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martes, 25 de marzo de 2014

El último templario de Coelleira

Desde la Encomienda de Barcelona queremos compartir con todos vosotros una nueva leyenda templaria. Esta vez la historia, sucede en tierras gallegas. El texto en cuestión, realizado por el investigador histórico, el valenciano D. Santiago Soler Seguí, cuya publicación la hemos entrado en el libro “Codex Templi”.

Desde Temple Barcelona, deseamos que su lectura os entretenga.


El paisaje norteño que sirve de escenario a esta leyenda aparece maravillosamente descrito en los versos de “El último templario”, tradición gallega recogida por José Castro Pita:

“En medio de los mares, besado por la espuma, las ruinas de un castillo del Temple yo admiré, y vi a sus caballeros en mitad de las brumas, blandiendo sus espadas por la cristiana fe”.

Cuenta la historia que el joven Guillelme se debatía entre su alma guerrera y aventurera, y su corazón melancólico y enamorado. Como sus antepasados, soñaba con poder participar en los juegos florales, componer bella poesía, ser capaz de transmitir los sentimientos más profundos, pero también soñaba con la idea de cabalgar hacia Jerusalén, defender sus murallas, expulsar al infiel de Tierra Santa y proteger a los peregrinos, como la Orden del Temple.

Mas el bueno de Guillelme sentía que sus fuerzas flaqueaban cada vez que pensaba en una bella joven, hidalga honesta, que ocupaba su corazón.

Así ocurrió que una noche, bajo el amparo de las estrellas y al resplandor de la luna, el joven Guillelme cruzó una tierna mirada y un profundo suspiro con la hermosa joven Rosalía, que lo estaba esperando junto a una enorme cruz de piedra próxima a un templo.

Fue en ese momento cuando el joven caballero, sacando fuerzas de flaqueza, le contó a la dama su intención de ser templario. Rosalía entre sollozos y lágrimas, intentó en vano que el joven renunciara a su idea, y entristecida y llorosa, le hizo un último ruego:

-Si muero, tal vez mi cadáver deje fuera del ataúd la mano de desposada, si es así, estréchala tú entonces, pero pronuncia también mi nombre antes de tu muerte.

No hay datos sobre las andanzas del valeroso Guillelme. Es de suponer que ingresó en la Orden del Temple, seguramente en la encomienda de San Fiz do Ermo, o tal vez en otra de menor importancia aunque subordinada a la principal de San Fiz.

Galicia se encontraba por aquel entonces en la retaguardia de la Reconquista, por lo que la función principal de las encomiendas templarias en esa región estaba relacionada con la administración y la intendencia. No obstante, cabe pensar que Guillelme realizaría alguna actividad militar, como era su deseo, protegiendo a los peregrinos contra los salteadores que infestaban los caminos, no en Tierra Santa, sino en Galicia. No debe olvidarse que San Fiz do Ermo se hallaba en pleno bullicio del Camino de Santiago.

Transcurrió el tiempo y una tarde gris, el buen caballero Guillelme acertó a pasar cerca de una abadía. Apenas desmontó de su cabalgadura, una punzada fría como el hielo congeló su corazón. Varias voces entonaban en el interior de la abadía un De Profundis.

A pesar de todo, con coraje, siguió adelante, al tiempo que su mirada contemplaba un túmulo con antorchas encendidas, rodeando el cadáver de una hermosa mujer que tenía una mano fuera del ataúd.

El joven templario se acercó al cadáver, y estrechó con suavidad y cariño la mano de la mujer; las lágrimas recorrieron su rostro entristecido y se retiró apesadumbrado.

Buscó después un lugar apartado donde poder entregarse a la meditación y a la melancolía. Y lo halló en un magnífico monasterio, levantado sobre las rocas de una pequeña isla en la costa cantábrica, donde las aguas del río Sor y del río Arrotreba se unen para morir devorados por las olas del mar.

En aquella época, el rey Felipe IV de Francia había ordenado quemar todos los pendones y enseñas del Temple que ondeaban en los Dardanelos. La Orden del Temple, injuriada y derrotada, sin hogar y sin altares, abandonaba poco a poco sus últimas fortalezas y encomiendas en toda Europa.

Y cuenta la leyenda que en la isla de Coelleira, donde se encontraba Guillelme, se oyó una noche tañer las campanas del monasterio. Varios hombres armados degollaban sin piedad ninguna a los monjes que allí dormían.

Treinta y cinco templarios yacían muertos, inertes, a los pies de sus asesinos. Al despuntar los primeros rayos del sol, sólo quedaba una víctima a la que sacrificar. Era un joven valeroso, rubio, con los ojos entristecidos. Se presentó pues a las puertas del convento, donde sus asesinos lo esperaban con los rojos aceros ensangrentados.

-      Aquí me tenéis. Soy el último templario.
Y clavando su rodilla en tierra y alzando la mirada al cielo, gritó:
-      ¡Rosalía, Rosalía!

Después, sintió cómo el frío acero penetraba en su cuerpo varias veces, hasta que cayó en un último suspiro.

Algunos años más tarde moría en la orilla del río Landro un noble caballero perteneciente a la ilustre familia de los Quirós, señor de todos aquellos vastos parajes, y bajo cuya dominación se había llevado a cabo el brutal asesinato de los freires.

Y afirma la tradición que, para salvar su alma, apenada por aquel crimen, el caballero ordenó que se escribiese este cláusula en aquel crimen, el caballero ordenó que se escribiese esta cláusula en su testamento: “Dejo treinta y seis misas para bien de las almas de treinta y seis religiosos que por orden del rey, y en una sola noche, he mandado degollar en la isla de la Colleira”.


Fotografía de la isla de Coelleira

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