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miércoles, 20 de abril de 2011

Conociendo a Jesucristo: La Última Cena


Desde la encomienda de Barcelona, y aprovechando que nos encontramos a mitad de la Semana Santa, queremos compartir con todos vosotros un texto del teólogo protestante J. R. Porter que hemos extraído de su libro “Jesus Christ”.

Por ello el apartado destinado a conocer a Nuestro Señor Jesucristo, está relacionado con uno de los momentos más sagrados para un cristiano: la celebración de la Última Cena. Durante esa cena, Jesús explica a sus discípulos que “ha llegado la hora”; dándoles a entender que debía sacrificarse por ellos, entregándose al Padre.

Justo acabada la cena, Jesús enseña a sus discípulos un nuevo rito que en la actualidad los cristianos llamamos “Eucaristía”, por ello este momento histórico en la vida de Jesús, es recordado litúrgicamente por la Iglesia para ofrecer a sus seguidores “el pan de vida eterna”.

Desde Temple Barcelona, deseamos que su lectura os sea agradable.

Pintura de Domenico Ghirlandaio titulada “La Última Cena” (1480)

Los evangelios cuentan que Jesús y sus doce discípulos más cercanos celebraron una última cena juntos antes de su detención. Mateo, Marcos y Lucas dejan claro que la Última Cena fue el Séder, el ágape especial que se come tradicionalmente en la religión judía para celebrar la festividad de la Pascua, o pan ázimo. Los tres evangelios relatan que se realizaron los preparativos pertinentes para esta cena festiva, incluido el sacrificio en el Templo del cordero pascual (passover) que formaría parte de la cena (Mc 14, 12-16 y paralelos).

Sin embargo, según el Cuarto Evangelio, la cena no pudo ser la de Pascua, ya que Jesús fue crucificado hacia el crepúsculo del día de preparación de la Pascua (Jn 19, 14). Se han dado muchos intentos de reconciliar la discrepancia entre Juan y los evangelios sinópticos. Una teoría sería que Jesús y sus discípulos seguían las prácticas de la secta de Qumrán, la cual tenía su propio calendario ritual y en ocasiones celebraban la Pascua antes que el resto de los judíos. Con gran probabilidad, los judíos de Qumrán eran esenios, y el lugar donde tradicionalmente se dice que Jesús y sus discípulos celebraron esta última cena es en el antiguo barrio esenio de Jerusalén. Sin embargo, todas las referencias en los evangelios apuntan a una Pascua celebrada de acuerdo con todas las prácticas prevalentes en Jerusalén.

Ciertamente, la tradición cristiana relaciona muy estrechamente los sucesos finales de la vida de Jesús con la Pascua, y la extraña datación de la cena en el Cuarto Evangelio se debe probablemente a la interpretación de Juan del significado simbólico de la festividad. En el Cuarto Evangelio, Jesús es presentado de forma clara como el verdadero cordero de sacrificio de Pascua y, como tal, su destino se cumple cuando muere en el momento del sacrificio de los corderos en el Templo (Jn 19, 36). En la interpretación de Juan de cuando Jesús da de comer a la multitud (Jn 6, 4 ss) –la cual en muchos aspectos presenta paralelismos con el relato de la Última Cena en los evangelios sinópticos- el evangelista también parece ver a Jesús como el cordero pascual. El suceso tiene lugar cerca de la Pascua (Jn 6, 4) y el discurso que sigue se centra en el regalo de Jesús de su cuerpo y su sangre para conferir la vida eterna (Jn 6, 48-58). Asimismo, los sinoptistas verían a Jesús como el cordero pascual, al ofrecerse a sí mismo como alimento en el contexto de la cena de Pascua (Mc 14, 22; 24 y paralelos).

Ninguno de los evangelios menciona explícitamente el consumo de cordero en la Última Cena, pero hacen referencia a otros ritos que eran, y siguen siendo, parte de la cena de Pascua: la bendición y el compartir el pan ázimo y el vino (Mc 14, 22-23 y paralelos). Los evangelistas mencionan tan sólo aquellos elementos del rito de la Pascua a los que las palabras de Jesús dan una nueva y distinta interpretación.

La Última Cena y la Eucaristía

Durante mucho tiempo ha existido la controversia sobre el significado de las palabras de Jesús durante la Última Cena (Mc 14, 22-25 y paralelos). El suceso está claramente relacionado con el sacramento cristiano conocido como Eucaristía (del griego eucharistia, “agradecimiento”), Sagrada Comunión o Cena del Señor, y hasta qué punto Jesús tenía la intención de iniciar un rito de este tipo también ha sido objeto de discusión.

Jesús ofreció a sus discípulos pan para comer con las palabras “éste es mi cuerpo” (Mc 14, 22 y paralelos). Seguidamente les ofreció vino para beber diciendo: “esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada” (Mc 14, 24; Mt 26, 28). De la misma manera que la antigua Israel se estableció por la “sangre del pacto” (Ex 24, 8), Jesús establece un nuevo pacto con los “muchos” –toda la humanidad- cuyos pecados, tal y como dice explícitamente Mateo 26, 28, son perdonados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesús.

