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viernes, 26 de marzo de 2010

Arginy y el tesoro del Temple: IIª parte.


Continuamos con el texto del escritor francés Michel Lamy, de su libro “La otra historia de los templarios”, sobre el tesoro del Temple.

Deseamos que su lectura sea de vuestro agrado.

Los Beaujeu y el Grial

Para saber si el tesoro de la Orden tiene la menor probabilidad de encontrarse allí, es necesario primero saber quiénes fueron los miembros de esta familia de Beaujeu. Los personajes que formaron parte de ella son bastante distintos. Hubo un Guichard III que se distinguió sobretodo por una crueldad sin límites con ocasión de la cruzada contra los albigenses. Hubo un Guichard V que fue chambelán de Felipe el Hermoso. Todo ello no juega en absoluto en su favor. Pero existió también Guillaume, que sucedió a Thomas Bérault como Gran Maestre del Temple el 12 de mayo de 1273 y que murió heroicamente en Acre, durante el asedio de 1291.

Remontémonos un poco más en el tiempo e interesémonos en una extraña historia:

El hijo de Guichard II de Beaujeu resbaló y se cayó al río en el que estaba abrevando a su caballo. Se ahogó. Desesperado, su padre se puso a rezar sin cesar, jurando edificar una iglesia en el lugar del drama si su hijo le era devuelto. El milagro se produjo y el hijo de Guichard II resucitó. Beaujeu llevó a cabo lo prometido: hijo edificar la iglesia de San Nicolás de Beaujeu, que fue consagrada en 1131 por el Papa Inocencio III.

Paul Leutrat menciona otra leyenda contada por Pedro el Venerable, abad de Cluny:

Estando Humberto III en guerra con el conde de Forez, uno de sus compañeros de armas fue muerto. Se llamaba Geoffroi d’Oingt. Algunos días más tarde, Milon d’Anse se encontraba en el bosque de Alix y se le apareció el fantasma de Geoffroi y le dijo que su alma no estaba en paz, pues se había batido por una causa injusta y que además Humberto III no hacía decir misas por su eterno descanso. Añadió el fantasma que todo ello no le asombraba además en exceso, puesto que Humbert de Beaujeu se comportaba como un pagano anexionándose en su provecho las propiedades de la abadía de Cluny. Se comprende así perfectamente por qué fue Pedro el Venerable quien contó esta historia. El fantasma añadió que Humberto III debía dirigirse imperiosamente a Tierra Santa. Milon d’Anse se apresuró a referir toda la historia al conde de Beaujeu, pero éste hizo oídos sordos. Una mañana, sin embargo, se encontró a su vez cara a cara con el fantasma. La impresión fue desagradable y Humberto consideró más prudente obedecer. Siguió, así pues, los consejos del espectro y se dirigió a Tierra Santa. Allí se hizo templario. Pero no habían acabado sus encuentros fantásticos. Trabó conocimiento con una joven mujer llamada Assirata. En realidad, según el Zohar, esta engatusadora habita el sexto palacio del demonio. Es ella quien da origen a todos los espíritus que inducen a los hombres a caer en el error haciéndoles ver en sueños cosas engañosas.

Humberto regresó a Francia y su esposa, furiosa, descubrió que se había convertido en templario. Obtuvo del papa Eugenio III que abandonara la Orden. Muy sensible desde luego a los argumentos femeninos, Humberto obedeció y entregó el manto blanco con una cruz roja. En compensación por esta diserción, hubo de construir una iglesia en Belleville. Así se hizo. La iglesia colegial fue erigida con nueve filas de bancos. Una sirena bífida fue esculpida en la fachada orientada hacia el río Saône. ¿Estaba destinada a recordar a Assirata? En un capitel de la entrada, un león andrófago tiene entre sus fauces el cuerpo de un hombre. Fue en esta iglesia donde varios condes de Beaujeu se hicieron inhumar. Asimismo fue el lugar de otro acontecimiento legendario.

