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miércoles, 6 de octubre de 2010

Personajes de la Biblia: Jacob y Raquel


Desde la encomienda de Barcelona, queremos continuar con nuestro apartado dedicado a los personajes más importantes de la Biblia. Hemos recogido esta vez un texto del Antiguo Testamento del profesor de teología, J.R.Porter, publicado en su libro cuya traducción al castellano es “La Biblia”.


Deseamos desde este humilde rincón, que su lectura la encontréis amena.


Imagen del encuentro en el pozo entre Lía, Raquel y Jacob.


Cuando llega a la tierra de sus parientes (que ahí recibe el nombre de Paddám-Aram), Jacob se encuentra en una situación parecida a la del criado que en el Génesis 24 buscó esposa a Isaac. Labán, tío de Jacob, sigue siendo el cabeza de la familia de Jarán. Jacob conoce a su futura esposa, la bella Raquel, junto a un pozo. A partir de este punto, el devenir de la narración cambia radicalmente. A diferencia del criado de Abraham, Jacob no tiene nada que ofrecer como premio nupcial, razón por la cual ha de trabajar siete años para Labán a fin de conquistar a Raquel (Gn 29, 18). Lo que sigue es un animado cuento popular referido con el humor suficiente para captar la atención del lector. A lo largo del relato, Labán engaña a Jacob, éste a Labán, y Raquel a su padre. La noche de los esponsorios, Labán pone a Lía en el lugar de Raquel y se justifica afirmando que la costumbre prohíbe que la hija más joven se case antes que la hermana mayor. Aunque existen muchos testimonios sobre esta costumbre, el origen podría corresponder al tema folclórico de la “falsa novia”, en el cual otra mujer la sustituye para aniquilar los demonios que, según creían, amenazaban el tálamo nupcial. Una semana después de la boda de Lía y Jacob, Labán autoriza el matrimonio entre Raquel y Jacob, a cambio de que éste trabaje siete años más para él.


Jacob aumenta su parte en los rebaños de la familia a través de la magia casi científica (Gn 30, 37-42), si bien el relato atribuye el resultado a Dios (Gn 31, 9). Jacob se enriquece tanto como su abuelo Abraham. La situación desencadena la envidia de los hijos de Labán, y Jacob decide regresar en secreto, con su familia y sus posesiones, a casa de su padre en Canaán. En esta ocasión, Raquel roba secretamente los dioses hogareños o terafim de su padre (Gn 31, 19), pequeños ídolos parecidos a los lares y los penates de los romanos. Aunque sus motivos no se aclaran, el robo se ha relacionado con una costumbre atribuida a los hurritas, costumbre que figura en un documento legal de la ciudad mesopotámica de Nuzi fechado h. 1400 a.C. Según una interpretación de dicho documento, la posesión de los dioses hogareños confería el derecho hereditario. Sin embargo, está en discusión el significado del texto de Nuzi y es probable que pensasen, simplemente, que los terafim garantizaban la seguridad, la prosperidad y puede que la fecundidad del poseedor.


El acto de Raquel da pie a otro ejemplo del tema del “peligro que corre la antepasada”. Cuando Labán alcanza a Jacob y se lamenta del robo, éste –que ignora que Raquel tiene los dioses- decreta la pena de muerte para el ladrón desconocido (Gn 31, 32). Raquel elude el peligro con otro timo. Esconde los ídolos en la albarda de un camello, se sienta sobre la alforja y finge que está mestruando, por lo que nadie puede abordarla: “No se enoje mi señor si no puedo levantarme ante ti, pues me pasa lo que le suele llegar a las mujeres” (Gn 31, 35). La búsqueda de Labán es infructuosa y Jacob lo recrimina seriamente por lo que considera una acusación falsa (Gn 31, 36-42).


La continuación del episodio alude a lo que realmente se oculta tras esta historia de hostilidad familiar. Labán y Jacob establecen un tratado y lo ratifican edificando una columna y reuniendo un montón de piedras. Los nombran en arameo y en hebreo con palabras que significan “montón de piedras testificales”. Al igual que en Betel, la deidad contenida en las piedras es testigo y garante del pacto. En este punto existe un claro paralelismo con los célebres kudurrus mesopotámicos, las piedras limítrofes o hitos que portaban emblemas de deidades protectoras. Como demuestra la narración, dichas piedras acaban por marcar la frontera entre los territorios arameo e israelita. El relato refleja los condicionamientos políticos de una época muy posterior en la que, pese a la antigua vinculación étnica entre ambos pueblos, la expansión aramea representó una grave e imperecedera amenaza para los reinos israelitas.

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