Jesús dice que sólo en el reino de Dios por llegar, él volverá a comer la cena de Pascua y a beber vino (Mc 14, 25; Mt 26, 29; Lc 22, 16, 18). Esto sugiere que veía la Última Cena como el prefacio del gran banquete presidido por el Mesías, que mucha gente creía que marcaría el advenimiento de la era final. En Mateo y Marcos, Jesús deja entrever que la Última Cena se repetirá sólo en la era mesiánica, de manera que no parece prever que la cena será conmemorada por sus seguidores con la práctica regular de un rito. Sin embargo, los primeros cristianos creyeron que ya habían entrado en la era final, y celebraron la Eucaristía como preámbulo del inminente banquete mesiánico.

Únicamente en el Evangelio según Lucas, Jesús inicia de forma explícita un nuevo rito: muchos manuscritos del evangelio recogen que Jesús partió el pan con la orden de “haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19). Algunos manuscritos primitivos del evangelio de Lucas omiten estas palabras y muchos eruditos creen que fueron interpoladas de la primera epístola de Pablo a los corintios (1 Cor 11, 23-25). Esto no significa necesariamente que no sean verídicas: las epístolas de Pablo son los documentos más antiguos del Nuevo Testamento y en el pasaje citado se afirma describir un rito “recibido del Señor”, lo que indica una tradición cristiana muy antigua.

martes, 19 de abril de 2011

La vida religiosa de los Templarios: IIª parte


Desde la encomienda de Barcelona, continuamos con el apartado dedicado a la vida religiosa de los templarios. Siguiendo la estela de la historiadora especialista en la Orden del Temple, la respetada historiadora Helen Nicholson, hoy el texto recogido de su libro “The Knights Templar”, centra su énfasis en la veneración que profesaron los caballeros templarios, muy especialmente, en la Santísima Virgen María.

Desde esta vuestra humilde Casa, deseamos que su lectura os reconforte en este Martes Santo.

Durante el proceso del Temple en Chipre, los testigos no templarios coincidieron en la devoción de los miembros de la orden, en que éstos nunca faltaban a misa, asistían a los servicios divinos como corresponde a un buen cristiano y participaban e las vigilias y las procesiones los días de precepto. Durante su proceso en Francia, los hermanos presentaron a los comisionados papales una copia de las oraciones que decían cada día: rezaban, entre otros, a María, a la Estrella del Mar (la Bendita Virgen María), a Cristo, a san Juan Evangelista y a san Jorge. Los comisionados papales hicieron notar la calidad pobre del latín empleado en esas oraciones y dieron las órdenes pertinentes a los notarios para que procedieran a su corrección, pero no se cuestionó la piedad de los hermanos.

Los hermanos tenían fama de ser constantes en la oración. Un monje cisterciense, César de Haisterbach, contemporáneo de Jacques de Vitry y de Oliverio, maestro de Colonia, recoge una anécdota acerca de un grupo de templarios que estaba rezando en su capilla cuando los musulmanes atacaron por sorpresa. El maestre ordenó que siguieran orando, y así lo hicieron. Cuando por fin salieron para hacer frente a los musulmanes, vieron que el infiel ya había sido derrotado. Sucedió que los ángeles habían vencido a los musulmanes mientras los templarios estaban rezando. Entre los miembros de la orden y otras personas próximas a ella circularon otras historias acerca de la piedad de los templarios. Jacques de Vitry cuenta algunas de ellas, poniéndolas como ejemplo de hermanos piadosos del pasado, para guiar o inspirar a los hermanos de su época: por ejemplo, la del hermano que ayunaba tanto que siempre se caía del caballo, la del hermano que suplicaba a su caballo Morel (Moreno) que lo condujera al cielo por medio del martirio en el combate contra el infiel, o la del hermano que saltó con su montura por un precipicio para escapar de un grupo de bandidos musulmanes y que milagrosamente vivió para contar la historia, aunque su caballo pereció.

Walter Map, que conocía muchas historias peyorativas acerca de los templarios, los hospitalarios, los papas y los cistercienses, tiene también algunos relatos en los que se pone de manifiesto que los templarios eran buenos cristianos. Cuenta que un tal Salio, hijo de un emir musulmán, se convirtió al cristianismo e ingresó en el Temple. Cuenta también la historia de un caballero llamado Aimery que, dirigiéndose a un torneo, decidió apartarse del camino para oír misa en una capilla de Nuestra Señora (la Bendita Virgen María). No llegó a tiempo al torneo, pero Nuestra Señora participó en su lugar y ganó el premio en su nombre. Aimery quedó tan maravillado por el portento que ingresó en la Orden del Temple.

