues como se mantenía Jesús en la Cruz!
-Entonces, ¿te sientes suspendido, clavado en la Cruz como Jesús, durante el tiempo de Misa?
-¿Pues cómo quieres que esté?
-¿En la Santa Misa mueres también con Jesús?
-¡Místicamente, sí! ¡En la Sagrada Comunión!
-¿Qué es lo que te produce la muerte?
-La intensidad del dolor y del amor; las dos cosas juntas, pero principalmente  el amor.
-¿En qué horas del día es más intenso tu sufrimiento?
-¡Clarísimo: durante la celebración de la Santa Misa!
-¿El resto del día tienes los mismos sufrimientos que al celebrar la Santa Misa?
-¡Pues estaríamos arreglados! ¿Cómo iba a poder trabajar entonces? ¿Cómo iba a poder ejercitar el ministerio?
-¿Cuánta gloria crees que das a Dios en la Santa Misa?
-¡Una gloria infinita!
-¿Cómo tenemos que oír la Santa Misa?
-Como la oyeron en el Calvario la Santísima Virgen y las piadosas mujeres; del mismo modo, a ser posible, que el apóstol Juan…
-¿Qué frutos recibimos al oír la Santa Misa?
-¡Ah! ¡Esto no se puede calcular! ¡Según tu devoción! ¡En el Paraíso lo sabrás!”

Finalmente, el padre jesuita Domingo Mondrone glosaba así el verdadero significado de la Misa para el Padre Pío:

“Jesús estaba en él y con él, vivo y sufriente, presente y operante, para darle fuerzas y fecundidad de bien. El Padre Pío, heroico en el sufrimiento, incansable en el trabajo, estuvo elevadísimo en la unión con Dios. Yo lo retendría entre los más grandes místicos de nuestros días. Modelo excepcional de devoción el Misterio eucarístico y a la Pasión, consigue que su Misa sea el centro de atracción de las almas venidas a San Giovanni Rotondo”.

El Padre Pío, pescador de almas…