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viernes, 31 de agosto de 2012

El “Elogio de la nueva milicia”



Desde la encomienda de Barcelona volvemos a seleccionar un nuevo texto del historiador francés Alain Demurger de su libro “Vie et mort de l’ordre du Temple”. En este apartado nos ofrece una visión de cómo fueron los orígenes de los templarios y su posterior expansión por toda Europa y Oriente Próximo.

Desde Temple Barcelona estamos convencidos de que su lectura os será agradable.

Se conoce sobre todo la primera parte, en la que el autor justifica y describe la misión que incumbe a los caballeros de Cristo. En un estilo vigoroso, opone la nueva caballería –los templarios- a la caballería secular, es decir, a todos los demás. La nueva caballería lleva “un doble combate, a la vez contra la carne y contra los espíritus de malicia que invaden los aires”. El nuevo caballero, cuyo “cuerpo se recubre de una armadura de hierro, y su alma, de una armadura de fe”, no teme a nada, ni a la vida ni a la muerte, porque “Cristo es su vida, Cristo es la recompensa de su muerte”. Y les tranquiliza así:

Id, pues, con toda seguridad, caballeros, y afrontad sin miedo a los enemigos de la cruz de Cristo…¡Regocíjate y glorifícate más aún si mueres y te reúnes con el Señor!

En contraposición, Bernardo denuncia y lamenta la milicia secular, más todavía, esta “malicia del cielo” (militia y malitia). “Los que sirven en ella han de temer que maten su alma, tanto si matan ellos a su adversario en cuerpo, como si el adversario los mata a ellos en cuerpo y alma.” Y traza entonces la famosa descripción de los caballeros de su época, perdido en vigor en sus ricas vestiduras de seda, cubiertos de oro, ligeros y frívolos, ansiosos de vanagloria.

Justifica después el oficio de soldado, apoyándose en las enseñanzas de Cristo. Desarrolla la idea de guerra defensiva, hecha en Tierra Santa, la tierra que representa “la herencia y la casa de Dios”, mancillada por los infieles. La primera parte acaba con unas palabras “sobre la manera en que se conducen los caballeros de Cristo, para compararles a nuestros caballeros, que sirven, no a Dios, sino al diablo”. Disciplina y obediencia, pobreza, rechazo de la ociosidad. “La voluntad del maestre o las necesidades de la comunidad deciden sobre el empleo de su tiempo.” Ascetismo, negación de los placeres de su clase, como la caza…En una palabra, el ideal del Cister, aunque adaptado, pues san Bernardo concluye: “Vacilo en llamarles monjes y en llamarles caballeros”. ¿Y cómo se podría designarles mejor quedándoles ambos nombres a la vez, ya que no les falta ni la dulzura del monje ni la bravura del caballero?”.

Así quedan legitimados los templarios. Hasta entonces, san Bernardo no ha predicado la guerra santa, ni ha hecho ningún llamamiento a favor de la nueva milicia. El De laude no significa en absoluto un texto del estilo: “Alistaos, reenganchaos…”. Esta disciplina sólo conviene a un pequeño número, a la élite de los “convertidos”.

Sin embargo, no basta con justificar la elección de los templarios. Hay que demostrarles también que ejercen un oficio único, que nadie puede cumplir en su lugar. En ese sentido va la segunda parte del De laude, la más trabajada y tal vez la más innovadora.

Dicho oficio es la policía de las rutas. Pero no se trata de cualquier ruta, sino de aquellas que constituyen la “herencia del Señor”. la exaltante misión de la nueva milicia consiste en guiar a los pobres y los débiles por los caminos que Cristo recorrió. Como escribe Jean Leclercq, san Bernardo ha compuesto una guía para viajeros de Tierra Santa. “Más que animar a los guerreros, dirige a los peregrinos”.

