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martes, 2 de marzo de 2010

Los diez pensadores más grandes de toda la historia: 3. Aristóteles


Siguiendo con la clasificación del filósofo Will Durant, de su libro “Las ideas y las mentes más grandes de todos los tiempos”, hoy le toca el turno a Aristóteles.

Desde la encomienda de Barcelona, deseamos que sea de vuestro agrado.

Todo el mundo estará de acuerdo en que Aristóteles ha de figurar en nuestra lista. En la Edad Media le llamaban El Filósofo, como si quisieran decir que personificaba ese tipo en la cima de su perfección. No es que le amemos; los textos que ha dejado tras de sí detallan tan monótonamente una moderación desapasionada que, después de sentir el resplandor de Platón, nos helamos con el contacto de la moderada mente del estagirita (Aristóteles nació en Estagira, en el norte de la Grecia actual. Pero es injusto clasificarle por sus libros; ahora sabemos que no eran más que notas tomadas a toda prisa, en ocasiones por él mismo y en otras por sus estudiantes, para guiar o recordar sus disertaciones; sería absurdo juzgarle comparando estos fragmentos técnicos con los vívidos diálogos por medio de los cuales Platón ganó, por vez primera, una audiencia pública para la filosofía.

Pero permitámonos superar esta barrera de terminología erudita y pensamiento despectivamente concentrado y nos hallaremos en presencia de un intelecto de una profundidad y alcance casi increíble. Aquí tenemos una circunnavegación del globo como ninguna mente ha conseguido desde entonces; aquí, cada problema de la ciencia y de la filosofía tiene su consideración, su iluminación y una solución defendible; aquí el conocimiento se reúne como si lo hicieran mil espías y la coordinaran en una visión unida del mundo. Aquí nace la fraseología de la filosofía y, en la actualidad, es poco posible pensar sin utilizar lo que acuñó el cerebro de Aristóteles. Aquí hay sabiduría: calmada, atemperada y casi completa, como la de una inteligencia sin límites que se reparte majestuosamente por la vida. Aquí tenemos unas ciencias nuevas, basadas con una facilidad prácticamente casual, como si estas creaciones supremas del intelecto humano no fueran más que las recreaciones de un filósofo; es aquí donde aparecen la biología, la embriología y la lógica. No es que ningún hombre hubiera pensado antes en estas cuestiones, sino que nadie había controlado su pensamiento con una observación paciente, una experimentación cuidada y una formulación sistemática de los resultados. Exceptuando a la astronomía y a la medicina, la historia de la ciencia empieza con los trabajos enciclopédicos del incansable estagirita.

Sólo Confucio ha tenido una influencia tan grande. Todo el mundo sabe que en Alejandría y en la Roma imperial, el trabajo de Aristóteles se convirtió en la base de la ciencia adelantada; el modo en que, en el siglo XIII, sus escritos filosóficos, llevados por los moros invasores a la Europa que se volvía a despertar, desempeñaron un papel fertilizador en el desarrollo de la filosofía escolástica; el modo en que la gran Summae de esa edad viril, sólo eran adaptaciones de la Metafísica y del Organon; de cómo Dante colocó a Aristóteles en el primer lugar entre todos los pensadores: “maestro de todos los que saben”. De cómo Constantinopla llevó los últimos tesoros perdidos de su pensamiento a los ansiosos estudiantes del Renacimiento y de qué modo esta callada soberanía de un hombre sobre un milenio de historia intelectual, llegó a su fin únicamente con la irreverencia audaz de Occam y Ramus, la ciencia experimental de Roger Bacon y la filosofía innovadora de Francis Bacon. No volveremos a encontrar, en esta gira por el mundo que hemos emprendido, otro nombre que haya inspirado y subyugado durante tanto tiempo a las mentes de los hombres.

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