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jueves, 6 de marzo de 2014

La Batalla de Hattin

Desde la encomienda de Barcelona continuamos con el apartado histórico de la Orden del Temple. Hoy, recogemos otro nuevo texto del catedrático en historia Alain Demurger de su obra “Vie et mort de l’ordre du Temple”, que nos explica los detalles de la famosa batalla de Hattin que supuso uno de los mayores varapalos que sufrió la Orden del Temple en Tierra Santa.

Desde Temple Barcelona deseamos que su contenido lo encontréis interesante.


Por Alain Demurger

A comienzos de año, Rinaldo de Châtillon se ha apoderado, a pesar de las treguas, de una gran caravana musulmana. Saladino exige reparación al rey. Éste ordena a Rinaldo que restituya el botín. Rinaldo se niega con altivez. Saladino no esperaba más que eso. Moviliza y galvaniza el mundo musulmán y, en la primavera, reúne el más formidable ejército jamás reclutado por los musulmanes.

A pesar de sus divisiones, el reino de Jerusalén reacciona. Guido de Lusiñán envía una delegación a Raimundo. Gerardo de Ridefort y Roger des Moulins forman parte de ella. Por el camino, tropiezan con un destacamento musulmán que Raimundo está obligado a dejar pasar por su territorio de Tiberíades en virtud de la tregua acordada tan imprudentemente. Gerardo de Ridefort lo considera como la prueba evidente de la traición del conde. En el acto, moviliza a los ochenta templarios presentes y cuarenta caballeros de Nazaret, decide atacar, a pesar de una inferioridad numérica abrumadora. Rechaza con desprecio la opinión del maestre del Hospital y de un caballero del Temple, Jacquelin de Mailly, partidarios de eludir el combate. Naturalmente, el 1 de mayo, en el lugar llamado la Fuente del Berro, los cristianos son aniquilados. Sólo –o casi- consigue escapar Ridefort. A partir de entonces, los acontecimientos se precipitan. Guido y Raimundo se reconcilian, al menos en apariencia.

Siguiendo el consejo de Ridefort, el rey convoca todas las fuerzas del reino. Ciudades y fortalezas se vacían de sus guarniciones. Ridefort se ofrece a contribuir al pago de esas tropas con la parte del tesoro del rey de Inglaterra, Enrique II, confiada a los cuidados del Temple. Enrique II ha hecho voto de cruzada y ha enviado a Tierra Santa cantidades importantes de dinero, que han sido entregadas a los hospitalarios y los templarios con prohibición formal de tocarlas antes de su llegada. En caso contrario, el rey se reembolsará con los bienes de las órdenes en Inglaterra. Ni siquiera la embajada enviada a Occidente en 1184, convencida de que Enrique II no tomará nunca el camino de Jerusalén, ha logrado obtener de él que abandone el tesoro. “Queremos un príncipe con necesidad de dinero, no un dinero con necesidad de príncipe”, se dice que declaró el patriarca de Jerusalén.
A pesar de esto, Ridefort abre los cofres y puede pagar así de cuatro a cinco mil peones.

Saladino ha puesto sitio a Tiberíades, que defiende Esquiva, la mujer de Raimundo. Éste se encuentra en Saforia, donde efectúa su concentración de todo el ejército del reino. Su opinión se impone: no abandonar el lugar, donde abundan los manantiales; no buscar el combate; esperar a que el ejército de Saladino se desbande, ya que no puede permanecer mucho tiempo movilizado. Sin embargo, durante la noche, Ridefort acude a ver al rey, atiza su desconfianza contra Raimundo, el “traidor”, y excita su vanidad, demostrándole que sólo una victoria militar le asegurará definitivamente el trono. “El rey no se atrevió a contradecirle, pues le quería y le temía a la vez, ya que fue él quien le hizo rey y le entregó el tesoro del rey de Inglaterra”. Para lograr una victoria, hay que moverse y obligar a Saladino a levantar el sitio de Tiberíades.

En la mañana del 3 de julio, el ejército recibe con sorpresa la orden de ponerse en camino. Durante todo el día, por un desierto árido, bajo un cielo de plomo, muertos de sed hombres y caballos, la columna avanza con lentitud desesperante, hostigada por las flechas. Fatigados por las pesadas armaduras, que no pueden quitarse, los caballeros, y con ellos los peones, tienen que acampar a medio camino, sin lograr alcanzar siquiera las fuentes, poco alejadas, de Kafr Hattin, a pesar de un cambio de itinerario aconsejado por Raimundo. El calvario continúa al día siguiente. Los arqueros francos, que van a pie, están en posición de inferioridad con respecto a los arqueros montados del adversario; los turcoples, esencialmente pertenecientes a las órdenes militares, no logran alejar a estos últimos. Las cargas del Temple, que asegura la retaguardia, fracasan por falta de apoyo.