Los templarios tienen a su cargo la custodia de lugares religiosos particularmente apreciados por los cristianos: Belén, donde “el pan vivo descendió del cielo”, Nazaret, donde creció jesús; el monte de los Olivos y el valle de Josafat; el Jordán, en el que fue bautizado Cristo; el Calvario, donde Cristo “nos lavó de nuestros pecados, no como el agua, que disuelve la suciedad y la guarda en ella, sino como el rayo de sol, que quema permaneciendo puro”; por último, el Sepulcro en el que descansa el Cristo muerto, donde los peregrinos, después de pasar por mil pruebas, aspiran a descansar también. Tras esas páginas de turismo místico, que son otras tantas meditaciones sobre los dogmas cristianos, san Bernardo concluye:

He aquí, pues, que esas delicias del mundo, ese tesoro celeste, esa herencia de los pueblos fieles han sido confiados a vuestra fe, amadísimos hermanos, a vuestra prudencia y a vuestro valor. Ahora bien, os bastaréis para guardar fiel y seguramente ese depósito celeste si contáis, no con vuestra habilidad y vuestra fuerza, sino con el socorro de Dios.

El caballero combate, el monje ora. Los primeros templarios dudaron de la legitimidad de su actividad guerrera y lamentaron no disponer de tiempo suficiente para dedicarlo a la oración. San Bernardo justifica su fundación combatiente y demuestra que “su vida de oración puede encontrar alimento en los mismos lugares en que cumplen su servicio” (Jean Leclercq).

¿Cómo fue recibido este mensaje?
Dado que no se conoce la fecha precisa, tendremos que limitarnos a dejar constancia de los hechos. La orden del Temple se desarrolla de modo considerable a partir de 1130. Sin embargo, no se puede dilucidad hasta qué punto se debió al mensaje de san Bernardo o hasta qué punto influyó la campaña de reclutamiento efectuada por Hugo de Payns. Verosímilmente, se apoyaron el uno en el otro.

Se perciben mejor las consecuencias que tuvieron para la Iglesia y los pueblos cristianos, si no el De laude, al menos las ideas de san Bernardo. En 1139, el papa Inocencio II publica la bula Omne Batum optimum. Por primera vez, un texto pontificio aclara la misión de los templarios:

La naturaleza os había hecho hijos de la cólera y aficionados a las voluptuosidades del siglo, pero he aquí que, por la gracia que sopla sobre vosotros, habéis prestado oído atento a los preceptos del Evangelio, renunciando a las pompas mundanas y la propiedad personal, abandonando la cómoda vía que conduce a la muerte y eligiendo con humildad el duro camino que lleva a la vida […]. Para manifestar que hay que considerarse efectivamente como soldados de Cristo, lleváis siempre sobre el pecho el signo de la cruz, fuente de vida […] Fue Dios mismo quien os constituyó como defensores de la Iglesia y adversarios de los enemigos de Cristo.

Inocencio II emplea las mismas palabras que el abad de Clairvaux. Más adelante, otros textos pontificios recordarán la razón de ser y la función del Temple.

Cosa más significativa todavía, el papel de la nueva milicia empieza a ser captado con claridad por numerosos fieles de Occidente, que le hacen donaciones. Más de un templario debió de sentirse reconfortado al leer el texto de la donación siguiente, hecha en Douzens, Languedoc, hacia 1133-1134 por una tal Lauretta. Cede todos sus terrazgueros y todas las rentas que posee en la ciudad de Douzens, así como dos parcelas de tierras de cultivo, culturas o condominas, en los terrenos del castillo de Blomac, “a los caballeros de Jerusalén y del Templo de Salomón, que combaten valerosamente por la fe contra los amenazadores sarracenos, ocupados sin cesar en destruir la ley de Dios y los fieles que la sirven”.

Lauretta ha asimilado bien la teoría de los teólogos sobre la cruzada-guerra defensiva. ¿Y cómo no percibir en ese gesto, aunque burdo, el estilo y la emoción del De laude?

Pero situémonos en un plano más general. En su estudio sobre los templarios y los hospitalarios de Champaña y Borgoña, Jean Richard señala con justeza que los legados hechos a ambas órdenes, suponen asimismo legados piadosos, destinados a hombres de oración. Los fieles esperan de esas órdenes, poderosas y bien consideradas, un acceso más fácil, más eficaz, a la gracia divina. ¿No se deberá, también en este caso, a que se ha retenido la lección del De laude?

De 1118-1119 a 1130: una docena de años de experiencias, de tanteos y de inquietudes. Es poco para sentar las bases sólidas de una organización completamente nueva. La expansión del Temple puede comenzar.

jueves, 30 de agosto de 2012

El Papa expone que los laicos deben ser considerados “corresponsables” de la Iglesia y no “colaboradores”.