La elección de la Orden del temple por parte de Aimery tiene sentido por cuanto él era un caballero, el milagro estaba relacionado con una actividad militar y Nuestra Señora Santa María era la patrona de los templarios. En muchas cartas de donación que recibió la orden se hace constar que la cesión de los bienes es “a Dios, la Bendita Virgen María y la Orden del Temple”, y son numerosas las casas y las iglesias de la orden que estaban dedicadas a ella, como, por ejemplo, la casa de Richereches y la iglesia de Silva, en la diócesis de Rodez, donde se dice que ocurrieron muchos milagros. En la ceremonia habitual de admisión debían hacerse promesas “a Dios y a Nuestra Señora Santa María”, y a los candidatos se les decía que “hemos sido establecidos en honor de Nuestra Señora”. Un simpatizante anónimo, que escribió defendiendo a la orden durante el proceso de Francia, contaba que los hermanos se habían “dedicado en cuerpo y alma al servicio de la gloriosa Virgen María”.

Una antigua leyenda, conservada en la Leyenda áurea de Jacobo de la Vorágine (1267), vinculaba a María con el Templo de Jerusalén y de ese modo, indirectamente, con la Orden del Temple. Según dicha leyenda, María se había criado en el Templo de Jerusalén; una versión de la misma, no conservada en la obra de la Vorágine, decía que, mientras estuvo viviendo en el Templo, un ángel anunció a María que antes de que pasaran tres años regresaría para comunicarle que era la mujer elegida para concebir al hijo de Dios (la Anunciación). Los templarios de Oriente probablemente recogieran y desarrollaran esa tradición, pues un poema épico de finales del siglo XII, La Chanson de Jérusalem, cuenta que la Anunciación tuvo lugar en el Templo de Salomón. Los templarios que fueron interrogados en Occidente durante el proceso de la orden desconocían esa leyenda, aunque seguían considerándose vinculados a María. Durante su testimonio ante los comisionados papales, un hermano llamado Guido Delphini declaró que el cordón de lana que llevaba atado a la cintura como signo de castidad había tocado el pilar de Nazaret desde el que había tenido lugar la Anunciación, mientras que otro hermano, Gerald de Marcial, que prestaba declaración en Poitiers, dijo que su cordón había estado atado alrededor de las jambas de la iglesia de la Bendita Virgen María en Nazaret; algunos hermanos de Inglaterra afirmaron lo mismo a propósito cuando hablaron de sus cordones. Es evidente que todos ellos pensaban que sus cordones tenían un valor mucho más especial porque habían estado en contacto con el lugar donde estuvo la Virgen María, situada frente a la fortaleza de los templairos de Chastel Pèlerin. Los templarios también divulgaron el milagro del icono de Nuestra Señora de Saïdnaia, en el que rezumaba leche de los pechos de la Virgen; leche que los templarios se encargaban de recoger y distribuir.

La veneración que sentían los templarios por Nuestra Señora les hizo ganarse el respeto de otros cristianos, pues todos los católicos romanos en general la veneraban. La Virgen María era también la patrona del Cister y de la Orden Teutónica; tenía dedicadas numerosas iglesias, y muchos milagros se atribuían a su intervención. Durante los siglos XII y XIII la devoción de los católicos romanos por la Virgen y las santas creció espectacularmente. La gente moderna que no es católica y no está familiarizada con las creencias de esta religión suele encontrar la veneración medieval por la Virgen y los santos difícil de comprender. No pueden distinguir entre “veneración” y “adoración”, y creen que los católicos de la Edad Media en realidad adoraban a Nuestra Señora y a los santos. Algunos llevan su equivocación más allá y piensan que como adoraban supuestamente a mujeres, tenían que ser paganos.

Los católicos medievales se habrían sentido muy molestos e indignados si alguien los hubiera tildado de “paganos”. Probablemente habrían respondido que su veneración por Nuestra Señora y los santos era una forma de respeto, no de adoración. En sus plegarias no se dirigían a Nuestra Señora y a los santos pidiéndoles una ayuda generada por su propio poder, sino que esperaban que intercedieran por ellos ante Dios o que actuaran como conducto del poder del Señor. También veneraban a Nuestra Señora y a los santos porque éstos otrora habían sido personas llanas que vivían en la tierra y eran todo un ejemplo para ellos de cómo debía vivir y actuar un ser humano, además de una inspiración en su vida cotidiana. En los siglos XII y XIII, los hombres y mujeres religiosos se concentraron más y más en la importancia de la humildad y en la flaqueza y la tendencia humana a pecar en comparación con el poder de Dios, y también en la importancia del cuerpo físico de Cristo, recordando que Jesús había sido una persona física que vivió en la tierra. Tradicionalmente, la mujer estaba asociada con la humildad, la flaqueza y las cosas materiales; asociación que se remontaba a la filosofía de la Antigua Grecia. De ahí que la veneración por las santas y la Virgen creciera durante los siglos XII y XIII.