Cuando los musulmanes incendian los matorrales, aprovechando una brisa favorable para los latinos, se produce lo irreparable. Los peones se desbandan, arrojan sus armas y se rinden o van a refugiarse en la cima de la montaña de los Cuernos de Hattin. Al quedarse sin protección, la caballería sufre pérdidas enormes. Los caballos caen heridos por las flechas o muertos a hachazos. Desmontados, abrumados de cansancio y de sed, los caballeros se refugian en la cumbre, cerca de la tienda del rey, que se ha conseguido levantar junto a la “verdadera cruz”, transportada hasta allí. Cargas desesperadas permiten a algunos caballeros franquear las filas musulmanas. Raimundo de Trípoli se encuentra entre ellos. Los demás son hechos prisioneros.

Quince mil hombres por lo menos quedan en manos de Saladino, que escoge entre ellos. Vende a los peones como esclavos. Rinaldo de Châtillon, el “enemigo público número uno”, es ejecutado en presencia de Saladino, quizá por su propia mano. Doscientos treinta templarios y hospitalarios –se desconoce el número correspondiente a cada orden- son entregados a los verdugos, conforme a la costumbre inaugurada en Banias en 1157. En cambio Saladino perdona la vida al rey, a los barones de Tierra Santa y a… Ridefort.

La actitud de Saladino es interesante. Justifica así la ejecución de los templarios y hospitalarios: “Quiero purificar la tierra de estas dos órdenes inmundas, cuyas prácticas carecen de utilidad, que no renunciarán nunca a su hostilidad y no darán ningún rendimiento como esclavos”. Su postura me recuerda la del Viejo de la Montaña, el jefe de los asesinos de Siria, que juzgaba inútil perder el tiempo haciendo desaparecer a los maestres de las órdenes militares, ya que se elegía a otro en seguida, sin que esto perjudicase la cohesión con la orden.

Los musulmanes distinguen muy bien las órdenes militares, a las que ven como bloques soldados por la disciplina y un fanatismo esencialmente antimusulmán, de los poulains de Palestina, cuyo deseo de “levantinizarse” han percibido sin dificultad. Las órdenes militares, renovadas sin cesar por el aporte de hermanos desde Occidente, son inadmisibles. El templario no se asienta, por definición. “Si queréis estar en Acre, se os enviará a la tierra de Trípoli […] o se os enviará a Apulia”, se dice al aspirante a templario durante su recepción (artículo 661).

A partir de estas consideraciones, haré tres observaciones de alcance más general.
En primer lugar, conviene justipreciar los relatos de fraternización entre templarios y musulmanes. Ya se conoce el texto de Usama, publicado con frecuencia y muy extendido, en que se jacta de la amistad de los templarios. El breve párrafo siguiente basta para demostrar los límites de la comprensión entre templario y musulmán:

‘Vi a uno de los templarios reunirse con el emir Muin al-Din cuando éste estaba en el Domo de la Roca. “¿Quieres ver a Dios niño?, le preguntó. “Sí, desde luego”, respondió Muin al-Din. El templario […] nos mostró la imagen de María con el Mesías (¡la salvación esté con él!) en su regazo. “He aquí a Dios niño”, dijo el templario. ¡Que Alá se eleve muy alto por encima de lo que dicen los impíos!’

La alta política exige a veces que se tengan algunas amabilidades con el infiel, pero no hasta el punto de renunciar a la Virgen María. Usama, que no cesa de mandar a todos los francos al infierno, no alberga tampoco la menor intención de ir más allá de la cortesía.

En segundo lugar, todas las elucubraciones sobre un pretendido sincretismo con la religión musulmana, la doctrina esotérica de los asesinos, etcétera, en una palabra, todas las tentativas para demostrar que los templarios no eran cristianos, o que no lo eran ya, quedan reducidas a poca cosa. Los templarios son cristianos, y cristianos fanáticos. Los musulmanes lo perciben así.

En tercer lugar, Ridefort representa quizás ese cristianismo agresivo, exacerbado, que debía de estar más extendido de lo que se cree dentro de la orden y que explica sin duda su elección a la cabeza del Temple. El análisis que G. Duby hace de la batalla, juicio de Dios, partida de ajedrez en que se juega de golpe toda la puesta, coincide con esta observación de D. Seward: en la batalla de la Fuente del Berro, Ridefort pudo creer en el juicio de Dios y acordarse de Judas Macabeo. “El número importa poco para vencer cuando la fuerza viene de Dios”.


Dicho esto, se trata de un hombre excesivo. Su odio contra Raimundo de Trípoli es enfermizo; su influencia sobre Guido de Lusiñán, desmesurada; su conducta en el combate, también. No olvidemos que ha entrado en el Temple después de una enfermedad. El relato de su muerte, hecho por Ambrosio, deja planear serias dudas sobre su curación. Y no parecía una simple enfermedad de amor…


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