Desde la encomienda de Barcelona queremos compartir con todos vosotros una afirmación de Benedicto XVI hablando sobre la importancia que tienen los laicos que se comprometen con la Iglesia.

Tal y como recoge la siguiente publicación de la página Forum Libertas, el Santo Padre deja abierta la puerta para que los laicos puedan expresarse e influir en el seno de la comunidad cristiana según los preceptos de Nuestro Señor Jesucristo y con cordialidad hacia el obispado. Esto demuestra el interés del Papa para que los laicos no se sientan “discriminados” en la toma de decisiones importantes en su comunidad, simplemente por el hecho de no ser sacerdotes.

Desde Temple Barcelona os recomendamos su lectura.

ForumLibertas.com

“La corresponsabilidad exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, que deben ser considerados no como 'colaboradores' del clero, sino como personas realmente 'corresponsables' del ser y del actuar de la Iglesia”. Son palabras de Benedicto XVI en un mensaje dirigido a la VI Asamblea Ordinaria del Forum Internacional de Acción Católica (FIAC), celebrado en Iaşi, Rumanía, del 22 al 26 de agosto pasados.

En ese mensaje, el Papa añade que “es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su propia aportación específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en cordial comunión con los obispos”.

Según información de la agencia Zenit, la Asamblea estudió durante esos días la corresponsabilidad eclesial y social. A este respecto, el Pontífice subrayó que este “es un tema de gran relevancia para el laicado”, precisamente en la inminencia del Año de la Fe y la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización.

El papa exhortó a los participantes a profundizar y vivir un “espíritu de comunión profunda con la Iglesia, característica de los inicios de la Comunidad cristiana”.

Al mismo tiempo, les pidió que sientan como suyo “el compromiso a trabajar por la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación activa en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva hacia el mundo, en la continua búsqueda de los signos de los tiempos” y que no se cansen de afinar cada vez más por medio de la formación su peculiar vocación de fieles laicos “llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleva esperanza en las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida”.

Benedicto XVI recordó también que sus asociaciones de Acción Católica “pueden enorgullecerse de una larga y fecunda historia, escrita por valientes testigos de Cristo y del Evangelio, algunos de los cuales han sido reconocidos por la Iglesia como beatos y santos”.

Por ello, les hizo una llamada a la santidad y a una vida “transparente”, “guiada por el Evangelio e iluminada por el encuentro con Cristo, amado y seguido sin temor”.

El Papa concluyó su mensaje exhortándoles a asumir y compartir “las opciones pastorales de las diócesis y de las parroquias, favoreciendo ocasiones de encuentro y de sincera colaboración con los otros integrantes de la comunidad eclesial, creando relaciones de estima y comunión con los sacerdotes, por una comunidad viva, ministerial y misionera”, así como a cultivar “relaciones personales auténticas con todos, empezando por la familia”, ofreciendo su disponibilidad “a la participación a todos los niveles de la vida social, cultural y política teniendo siempre como objetivo el bien común”.

Sitio web para el Año de la Fe

En relación al Año de la Fe, cabe destacar que acaba de ser lanzado este mes de agosto su propio sitio internet oficial, a cargo del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

El sitio está disponible en italiano e inglés, y es de destacar el calendario del Año de la Fe (11 octubre 2012 - 24 noviembre 2013) que será regularmente puesto al día por el dicasterio.

Entre los documentos de reflexión y profundización que ofrece el sitio están el Catecismo de la Iglesia Católica, las Actas del Concilio Vaticano II, las catequesis de Benedicto XVI sobre los apóstoles, sobre los Padres de la Iglesia, la oración, teólogos medievales, las grandes mujeres de la Iglesia. Cuenta también con varias presentaciones del Año de la Fe.

Cada diócesis puede también señalar al Secretariado organizador las iniciativas previstas a nivel de Iglesia local. Se publicarán los acontecimientos más importantes.