La base de la Orden del Temple era el guerrero, pero el guerrero de los siglos XII y XIII no era un sujeto adecuado para una orden religiosa. Tenía un acusado sentido de la autoestima y estaba más preocupado por su propio honor y su gloria personal que por el éxito de la comunidad. El ejemplo de las santas sería muy saludable para él, pues le recordaría la necesidad de ser humilde y la tendencia a la flaqueza y el pecado propia del género humano. Es cierto que probablemente una santa le resultara más interesante que un santo, pero eso les sucedía a todos los hombres religiosos de la época y no sólo a los templarios.

Los caballeros corrientes del mundo secular también consideraban a las mujeres un ejemplo de cómo debía actuar un verdadero caballero. Los autores de libros de caballerías de finales del siglo XII presentaban a mujeres nobles enseñando a los caballeros las funciones y el comportamiento propios de su condición. Entre otros muchos ejemplos cabe citar el de Viviana, la dama del lago, que educa al joven Lanzarote, o a la hermana de Perceval que hace lo mismo con Galahad, Perceval y Bors en la Queste del Saint Graal. […]

[…] Además de la Virgen María, los templarios veneraban también a otras santas. Eran santas que habían sido martirizadas por paganos después de no haber querido renegar de la fe cristiana, y por lo tanto constituían todo un ejemplo para los templarios. Durante la Edad Media, al igual que en la actualidad, muchos católicos devotos daban una gran importancia a los objetos materiales relacionados con un santo pertenecientes a la época en la que el virtuoso había vivido en la tierra. Se creía que un santo seguía estando presente físicamente en esas cosas que otrora habían estado en contacto con él. Dichas cosas podían ser prendas de ropa, objetos utilizados por el santo o incluso partes de su propio cuerpo. Como habían sido dejadas en la tierra por el santo al morir, recibían el nombre de “reliquias”, que significa “lo que queda”. (continuará)

lunes, 18 de abril de 2011

Padre Amorth: una vida consagrada a la lucha contra Satanás


Desde la encomienda de Barcelona, hoy queremos compartir nuevamente la experiencia de uno de los exorcistas más experimentados del mundo. Esta vez hemos seleccionado tres textos que nos invitan a la esperanza y los beneficios que reporta el sacrificio hacia los demás y la importancia que tiene para el destino de nuestra vida que nuestro espíritu esté con Dios.

Para ello hemos seleccionado estas experiencias del padre Amorth de su libro “Memorias de un exorcista”.

Desde Temple deseamos que su lectura nos ayude un poco más a encaminar el rumbo de nuestras vidas.

El tiempo de liberación

¿Es cierto que, hoy en día, el período necesario para obtener la liberación mediante exorcismos es más largo que antes?

En mi opinión, esto ocurre porque hay menos fe, incluso por parte de los exorcistas. Y las personas exorcizadas y sus parientes también tienen menos fe.

Recuerde aquel episodio del Evangelio en el que nueve apóstoles, al pie del monte Tabor, no consiguen liberar a un joven. Se defienden alegando que lo hacen en nombre de Cristo y le preguntan a Jesús: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsar a ese demonio?”. La respuesta es: “Porque tenéis poca fe”. Según otro evangelista (el episodio está en los tres Evangelios sinópticos), Jesús respondió: “Esta clase de demonios se expulsa sólo con la oración”. Y un tercero dijo: “Se expulsa sólo con la oración”. Ahora bien, para los judíos, la oración siempre iba unida al ayuno. Por tanto, el evangelista que sólo habla de oración sobrentiende el ayuno. Hoy en día, tanto el exorcista como las personas exorcizadas tienen poca fe, por eso se necesita mucho tiempo.

El período de liberación también depende del tiempo que el mal lleve enraizado. Sólo en un caso, ¡sólo uno!, liberé a una chica de catorce años con un exorcismo de diez minutos. ¿Por qué? El día antes, había ido con una amiga, por curiosidad, a un rito satánico. Por la noche, cuando volvió a casa, chillaba, mordía, pataleaba. Su padre la metió en el coche (vivían cerca de Roma) y la llevó al santuario de la Escalera Santa. Naturalmente, estaba cerrado. Tuvieron que esperar hasta las seis de la mañana. Cuando abrieron, el hombre preguntó por el padre Candido y le dijeron que ya no hacía exorcismos, porque estaba enfermo. “Lo sustituye el padre Amorth”, añadieron, para que se dirigiera a mí.

La niña llegó aquí poco después de las ocho; yo ya había empezado a hacer exorcismos, y seguí hasta las doce del mediodía. Gracias a Dios, no estaba solo; me acompañaba otro exorcista más competente que yo, otro alumno del padre Candido, que aún exorciza. Los porteros me decían: “Anda, padre Amorth, reciba también a ésos”. Yo respondía: “Estoy muy cansado, ya son las doce…”. E insistían: “Están esperando desde las ocho de la mañana; en realidad, llegaron a Roma anoche”. Al final, cedí: “Está bien, vamos a exorcizarla”.

