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viernes, 18 de junio de 2010

El Temple y la Virgen María


Hoy queremos abordar un interesante tema de inspiración cristiana: el culto y la devoción a la Madre de Dios, que profesaba la Orden del Temple hacia Nuestra Santísima Virgen María.

Para ello hemos seleccionado un texto del investigador español de movimientos espirituales, D. José Antonio Mateos Ruiz, y que fue publicado en el libro “Codex Templi”.

Desde la encomienda de Barcelona, deseamos que su lectura sea de vuestro agrado.


Imagen de Nuestra Santísima Virgen María.


Un elemento fundamental, que no podemos pasar por alto, es el culto que los templarios profesaban a la Virgen María. Sin ninguna duda, la implantación de esta veneración se debe a Bernardo de Claraval; pero el sentido espiritual, y la devoción, iba más allá de la Madre de Dios; la Virgen era considerada especialmente como “mediadora”, se la llamaba en una oración la “Reina” del Salve Regina, la que intercede a favor de los hombres ante Cristo. Recordemos las palabras de devoción hacia la Virgen María, como Reina de la Orden, que se reflejan en la Regla primitiva del Temple.

“Nuestra Señora ha sido el comienzo de nuestra Religión, y en Ella y en Su Honor estarán si place a Dios, el fin de nuestras vidas y el fin de nuestra Religión, cuando Dios quiera que así sea”.

(La voz “Religión” debe entenderse en su antiguo sentido: se trata de la Orden o la congregación).

Decía San Bernardo, hablando de María: “Ella ha adquirido la restauración de la ciudad celestial y ha obtenido la redención de los que se encuentran asidos en las tinieblas […]. Por ella se levantan las ruinas de la Jerusalén celeste” (“Cuarto sermón para la Asunción”, 8). “María nos trae la redención; Ella es la mediadora ante Cristo y la Trinidad encuentra en Ella su gloria” (“Sermón sobre las doce prerrogativas de María”, 1 y 2). Y en las Letanías Lauretanas se dice: “Virgen poderosa, Virgen clemente, Virgen fiel”.

Algunas de las invocaciones a la Virgen manifiestan los esfuerzos que los autores inspirados de la Edad Media –y algunos iniciados cristianos- hicieron para expresar un conocimiento espiritual atribuido a la figura de Nuestra Señora. A nuestras mentes modernas les cuesta captar su verdadera dimensión y, siempre, estamos tentados a mirar con incredulidad y a considerar todo esto como creencias del pasado sin ningún valor aparente ni coherencia lógica. Precisamente, cuando se trata de relacionar un símbolo auténtico sólo se está procediendo a su corrupción y destrucción.

El gran rosetón de la fachada de la catedral de Nôtre-Dame de París tiene a la Virgen en el centro con el zodíaco en el círculo exterior; es una forma de proclamar que María es la emperatriz del mundo.

La virginidad significa obediencia a lo divino y cooperación con ello. Representa la naturaleza no caída. La Virgen simboliza el alma de la vida y, desde el punto de vista corporal, es la obediencia completa del cuerpo al alma. El alma cristiana no tiene nada más que hacer que realizar el estado marial; en el seno de María, por operación del Espíritu Santo, el Padre engendra a su propio Hijo.

El oficio de la Virgen es colaborar con lo divino, no sólo en la redención, sino también en la creación. La Virgen es co-creatrix, co-redemptrix, co-santificatrix, virgo, mater, regina … Cocreadora, corredentora, cosantificadora, virgen, madre, reina…

“Señora del Cielo, regente terrena,

Emperatriz de los pantanos infernales” (Villón).

A menudo, la iconografía ha conferido a la Virgen un manto azul oscuro sembrado de estrellas, como Regina Coeli, Regina Coelorum, “Reina de los Cielos”.

Según el hermetismo cristiano, cuando uno alcanza una determinada esfera espiritual, y cuando la aspiración es auténtica y pura, se encuentra inevitablemente con la visión de la Santísima Virgen. Dicho encuentro es, pues, tan natural en el dominio espiritual como el hecho de tener madre en el plano de la familia terrena. Tal que trae consigo, pero sobre todo significa la protección contra un gravísimo peligro, ya que quien avanza hacia la esfera que se conoce como “cinturón de la mentira” –zona que rodea la Tierra como un cinturón de falaces espejismos y que los profetas y el Apocalipsis denominan “Babilonia”- corre el riesgo de extraviarse. Con la Virgen, el iluminado se encuentra protegido.

Nadie puede atravesar esta zona sin estar envuelto en una perfecta pureza o, dicho de otro modo, sin la protección del manto de la Santísima Virgen, el cual era, hace años, objeto de veneración y culto especial en Rusia, como “Manto de la Santísima Madre de Dios”. Éste puede ser el fundamento de esta plegaria que pertenece a la eucología latina:

“Augusta Reina de los Cielos y Señora de los Ángeles, tú que has recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de Satán, te lo pedimos humildemente, envía tus santas legiones para que, a tus órdenes y por tu poder, persigan a los demonios, los combatan en todo lugar, repriman su audacia y los arrojen al abismo”.

Algunos hermetistas cristianos aseguran que el mundo espiritual corresponde, con cierta exactitud, con lo que la Iglesia católica enseña: hay ángeles custodios; hay santos que toman parte activa en nuestra vida; que la Santísima Virgen es real y que los sacramentos son eficaces; que la oración es un poderoso medio; que el infierno, el purgatorio y el Cielo son realidades espirituales y que el Maestro sigue estando con su Iglesia.

No hay manera de cambiar el misterio de la Virgen María. Nuestra Señora del Temple no se deja sustituir, impunemente, ni por la “diosa razón”, ni por la “diosa evolución biológica”, ni por la “diosa economía”, ni por la “diosa cultura del entretenimiento”, ni por la “diosa del neopaganismo”. Se podrá creer o no creer, pero no ha podido sustituirse en el corazón del pueblo cristiano.

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