Del sitio se puede descargar la partitura del himno oficial Credo, Domine, compuesto para el Año de la Fe. Así mismo, el logo que representa la barca de la Iglesia con un sol al fondo que evoca la eucaristía. La página de entrada ofrece la cuenta atrás del tiempo que queda hasta el 11 de octubre de 2012.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Los milagros del Padre Pío



Desde la encomienda de Barcelona damos inicio a un nuevo apartado dedicado a conocer la vida de un monje capuchino que llegó a realizar muchos milagros tanto en vida como también una vez que fue llamado por el Altísimo. Sus extraordinarias sanaciones hicieron que la Iglesia lo proclamase santo en el año 2002, treinta y cuatro años después de su muerte corpórea. Su nombre,  Padre Pío de Pietralcina

Por ello hemos seleccionado un capítulo del libro “Padre Pío: los milagros desconocidos del santo de los estigmas, realizado por el periodista D. José María Zavala, donde de manera desglosada nos acerca su vida y obra para que podamos contemplarla.

Desde Temple Barcelona estamos seguros que esta nueva sección os resultará fascinante.

¡Papá, aquí está Jesús!

Me hallaba yo entonces en el pueblo toledano de Oropesa, dos meses después de regresar de mi viaje a Roma, San Giovanni Rotondo y Tarento, cuando al abrir el correo electrónico descubrí aquel precioso tesoro que sólo el Padre Pío y el propio Joaquín pudieron enviarme desde el Cielo el mismo día de la onomástica de Joaquín y Ana.

No en vano los protagonistas de este hermoso testimonio se llaman igual que el padre de la Virgen María.

En cuanto leí los dos folios redactados por Joaquín Hernández, natural de Santa Fe (Argentina), tuve la certeza de que debía enlazar su testimonio con el de Gianna Vinci.

Contaba él que en 2007 diagnosticaron un cáncer de hígado a su hijo de tres años. Aquel aldabonazo del destino debilitó aún más sus ya de por sí frágiles creencias religiosas. Joaquín padre no hizo más que lamentarse desde entonces, sin entender cómo el Señor podía cebarse con una criatura tan desvalida como Joaquín hijo.

El hombre decidió rebelarse así contra el Cielo: dejó de ir a Misa; tampoco confesaba ni comulgaba. Todo lo contrario que su hijito, quien, pese a su corta edad, amaba con locura a Jesús y a la Virgen.

El pleno calvario de quimioterapias, cirugías e incontables ingresos hospitalarios, el pequeño Joaquín seguía bendiciendo al Señor con todas sus fuerzas. Divina paradoja. Con cuatro años, su hígado pesaba nada menos que dos kilos, cuando el de cualquier otro niño de su edad no excedía de trescientos gramos. La muerte rondaba a Joaquín. Los médicos dispusieron un transplante urgente, peor no había donantes. Entonces, inesperadamente, surgió uno: Joaquín padre comprendió al final que si quería salvar a su hijo debía donarle una porción de su propio hígado, compatible con el de aquél.

Poco antes había irrumpido en su hogar el Padre Pío, gracias a una buena amiga, Claudia Sutter, que les habló del santo de Pietrelcina, regalándoles estampas con una pequeña reliquia suya y una bella imagen de su rostro.

Hasta que llegó el día más temido y esperado. El propio Joaquín padre relataba con todo lujo de detalles el pavoroso combate por la vida:

La imagen del Padre Pío estuvo presente en el quirófano durante el trasplante. El doctor Carlos Luque, hombre de mucha fe, me repetía que el Padre Pío sería el jefe del quirófano y que él nos guiaría durante las más de dieciocho horas que duraría la operación. Nos advirtió que el estado crítico de mi hijo elevaba mucho el riesgo de la intervención. Por si fuera poco, su compleja patología hacía muy peligrosa la anestesia pues el hígado era tan grande que comprimía uno de sus pulmones, encharcándolo de agua. De hecho, algunos médicos desaconsejaron la operación. Pero finalmente entramos en el quirófano a las siete de la mañana. Al cabo de dieciocho horas y media, desperté. El cirujano se me acercó para confirmar que todo había salido bien: una parte de mi hígado funcionaba ya ene le cuerpecito de mi hijo.

Cuatro días después, a punto de recibir el alta, Joaquín padre siguió ingresado a causa de la fiebre. La herida se le había infectado peligrosamente. El cirujano tuvo que desprender los puntos de sutura uno a uno, dejando la incisión al descubierto. Por más antibiótico que administraban al paciente, la fiebre seguía aumentando. Preocupado por su evolución, el doctor le advirtió que debía operarle por segunda vez al día siguiente y limpiar minuciosamente la zona infectada.