Tras diez minutos de exorcismo, cayó en trance. Primero me mordió la mano; no fui lo bastante rápido, apartándola y me dije que debía tener más cuidado. El otro exorcista, al verla en trance, se acercó a la camilla y preguntó: “¿Te has quedado sin fuerzas? ¿No puedes ni hablar?”. Dijo que no con la cabeza. A los tres o cuatro minutos, corría por el patio con su hermano. ¡Curada por completo!

En el caso de esta chica, el demonio acababa de entrar, sólo hacía un día; por eso la liberación fue tan rápida. En cambio, cuanto más tiempo lleva, más raíces echa. Por eso, en el primer exorcismo le pedimos al Señor que desarraigue al diablo y lo expulse. A veces, llega un hombre de cincuenta años y, al repasar su historia, nos enteramos de que fue víctima de un maleficio cuando era pequeño, pongamos a los cinco años de edad. Después de tantos años, el demonio ha echado raíces tan profundas y es comprensible que se necesite mucho tiempo. Si conseguimos la liberación en cinco, seis o siete años, ya me doy por satisfecho.

Sufrimientos y beneficios espirituales

Ha dicho usted que muchas veces las liberaciones difíciles, que requieren largo tiempo, aportan un beneficio espiritual a las familias de los poseídos. ¿Esto también ha incidido en su vida?

Sin duda. He visto los beneficios espirituales que el Señor da para compensar los sufrimientos de estas personas. Ofreciendo los sufrimientos a Dios, se salvan las almas. Y el Señor tiene muchas almas que son víctimas. Escribí Una vita dietro un sorriso, la historia de una mujer beatificada que pronto será canonizada, Alejandrina María da Costa, a quien le debemos la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. Pues bien, según varios testigos, ella experimentaba la Pasión, tenía estigmas y, en los últimos trece años de su vida, vivió única y exclusivamente de la Eucaristía. Padecía sufrimientos continuos y atroces día y noche, porque no dormía.

Según una revelación del Señor, esta mujer salvó millones de almas. Piense en la Virgen de Fátima, en lo que les dijo a los tres niños: muchos van al infierno porque no hay quien rece y se sacrifique por ellos. Mejor dicho, quien se sacrifique y rece por ellos, porque sacrificarse es antes que rezar y es más importante. He conocido a enfermos incurables e intratables que me decían: “Le doy gracias al Señor por esta enfermedad, se lo ofrezco todo al Señor para salvar almas”. Y también: “No renunciaría a mi enfermedad, es mi misión para salvar almas”. Gente que estaba inmóvil en la cama… El Señor obtiene beneficios espirituales en todas partes.

Nosotros estamos muy vinculados a la tierra, a las cosas terrenales, y no pensamos que la tierra dura poco, mientras que la eternidad dura siempre. ¡Si viera la cantidad de folletos que doy con los diez mandamientos! En primer lugar, miro qué tratamientos médicos han seguido, los análisis, el historial. Después, les pregunto si rezan, si van a misa, si se confiesan. Tengo una gran cantidad de folletos. Y les digo: “Leed el decálogo y estudiadlo bien”. Siempre empiezo por el tercer mandamiento: santificarás las fiestas. Y, como no puedo comentarlos todos, luego paso al sexto: no cometerás actos impuros. No es el pecado más grave, pero es nuestra debilidad. Los pecados más graves son la soberbia y el orgullo. Sin embargo, incumplir el sexto mandamiento es el pecado más común, tanto que san Alfonso de Ligorio decía: “La mayoría va al infierno por este pecado y nunca sin este pecado”. Les ocurre a todos los hombres, es nuestra mayor debilidad.

Luego, mientras seguimos hablando, les cuento el episodio del joven que le pregunta a Jesús: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?”. Y Jesús le responde: “Cumple los mandamientos”. Entonces les digo: “Vamos a estar muy poco en la tierra. Y después no hay una tercera vía, sólo cielo o infierno: ¡no hay escapatoria!”.

Medjugorje y Renovación en el Espíritu

Al principio de nuestra conversación, ha hablado usted de Renovación en el Espíritu y de los grupos de oración vinculados a Medjugorje. ¿Por qué le interesan tanto y dedica su tiempo a estas personas?

Me interesan mucho los grupos de Renovación, porque tienen el gran mérito de haber relanzado la lectura de la Biblia y la devoción por el Espíritu Santo; además, rezan plegarias de curación y de liberación. Por eso, cuando me escriben personas desde el extranjero pidiéndome exorcismos, las remito a estos grupos.

Por ejemplo, había un hombre que no paraba de insistirme desde Australia, porque muchas personas creen que con venir aquí, recibir un exorcismo y volver a su país ya están curadas; no se dan cuenta de que necesitan años. Como le he dicho, yo me doy por satisfecho si alguien se libera en cuatro o cinco años. También hay personas que se liberan en ocho o nueve meses, pero son casos menos frecuentes. En general, se necesitan cuatro o cinco años, y muchos nunca se liberan del todo.