A raíz del combate en el curso del cual Geoffroi d’Oing fue muerto, Humberto y sus compañeros fueron a festejar su victoria a Meys, en el corazón de los montes de Lyonnais. Algunos afirman que este pueblo fue la cuna de la familia de Hugues de Payns. Con ocasión de esta fiesta, Milon d’Anse habría robado una copa que luego habría cedido a Humberto. Este último no quiso ya separarse de ella, al menos hasta el momento en que la iglesia colegial de Belleville estuviera construida. Entonces, arrojó la copa a las aguas del Saône y algunos murmuraron que se trataba del Grial. Hay que decir que poseía extraños poderes. Cuando se miraba la imagen de alguien reflejada en ella, el hombre aparecía desembarazado de su envoltura carnal, a menos que se tratara de un demonio.

La muerte de Humberto fue igualmente curiosa. Cuenta la leyenda que tuvo lugar precisamente en Meys, en el curso de un banquete. Aparte de su esposa, quienes estaban reunidos en torno a la mesa estaban todos ellos ya muertos. Fuera de estos personajes que había conocido en el curso de su existencia y que le esperaban al otro lado del espejo, estaba también Assirata, su hermosa seductora, que recuerda a otra vinculada también a los Beaujeu.

En efecto, en el siglo XIII, Renaud de Beaujeu escribió una novela relacionada con el ciclo de la Tabla Redonda. En ella describía cómo un caballero no lograba llevar a cabo su búsqueda más que después de haber vencido sus tentaciones carnales. El Bello Desconocido, héroe y título de la novela, tras haber triunfado sobretodo, especialmente sobre un hada seductora, terminaba su conquista en la Ciudad Devastada. Una sirena le besó y él supo que era en realidad Guislain, hijo de Gauvain. El Bello Desconocido, que ya no lo era, casó con la sirena: la Rubia Esmeralda. Esta novela tuvo el suficiente éxito como para inspirar a Ariosto y Tasso, que se sirvieron de ella respectivamente para describir la isla de Alcina y los jardines de Armida.

Así el círculo se cerraba relacionando a la sirena, a los Beaujeau y la búsqueda del Grial. ¿Hay que ver en estos vínculos con el mundo de los espíritus una de las razones que habrían podido empujar a hacer de los Beaujeu los depositarios del tesoro del Temple?

Resultaba muy difícil decirlo. Añadamos simplemente un indicio más al uniforme, indicio que haría pensar que, antes incluso del arresto, los templarios se habrían asegurado el poder de utilizar el castillo de Argini. En efecto, dos caballeros del Temple detenidos en su casa de Mâcon, fueron interrogados. Se les preguntó concretamente qué habían hecho en las horas precedentes al arresto. Ellos reconocieron haber pasado la víspera en el castillo de Arginy. ¿Qué hacían allí. Nada más se pudo saber sobre el motivo que les había llevado a aquel lugar.

Por otra parte, hemos visto que después de los Beaujeu y de los Vernet, Arginy pasó a manos de Jacqueline de Châlons en 1453. Podemos preguntarnos si no tenía, el velar sobre Arginy, bien un interés familiar especial, bien una misión que cumplir. En efecto, el templario Jean de Châlons que residía en la casa de Nemours, interrogado en presencia del Papa, habría declarado haber visto tres carros cargados de paja abandonar la ciudad del Temple de París a la caída de la noche, la víspera del arresto. Este convoy era conducido por Gérard de Villers y Hugues de Châlons. Los carros llevarían unos cofres que se supone contenían el tesoro del Gran Visitador de Francia, Hugues de Pairaud. Esta deposición existiría en los archivos secretos del Vaticano bajo la signatura Register Aven, nº 48 Benedicti XII, Tomo I, folios 448-451. Hemos de tomarnos, no obstante, este testimonio con prudencia, al no contar con otra prueba que las aseveraciones de Gérard de Sède. Pero es cierto que podría reforzar la hipótesis de un depósito en Arginy.

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