La noche en que me dijo eso –advierte Joaquín- reflexioné sobre mi fe como jamás lo había hecho antes. Ensimismado en mis pensamientos, apareció mi esposa Luciana: “Joaquín te envía esto para que le reces mucho y lo pongas bajo tu almohada”, dijo, tendiéndome una estampa del Padre Pío con una reliquia de su hábito. Observé en ella señales de sangre. Era la misma estampa que mi hijo había conservado a su lado durante el transplante. Recé con gran devoción la oración al Padre Pío y me dormí. De madrugada, desperté. Sentí una repentina mejoría, seguida de una intensa sensación de humedad en la zona de la herida. Comprobé que, durante el sueño, había drenado gran cantidad de pus verde. Avisaron enseguida al cirujano. Tras examinarme, advertí su atónita alegría: “Yo venía para curarte pero tú has decidido hacerlo solo”, me dijo.

Días después, padre e hijo recibieron el alta. Una mañana, Joaquín padre sintió la necesidad de entrar en la iglesia de Guadalupe para agradecer al Señor tantas gracias recibidas. Su hijo aceptó encantado. Tras persignarse con agua bendita, mostró a su padre el recipiente para que hiciese lo mismo. Luego, ambos humedecieron con ella la zona del hígado. A continuación, se instalaron en un banco para rezar.

Antes de irnos –recuerda Joaquín-, mi hijo me asió la mano para conducirme al fondo del templo donde se hallaba la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Sólo exclamó: “¡Papá, aquí está Jesús!” Permaneció inmóvil frente a Él, agarrado de mi mano. No dejaba de mirarle a la cara, desde abajo, como si quisiese decirle: “Misión cumplida”.

Cuatro meses después, el chiquillo se fue al Cielo. Un nuevo tumor en el hígado segó su existencia en la tierra, donde vivió con plenitud gracias a Jesús y al Padre Pío.

La conversión de las almas se paga siempre al precio de un gran sufrimiento; en este caso, el sacrificio de un corderito.

martes, 28 de agosto de 2012

Los templarios y la Sábana Santa




Desde la encomienda de Barcelona tras la vuelta a la actividad de vuestra página dedicada al reconocimiento y divulgación de la orden del Temple, queremos retomar y añadir más datos para conocer mejor la espiritualidad de los templarios. Hemos vuelto a seleccionar un capítulo de la paleógrafa italiana Barbara Frale, retomado de su libro “I templari e la sindone di Cristo”, donde nos relata aspectos interesantes para llegar a conocer los hipotéticos rostros que veneraron la milicia de los pobres caballeros de Cristo del Templo de Salomón..

Desde Temple Barcelona os aseguramos que su lectura os atrapará.

Ecce homo!(III)

1.Intuiciones

En 1978, el historiador Ian Wilson publicaba un ensayo titulado. El sudario de Turín. La sábana fúnebre de Jesucristo. Era un libro bien escrito y bastante bien documentado, que seguía la historia del sudario en el curso de casi dos mil años, desde las descripciones de los evangelios hasta las últimas investigaciones científicas de 1973, y en este inmenso panorama el autor dedicaba un capítulo de casi 15 páginas a ilustrar una teoría particularmente audaz de su cosecha: en la historia del sudario había un notable “agujero”, un espacio de cerca de un siglo y medio (de 1204 a 1353), durante el cual, en cierto sentido, este objeto desaparece de las fuentes históricas. Sobre la base de diversas pruebas extraídas a veces de documentos, a veces de objetos pertenecientes a los templarios, el autor sostenía que el fantasmagórico “ídolo” venerado por los templarios era en realidad el sudario que hoy se conserva en Turín plegado y guardado en un sagrario hecho a propósito para que sólo pueda verse el rostro.

La teoría causó impresión porque, de acuerdo con ella, resultaban inmediatamente comprensibles diversos puntos oscuros de la historia de los templarios; pero Wilson no era especialista en este tema y sólo conocía las fuentes más famosas del proceso, por lo que muchísimos datos sumamente valiosos quedaron fuera de su alcance. En todo caso, esas quince páginas contenían una intuición de enorme interés histórico y despertaron en la comunidad de estudiosos una gran curiosidad, que las escasas pruebas de que disponía no podían satisfacer. En los últimos años las fuentes del proceso contra los templarios fueron estudiadas de modo mucho más amplio y sistemático que en el pasado, lo que nos ha permitido sacar a la luz verdades históricas que parecían dudosas, desenfocadas, casi irreales.