Me siento muy vinculado a estos grupos de Renovación, porque rezan plegarias de curación y de liberación a veces sin exorcistas ni curas. Rezan en grupo. Aquí, en Roma, hay muchos grupos de este tipo. Por ejemplo, en la iglesia de Sant’Angelo in Pescheria, está el padre Ermete, que no es exorcista, pero da bendiciones muy efectivas, los miércoles y los sábados. Empiezan a rezar a las seis de la tarde, pero el padre Ermete está allí desde las cuatro para bendecir y confesar. Vive en Monte Sacro, donde está la iglesia de los Ángeles Custodios. Por la mañana, bendice y confiesa allí, y los miércoles y los sábados hace plegarias de liberación y de curación. Y la verdad es que funcionan.

Por otra parte, me siento muy vinculado a Medjugorje, porque fui director de la revista mariana de la editorial San Pablo y seguí el caso desde que empezaron las primeras apariciones, en 1981. Después, he escrito libros y un montón de artículos sobre Medjugorje, además de ir allí muchas veces, porque quería saber si las apariciones eran verdaderas o falsas.

¿Y cree que son verdaderas?

Desde luego. A lo largo de los años, entablé amistad con los seis chicos que las ven, y también escuchaba a la gente. Es el lugar del mundo donde más se confiesa la población y en el que hay más conversiones; más que en Lourdes, más que en Fátima. Es todo un récord, las cifras lo demuestran.

En cuanto a la lucha contra el demonio, hay muchas personas que rezan, a veces con sacerdotes; los que van a Medjugorje también se reúnen en grupos de oración. En 1984, fundé un grupo de Medjugorje aquí, en Roma. El último sábado de cada mes rezamos tres horas, como se reza en Medjugorje. Es un grupo formado por personas que íbamos a Medjugorje.

¿En sus exorcismos menciona a la Virgen de Medjugorje?

No, no la menciono. Suelo invocar a la Inmaculada, la Madre de Dios. También soy muy devoto de la Virgen de Guadalupe, esa Virgen de ahí (señala una imagen de la misma), que convirtió América Latina, una tierra que, de no ser por Ella, no se habría convertido. Primero llegaron los frailes, pero no consiguieron nada de nada. Luego la Virgen se apareció como algo suyo, no como una figura importada desde el otro lado del océano (recordemos que los nuestros, los europeos que fueron a América, se comportaban muy mal, como ladrones y asesinos). Y, a través de la Virgen, la población llegó a Dios y se convirtió. Siento especial devoción por la Virgen de Guadalupe, en parte porque, en la antigua lengua de los indios, su nombre significa “La que le aplasta la cabeza a la Serpiente”, un nombre muy adecuado para ser protectora de todos aquellos que ejercen mi ministerio.

viernes, 15 de abril de 2011

La vida religiosa de los Templarios: Iª parte


Desde la encomienda de Barcelona, damos comienzo con un nuevo apartado dedicado a la vida religiosa de los templarios. Y para ello hemos seleccionado el siguiente texto escrito por la historia y especialista en la Orden del Temple, Mrs. Helen Nicholson en su libro “The Knights Templar”.

Con su detenida lectura, iremos indagando en cómo ejercitaba un templario sus inquietudes religiosas.

Desde este humilde rincón, deseamos que su lectura os sea provechosa.

Las encomiendas del Temple eran lugares bulliciosos, una combinación de graja secular y/o centro industrial y/o comercial, además de llevarse a cabo en ellas diariamente las observancias religiosas de rigor. Una vez a la semana los miembros de la orden de cada casa celebraban su propio capítulo. En los monasterios tradicionales los monjes se reunían todos los días en un cabildo construido específicamente para sus asambleas, pero las casas de los templarios no podían permitirse semejante gasto, y celebraban sus capítulos en el edificio más apropiado del que disponían, con frecuencia la capilla. Las reuniones capitulares semanales empezaban y terminaban con una serie de plegarias dirigidas por el capellán (si la casa contaba con uno), y en ellas se discutía el andamiento de la casa y se trataban las cuestiones relacionadas con las faltas contra la Regla cometidas por los hermanos, imponiendo los pertinentes castigos. La disciplina de la orden era muy estricta, pero los errores podían ser perdonados, siempre y cuando confluyeran circunstancias atenuantes.

A las asambleas capitulares sólo podían asistir los miembros de la orden, estando vetada la participación de personas ajenas al Temple, lo cual era de práctica común en todas las órdenes religiosas. Era una norma razonable, pues en esas reuniones se trataban asuntos privados de la casa, problemas y malas acciones que podrían haber representado un verdadero escándalo para la orden de haberse hecho públicos, además de otras cuestiones que sólo interesaban a la orden. Como los capítulos eran verdaderas asambleas de junta directiva, no había ningún motivo para admitir a personas ajenas a la orden o para que éstas quisieran participar en ellos. Del mismo modo que se supone que los directivos de la actualidad no deben comentar con extraños los temas tratados en las juntas de su empresa, se suponía que los asistentes a los capítulos no debían hablar con extraños de las cuestiones tratadas en ellos. El Hospital de San Juan tenía unas normas semejantes que, según parece, fueron introducidas después de que llegaran a oídos del papa Gregorio IX ciertos rumores acerca de diversos escándalos y algunas fechorías cometidas en el seno de la orden. Las órdenes religiosas en general eran conscientes de la necesidad de proteger su reputación, y trataron de impedir que el mundo exterior se enterara de los escándalos y problemas de sus casas, aunque los rumores eran casi imposibles de evitar.

A juzgar por la Regla, n i siquiera los miembros asociados que vivían en una de las casas de la orden podían asistir a las reuniones capitulares que se celebraban cada semana. En la práctica, como representaban una parte importante de la comunidad, resulta extraño que no participaran en esas asambleas, aunque presumiblemente, de haberlo hecho, no habrían podido votar.

Los templarios no sólo siguieron la tradición monástica de celebrar asambleas capitulares, sino que toda su jornada estaba estructurada según la jornada monástica establecida en la Regla de San Benito del siglo VI. Como se suponía que las casas disponían de una capilla en la que celebrar los servicios, los hermanos debían asistir cada día a todos los oficios divinos (“las horas”, divididas en prima, tercia, sexta y nona), además de participar en otros servicios. En Oriente o en la península Ibérica, si se encontraban en plena campaña o en un lugar donde no podían asistir a las horas, tenían que rezar el padrenuestro un número establecido de veces.

Los estatutos de la orden especifican los detalles de una jornada de los templarios, empezando por los servicios religiosos a los que debían asistir diariamente (apartados 279-312, 340-365), además de establecer otras disposiciones relativas a la vida cotidiana. El tono de dichos estatutos es monástico y hace hincapié en el silencio y en la obediencia humilde: las órdenes debían llevarse a cabo con las palabras de par Dieu, expresión que significa literalmente “Por Dios”, o también podríamos decir en castellano, “como si Dios lo mandara” (apartado 313). Los hermanos debían hablar entre ellos en voz baja y con educación (apartados 321, 325). No podían blasfemar (apartado 321), ni participar en juegos de azar (apartado 317), ni emborracharse: los que estaban habitualmente ebrios podían ser expulsados de la orden. Tenían que evitar la compañía femenina: el hermano que era encontrado yaciendo con una mujer podía perder los hábitos, esto es, podía ser expulsado o, cuando menos, marginado de cualquier cargo de responsabilidad en la orden. Todo acto sexual estaba prohibido.

Sin blasfemias, juego, bebida y mujeres, los templarios difícilmente habrían podido ser identificados como caballeros, cuyas vidas estaban asociadas con todas esas cosas. Es evidente que las estrictas normas de la orden debieron suponer una verdadera conmoción para algunos hermanos, y durante el proceso del Temple en Francia un antiguo miembro contó que habían dejado la orden porque “era joven y no podía abstenerse del contacto carnal”. Otros declararon que los templarios podían disfrutar de una mujer siempre que querían, a pesar de lo que dijera la Regla. No obstante, a diferencia de otras órdenes religiosas, en la historia del Temple no hay escándalos públicos de carácter sexual. Durante el proceso de los templarios en Chipre uno de los testigos hizo una broma que daba a entender que los templarios eran unos mujeriegos, pero fue el único que dijo algo semejante. En la literatura de ficción, los templarios aparecían prestando ayuda a los amantes, pero esta imagen se basaba más en su amor por Dios que el que pudieran profesar por una mujer. No podemos decir que hubo verdaderos escándalos en la Orden del Temple, especialmente si consideramos lo ocurrido, por ejemplo, en los conventos de frailes y monjas dominicos de Zamora, donde, según parece, los primeros consideraban la casa de sus hermanas de la orden como un nido de mujeres para su goce y disfrute. Nadie escribió una historia relacionada con los templarios como El hermano Denise, es escabroso relato del poeta Rutebuef acerca de los frailes franciscanos en el que uno de los clérigos seduce a una joven diciéndole que salvará su alma si se aviene a hacer todo lo que le mande. Los templarios, a diferencia de los caballeros teutónicos, no fueron acusados nunca de violar mujeres sistemáticamente. No hubo quejas de ellos como las manifestadas por el papa Gregorio IX a propósito de la actuación de la Orden del Hospital de San Juan en Oriente en 1238, cuando el sumo pontífice declaró haber oído rumores de que los hospitalarios tenían rameras en sus pueblos. Entre los miembros del Temple tampoco encontramos a ningún personaje como Ramón de Ampurias, prior del Hospital de San Juan en Cataluña, que fue acusado en 1314 de haber intervenido para impedir que dos de sus escuderos pudieran confesarse antes de morir en Rodas y evitar así que hicieran pública las relaciones homosexuales que mantenían con él. Ramón de Ampurias fue acusado también de haber violado a muchas mujeres y de tener numerosos hijos ilegítimos. Al final, tras presentar una fuerte resistencia armada y ser excomulgado por el papa, fue cesado de su cargo. Parece, pues, que los templarios fueron más castos que otros muchos hombres religiosos.