¿Es posible decir algo sobre la relación entre los templarios y el sudario? Afortunadamente, sí, y mucho, en particular gracias a algunos testimonios que permanecieron “ocultos” en un documento auténtico, pero poco conocido por los expertos. Un documento que en el marco del proceso parecía revestir una importancia política y jurídica secundaria, pero que para el estudio de la espiritualidad templaria tiene en cambio un valor de primera magnitud. Se trata de noticias que los expertos en los templarios mencionan rara vez en sus estudios, y lo mismo sucede en un sector de la investigación que viene realizándose con el método científico desde hace ya más de un siglo: la sindonología, esto es, el conjunto de los estudios sobre la Sábana Santa de Turín. Me parece oportuno presentar al lector estas nuevas pruebas emergentes de las fuentes templarias analizándolas en sí mismas, prescindiendo totalmente de la teoría de Wilson. Es necesario hacerlo así para evitar que ambos discursos se superpongan y que, en consecuencia, puedan condicionarse mutuamente. Así, pues, consideraremos las fuentes sin más, tal como se muestran al investigador que las lee por primera vez, sin influencias o ideas preconcebidas que puedan derivarse de otros estudios. Luego se comparará todo el material con las intuiciones que en su momento expuso Ian Wilson y se podrá verificar qué escenario histórico se desprende de ello.

Durante toda la segunda fase del proceso contra el Temple, o sea la que tuvo lugar después del verano de 1308, cuando ya las investigaciones estaban a cargo de los obispos diocesanos, los interrogadores comenzaron a estar seguros de que la “cabeza” de los templarios era en realidad un relicario de algún santo; por tanto, hicieron preguntas precisas en este sentido. Un caso significativo fue el del sargento Guillaume d’Erreblay, otrora limosnero del rey de Francia, al que interrogó la comisión de obispos que dirigía la investigación de París en 1309-1311. Este hombre había visto muchas veces, expuesto a la veneración de los fieles que iban a rezar a las iglesias del Temple, un bello relicario de plata que se usaba en las liturgias normales de la orden. Algunos decían que era el relicario donde estaban los restos de una de las once mil vírgenes compañeras de Santa Úrsula, que murieron mártires en Colonia, y así lo había creído también él. Sin embargo, después de la detención, sugestionado por el clima de la acusación, le pareció que había muchas cosas extrañas: en realidad, creía recordar que el mencionado relicario tenía un aspecto monstruoso, que poseía directamente dos caras, una de ellas con barba. Al historiador moderno se le presenta de inmediato la sospecha de que el testimonio estuviera negativamente influido por el contexto del proceso, a tal punto que llegara a producir un discurso lleno de incongruencias: ¿cómo se podía exponer a la veneración de los fieles el retrato de una santa jovencita con dos caras y, para colmo, una de ellas con barba? En realidad, este templario simplemente vio y describió dos objetos distintos: del relicario de las once mil vírgenes sólo oyó hablar a otros frailes, mientras que lo que vio con sus propios ojos tal vez tuviera de verdad dos caras. Su descripción es idéntica a las miniaturas realizadas por el pintor Matteo Planisio en el manuscrito Vaticano latino 3550, donde el Creador está representado con dos caras, una masculina con barba (la persona del Padre) y otra de un joven adolescente (el Hijo), que bien puede parecer la de una mujer. La espléndida miniatura napolitana sólo es un ejemplo, pero ¡vaya uno a saber cuántos objetos semejantes había en las iglesias medievales!

Los obispos comisarios recogieron esta deposición y ordenaron de inmediato que se realizara una verificación. De esa manera se descubrió que en el Temple de París había realmente un relicario con los huesos de una de las once mil vírgenes; pero, lejos de ser monstruoso, era bello y representaba con normalidad el rostro de una muchacha:

A esas alturas se mandó que se presentara ante la audiencia el guardián al que se le habían confiado todos los bienes del Temple después de la detención, un tal Guillaume Pidoye, que junto con otros administradores tenía en su poder las cajas con las reliquias que se habían encontrado en la residencia templaria de París. El guardián recibió la orden de aportar al proceso todos los objetos en forma de cabeza, fueran de metal o de madera, que se encontraran en aquel edificio; entonces entregó a los comisarios un grande y bello relicario de plata enchapado en oro, que representaba una muchacha: dentro se hallaban unos huesos que parecían pertenecer a un cráneo, cosidos a un tejido de lino blanco y envueltos en otro tejido rojo. Había también una pequeña cédula tejida a la tela, en la que se leía “testa LVIII M”: parecía ser la cabeza de una muchachita, y algunos decían que eran reliquias de una de las diez mil vírgenes. Puesto que el guardián afirmó que no había otros objetos en forma de cabeza, los comisarios mandaron llamar a Guillaume d’Erreblay y lo pusieron frente a aquel relicario: pero el templario dijo que no era el mismo y que éste no creía haberlo visto nunca en la residencia del Temple.

Comprobar que la fantasmal cabeza adorada por los templarios era en realidad un relicario de plata debilitó la hipótesis de la acusación, porque daba pie a la sospecha de que también las otras culpas que se achacaban a los templarios pudieran ser fruto de un montaje parecido. Los comisarios, en todo caso, tomaron conciencia de que en la orden había liturgias y cultos particulares sobre los cuales los frailes no tenían ideas claras.

El sargento Pierre Maurin había sido recibido en la orden por el gran maestre Thibaut Gaudin en 1286, en una habitación de la gran residencia templaria de Château-Pélerin, en Tierra Santa; en aquella ocasión no se mostraron imágenes de ningún tipo, pero sintió gran curiosidad cuando le entregaron aquel cordoncillo de lino, que tenía la obligación de no quitarse nunca, aun cuando no se supiera bien para qué servía. Dos o tres años más tarde, un día que se hallaba en el Château-Pélerin se enteró por el hermano Pierre de Vienne que en el Tesoro central del Temple en Acre se conservaba un objeto de culto misterioso y que este objeto tenía la forma de una cabeza: todos los cordoncillos de los templarios se consagraban poniéndolos en contacto con esa cabeza. Se decía que el relicario contenía restos de la cabeza de san Blas o de san Pedro, pero a partir de ese día comenzó a desarrollar un acusado malestar y no quiso seguir llevando puesto el cordoncillo.

El tesorero del Temple de París, jean de la Tour, vio en cambio una pintura sobre madera que a menudo se hallaba en la capilla de la orden junto al crucifijo central. No consiguió saber quién era la persona representada y creyó que se trataba de la imagen de algún santo, pero no cabía duda de que el hombre representado en la tabla no era un templario, porque no llevaba la vestimenta típica de éstos. En cualquier caso, no era en absoluto monstruoso, y aun cuando se negó a venerarlo, su visión no lo espantó en absoluto.


La pista del retrato masculino con la figura de un hombre cuya identidad los templarios desconocían es, sin duda, la más interesante; parece conducir directamente a la imagen de un personaje sumamente sagrado, venerado por los templarios con la máxima devoción, aunque únicamente muy pocos de ellos supieran quién era. De hecho, no era fácilmente reconocible; quienes lo han visto tienen dificultades para describirlo. ¿De quién se trata?

lunes, 27 de agosto de 2012

Evangelio dominical: el Espíritu da Vida.



Desde la encomienda de Barcelona tras la vuelta del periodo estival, volvemos con todos vosotros con la meditación del evangelio del Día del Señor de ayer  26 de agosto, festividad de Santa Ages.

Desde Temple Barcelona esperamos que vuestro descanso veraniego os haya sido placentero y renovador.

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?".
 
Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: "¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?

El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.
 
Pero hay entre ustedes algunos que no creen". En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: "Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede".
 
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: "¿También ustedes quieren irse?". Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna.
 
Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios".  (Jn 6, 60-69)

Reflexión:

En esta ocasión, el evangelista Juan nos relata cuánta dureza pueden provocar las palabras cuando éstas están cargadas de verdad hacia el que las escucha. Se nos hace difícil en muchas ocasiones atender a aquello que otro nos pide cuando esa petición no lleva implícito algo que nos despierte interés o simplemente nos reporte un beneficio personal. “¡Qué duro es este lenguaje!”, decían los seguidores de Jesús. Ciertamente es duro para todos nosotros aceptar la verdad.

Plegaria:

¡Señor! Danos la capacidad de aceptar las críticas y el entendimiento suficiente para poder rectificar si nos desviamos de tus designios.