En la Orden del Temple las relaciones sexuales con hombres se castigaban con la expulsión automática. El único caso de sodomía en la orden del que tenemos constancia acabó con el encarcelamiento de dos de los imputados, mientras que el tercero consiguió escapar, refugiándose en zona musulmana. Incluso durante el proceso de la Orden del Temple, cuando se animaba activamente a los hermanos a confesar prácticas de sodomía, fueron muy pocos los que estaban preparados para ello: de todos los testimonios del juicio (en total más de novecientos), sólo he podido identificar tres confesiones de sodomía de las que puedo plantearme su probable veracidad. Se trata de un número notablemente bajo para una gran organización de ámbito internacional, dado que los hombres de la época consideraban que en las órdenes monásticas tradicionales, como benedictinos y cistercienses, abundaban las prácticas homosexuales.

En resumen, la mayoría de los templarios observaba debidamente la Regla. Muchos hombres de su época los consideraban piadosos. Fue práctica común entre los nobles “entregarse” a la orden poco antes de morir. En sus últimos días de vida podían redimir sus pecados; y la orden se hacía responsable de su enterramiento y recibía parte de sus posesiones o la totalidad de ellas, además del honor de tener entre las tumbas de sus iglesias, la de un noble personaje, lo que garantizaba el apoyo financiero continuado por parte de la familia del difunto. Muchos guerreros ancianos o moribundos se entregaron a la Orden del Temple, entre ellos algunos muy ilustres, como, por ejemplo, Guillermo Marshal, conde de Pembroke (muerto en 1219). En Oriente uno de los nobles más importantes, Juan de Ibelin, señor de Beirut, ingresó en la orden en 1236 cuando estaba a punto de morir, mientras que Garnier l’Aleman (Werner de Egisheim) lo hizo en sus últimos años de vida, en 1233. muchos donantes regalaron capillas a los templarios para que los sacerdotes de la orden dijeran misa por su alma y la de los parientes, o para que hubiera siempre en ellas una lamparilla encendida, como la costeada por la confraternidad de Metz para que ardiera delante de la estatua de Nuestra Señora que tenían los templarios, o las pagadas por algunos donantes para que estuvieran encendidas en la capilla de Santa María en la casa de los templarios de Sandford y de Cowley, en Oxfordshire. Estas donaciones se efectuaban porque se creía que los templarios eran piadosos y que sus plegarias y servicios eran del agrado de Dios. Aunque las encomiendas de la orden en Occidente eran generalmente pequeñas y poco impresionantes, sus capillas estaban perfectamente equipadas. (continuará)

jueves, 14 de abril de 2011

La oficina de prensa del Vaticano explica la situación del ex obispo de Brujas


Transcurridos ya casi un año del escándalo provocado por monseñor Roger Vanghelewe. Recordemos que el día 24 de abril de 2010, el mismo monseñor reconoció públicamente que había abusado de un joven y pidió excusas por su repugnante actuación. El servicio de información del Vaticano (VIS), ha hecho llegar por correo electrónico a todas aquellas personas registradas a la oficina de prensa de la Santa Sede, en su interés de llegar a los feligreses de manera transparente; explicando la situación actual en la que se encuentra el ex obispo belga.

A continuación reproducimos para todos los lectores de Temple Barcelona, el texto original que recibimos de la Santa Sede ayer miércoles trece de abril.

Deseamos que la noticia la encontréis interesante.

CIUDAD DEL VATICANO, 13 ABR 2011 (VIS).-Sigue la declaración efectuada a los periodistas, a última hora de la tarde de ayer, por el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, S.I., acerca de la situación del ex obispo de Brujas (Bélgica), monseñor Roger Vangheluwe:

"En el marco del procedimiento concerniente al ex obispo de Brujas, monseñor Roger Vangheluwe, la Congregación para la Doctrina de la Fe -como comunicó en su día la nunciatura en Bélgica- ha establecido que deje Bélgica y se someta a un período de tratamiento espiritual y psicológico. Durante ese período, evidentemente, no se le permite ningún ejercicio público del ministerio sacerdotal y episcopal. El tratamiento psicológico ha sido dispuesto por la Congregación para obtener ulteriores elementos diagnósticos y de prognosis para continuar y concluir el procedimiento de cara a la decisión definitiva, que sigue siendo competencia de esa Congregación y del Santo Padre. Esa decisión naturalmente tendrá en cuenta los diversos aspectos de la cuestión, comenzando por el sufrimiento de las víctimas y por las exigencias de la justicia. El procedimiento sigue, por lo tanto, todavía en curso y la decisión tomada hasta ahora por la Congregación es interlocutoria y no definitiva".